TIME

Por: Mario Arango Escobar.

KIM KI DUK

Nació en Bonghwa, un pueblo montañoso al norte de Corea del Sur, el 5 de febrero de 1961. Al cumplir nueve años, se trasladó a Seúl con sus padres. Por motivos familiares deja el colegio para matricularse en una escuela de agricultura. A los diecisiete años, comenzó a trabajar en fábricas y a los veinte se unió a la marina, donde permaneció cinco años cumpliendo el servicio militar.
De 1990 a 1992, vivió en París casi como un vagabundo, vendiendo cuadros que el mismo había pintado en plena calle. Nunca recibió ningún tipo de educación académica ni formación sobre la realización cinematográfica, ni siquiera llegó a ejercer como ayudante de dirección ni meritorio. Todos sus conocimientos y aprendizaje los adquirió haciendo películas, experimentando con el medio, al mismo tiempo que aprendía.

En consecuencia, la llegada de Kim Ki-Duk al mundo del cine, comenzó de una manera bastante diferente a la seguida por la mayoría de cineastas. “Un día, descubrí el mundo de cine, y decidí meterme en él”, dice el hoy director. Fue en París donde acudió por primera vez al cine; entre las primeras películas que vio se contaron “El silencio de los inocentes”, de Jonathan Demme, y “Los amantes del Pont Neuf”, de Leos Carax, que le causaron ambas una gran impresión

. 
A su regreso a Corea, su recién descubierta afición le llevó a presentarse a varios concursos de guión; en 1993 obtuvo el premio mayor del Instituto Nacional del Guión de Corea del Sur por “Un pintor y un criminal condenado a muerte”.

En 1996 debuta en la dirección, con “Cocodrilo”, la brutal historia de un grupo de personas sin hogar que viven bajo un puente sobreviviendo a fuerza de astucia y violencia.
En su segunda película, “Wild animals” (1997), el director explora la enemistad existente entre el Norte y el Sur de Corea, a través de la relación de dos coreanos exiliados en París. En “Birdcage Inn” (1998), se adentra en las diferencias existentes entre las distintas clases sociales
En “Ficción real” (2000), cuyo rodaje duró 200 minutos, lleva a cabo un ambicioso experimento en tiempo real y en diversos formatos, se adentra en el mundo de un artista callejero, su exnovia, y otros personajes que atraviesan la plaza en la que éste ofrece sus obras.
El reconocimiento internacional le llega con “La isla” una provocativa historia de amor contemporánea, donde nos narra  la relación entre un fugitivo de la ley y la propietaria de un centro de pesca, en la que los inquilinos habitan tiendas flotantes en el lago. “La isla” se hizo notoria entre otras cosas por la crudeza de algunas de sus escenas, que llevaron al desmayo de un crítico en su premiere en el Festival Internacional de Cine de Venecia. La presencia de una prostituta, una figura recurrente en la filmografía de Kim, atrajo la ira del público coreano, y la violencia de algunas de las escenas provocó reacciones de desagrado, pero la obra estableció firmemente a su autor como una presencia significativa, y se proyectó en una docena de festivales en todo el mundo.
“Address Unknown” (Domicilio desconocido, 2001) es un recorrido íntimo e inusual en el que, sin voluntad de enjuiciar, Kim Ki-Duk analiza los cincuenta años de presencia militar estadounidense en su patria.
Su siguiente película  “Bad Guy” (Mala gente, 2001) cuenta la historia de un tipo que obliga a una mujer a prostituirse como venganza por haberlo humillado en público. Tras sufrir el infierno de la prostitución la mujer al final logra perdonarlo y en un estado de gracia emprende con él una vida de prostitución en la carretera.
“Coast Guard” (El guardacostas, 2002) un recluta pierde la razón mientras vigila la costa y destroza con una granada a un pescador local que hace el amor con una chica del lugar, quien  luego se  vuelve loca y  es violada por todo el  pelotón que tiene su base en la zona
Primavera  (2003).
En el año 2004, presenta “Samaritan Girl” (2004) la historia de una colegiala que se prostituye para salvar el alma de sus clientes y “ Hierro 3” (Hogares vacíos) en la que un muchacho mudo que recorre la ciudad invadiendo casas que están deshabitadas y  en uno de sus encuentros conoce a la maltratada esposa de un burgués, con quien se escapa y comienza a vivir en distintas casas de personas que han salido de viaje. En vez de robar, los visitantes se dedican a reparar lo que está roto, a ordenar, a lavar la ropa y trapear el piso, incluso a darle digna sepultura a un anciano que encuentran muerto en su cama.
En “El arco” (2005) Ki-Duk Kim aborda una inusual relación amorosa entre un viejo pescador y una muchacha que éste recogió cuando era una niña.
Kim Ki-Duk ha ido a una velocidad impresionante de película por año, creando una serie de títulos caracterizadas tanto por su perspicaz visión del comportamiento humano como por su imaginación poderosamente lírica y visual.

TIME/SHI GAN (2006). PAÍS: JAPÓN/COREA DEL SUR. GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 96’.

Dirección y guión: Kim Ki-Duk. Intérpretes: Sung Hyun-ah, Ha Jung woo, Park Ji-yun, Kim Sung-min, Kim-Ji-hyun. Música: Noh Hyung-woo. Fotografía: Sung Jong-moo.

Los protagonistas de la película, forman una pareja feliz, supuestamente enamorada. Pero tras una decepcionante noche de sexo, ella decide abandonar a su marido. Se somete a una operación de cirugía estética y después, transformada ya en otra persona, reaparece con la idea de reconquistar a la que era su pareja, que no logra reconocerla…
En esta nueva película, Kim Ki-duk se pregunta acerca de las bases fundamentales del amor y de la naturaleza humana. El director afronta las dudas y la angustia de una mujer, unidas al amor que siente por su compañero y que la llevan a preguntarle si se amarán toda la vida y si con el paso del tiempo no se cansará de verla. TIME describe con delicadeza la relación que existe entre el tiempo y las relaciones humanas, y los cambios que se producen en la relación misma.

Esta película tiene más diálogos y personajes que sus obras anteriores. Además, el director se pone a prueba rodando algunas escenas de masas, con el objetivo de plantear diversas preguntas sobre la naturaleza humana examinando a personajes muy distintos.
El lugar en el que Ji-woo ve a una mujer misteriosa con una máscara y luego a See-hee es el parque de las esculturas de Baemigumi. El nombre procede del término que, en la jerga de los pescadores, indica la proa de un barco, a la que recuerda precisamente la forma del parque, situado en la isla de Mo y cuyo propietario es el escultor Lee Il-ho, que vive, trabaja y expone sus obras en este lugar tan especial. Un gran monumento de granito llamado La isla de Mo y Lee Il-ho acoge a los visitantes. . Las esculturas simbolizan el amor, el erotismo, el dolor, temas recurrentes en la obra de Lee.

Nota: La isla de Mo es muy pequeña, con una superficie de menos de un kilómetro cuadrado, y en ella viven sólo cincuenta personas. Estuvo desierta hasta finales del siglo XIX, cuando un pescador de la costa decidió instalarse allí. La isla y la playa se convirtieron en una popular atracción turística desde que se rodaron en ella dos series de televisión de gran éxito en los países asiáticos.

Pincelada tras pincelada, el coreano Kim Ki-duk va creando con cada película un universo propio de poesía y contemplación, donde mira en silencio al alma de sus personajes para mostrarnos su desconcierto vital ante los misterios del amor y de un destino que impone la renuncia y el sacrificio. Cine de amor y dolor interiores recogidos, de manera contenida y desgarrada a la vez, con un precioso envoltorio visual para abordar sugerentes e inquietantes historias, con dramas de enorme fuerza pasional que acaba siendo amortiguada y enfriada por una puesta en escena esteticista y metafórica.
. Interrogantes acerca del objeto del amor y de la realidad que se esconde tras un rostro o un cuerpo que el tiempo se encargará de trasformar, acerca de la necesidad de ser uno mismo y no disfrazarse tras los cánones ideales y fríos que la cultura de la imagen presenta, acerca de la vida y su maduración en la adversidad.
. Un mundo de metáforas sobre la fragilidad con tazas rotas y trozos de fotografías, con una elegante y cuidada planificación, estudiadas localizaciones de la cámara, composiciones y parajes naturales de extraordinaria belleza, colores cargados de simbología, y una música llena de lirismo donde los silencios cobran especial trascendencia: resulta admirable cuánta expresividad encierra la escena del trasbordador al pasarse la pelota de un niño que juega, o aquélla de la carta con el repetido “te amo” y donde la camarera rescribe su nombre sobre la firma. Una estética preciosista y calculada, de carácter abstracto, y de ritmo repetitivo-cadencioso en su narrativa. Por eso, como en el resto de su producción, Kim Ki-duk exige en el espectador una actitud contemplativa, una sensibilidad hacia la poesía de la propia imagen, y una distancia respecto a unos personajes en los que lo importante es lo que sucede en su interior.
. Cine, por último, donde el espacio y el tiempo son también protagonistas, con lugares y situaciones repetidas que pretenden universalizar y otorgar sentido cotidiano a unos conflictos afectivos y existenciales llevados al extremo.

Si hay algo que caracteriza a Kim Ki-duk, es la impresionante belleza de sus imágenes. Más allá de la postal del lago, lo que conmueve es la cercanía de la niebla, la quietud del agua y el contraste entre el monocromático fondo y las coloridas casetas, que flotan en medio del agua como las almas perdidas de los personajes. El paisaje en Kim Ki-duk parece siempre vivo, integrado al mundo interior de los personajes, un reflejo de sus angustias, un contrapeso a sus anhelos y el necesario contexto que destaca la insignificancia final del ser humano en el gran, misterioso y violento esquema del mundo.
Si uno tiene la suerte de ver sus mejores cintas, como La Isla, Primavera… y Hierro 3, la imagen que se hace de Kim Ki-duk es la de un director sólido, profundo, dueño de una visión del mundo, de un universo en que se mezclan en dosis justas la violencia e impavidez de la naturaleza, la angustia ante la soledad, la necesidad de amor, el valor del sacrificio, el aprendizaje a través del dolor, la iluminación en el martirio, elementos que han llevado a muchos a pensar que Kim Ki-duk es en el fondo una especie de místico budista, algo muy alejado de la realidad, pero que da una idea del atractivo que tiene su mejor cine, de la profundidad que puede llegar a alcanzar.

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