EL DULCE PORVENIR

Por: Mario Arango Escobar.

EL DULCE PORVENIR (1997). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 110’.

Dirección y guión: Atom Egoyan. Intérpretes: Ian Holm, Sarah Polley, Bruce Greenwood, Earl Pastko, Tom McCamus, Caerthan Banks, Gabrielle Rose, Alberta Watson, Maury Chaykin, Stephanie Morgenstern. Título original: The sweet hereafter. País: Canadá. Fotografía: Paul Sarossy. Música: Mychael Danna.

Sinopsis: Adaptación de “El flautista de Hamelin”. Los habitantes de un pequeño pueblo de Canadá están conmocionados, acaban de sufrir una tragedia. Un microbús escolar se ha accidentado y sólo han sobrevivido dos personas. Unos días después de este desafortunado acontecimiento, aparece un abogado que va a representar a toda la comunidad afectada en el juicio que se va a realizar contra la empresa que cometió la presunta negligencia…

El singular Egoyan sorprende con un magistral retrato del abismo de la desolación y del sinsentido de la pérdida en esta sensible y conmovedora película, que refleja como pocas la tristeza y el vacío que cunde entre la población de un pequeño pueblo canadiense ante la brutal irrupción de la más dolorosa de las tragedias. Insoportable tranquilidad y desasosiego se alternan en este drama de bello título, que sacude al espectador con estilo, inteligencia y no poca sutileza.

El director canadiense nos acerca al peor de los terrores posibles: el terror cotidiano, ese que surge detrás de noticias como la que desencadena la trama del filme. “El dulce porvenir” es un cuento triste, melancólico, pero sobre todo narrado con una honestidad que resulta muy difícil de ver plasmada en una pantalla y que convierte a la cinta finalmente en una especie de proeza cinematográfica. A lo largo de su metraje, podemos sentir el dolor y la angustia que padecen los padres que acaban de perder a sus hijos en ese accidente, nos identificamos también con los supervivientes enfrentados a un futuro que no parece ser mucho más halagüeño. Ciertamente lo del ‘dulce porvenir’ es pura ironía, pero siempre hay que esperar que lleguen mejores tiempos, siempre queda la esperanza, parece ser el mensaje último del film.

Todo ello se consigue sin recurrir al morbo ni a la estridencia. Egoyam nos invita a adentrarnos en la vida de sus personajes y a convertirnos en espectadores silenciosos de su tragedia. No juzga, no dicta sentencia, porque eso hubiese convertido la película en algo convencional y Egoyam es de todo menos convencional. Todo es suave, ligero, dulce y al mismo tiempo denso y amargo, profundamente amargo. Lo más curioso y original de la película es el tipo de edición o montaje que el director ha querido utilizar. El resultado es una historia explicada de manera no lineal. Así, podremos conocer como si se tratara de una historia contada linealmente y en presente, la vida del abogado que interpreta Ian Holm cuya familia no está atravesando una buena temporada; el suceso del accidente que sacudió el pequeño pueblo canadiense; y, finalmente, la visita que le hace el abogado a su hija, cuyo viaje en avión ocupa toda esta parte.

El montaje y los lentos y lánguidos movimientos de cámara encajan particularmente bien con la fotografía (contraste de colores, el blanco pureza, luz cálida en ocasiones…) el realismo en la representación de los sentimientos, la onírica música, las interpretaciones, la historia que se nos cuenta y con la forma casi hipnótica que tiene este director de construir las emociones.

El juego en el tiempo es utilizado por Atom Egoyan para combinar sensaciones, cargando el pasado de nostalgia, a través de escenas tan líricas como esa en la que el abogado recuerda aquel sereno amanecer junto a su mujer y bebé, con un presente amargo y doloroso, con una realidad desalentadora que se nos presente en la gran parte de los planos del filme.

Los personajes están construidos a partir de las contradicciones, apariencias, dobleces… No son meros arquetipos.Capítulo aparte merece el protagonista de la película, un personaje magistralmente escrito y todavía mejor interpretado por un soberbio Ian Holm. Para destacar también, la maravillosa interpretación de  Sarah Polley  que aquí vuelve a demostrar todo su talento.

Para ir acabando, y como exposición del talento narrativo de Egoyan, gran guionista además de director (aunque la originalidad del guión de “El dulce porvenir” la comparta con una novela de Russel Banks), me gustaría analizar brevemente el trato que se le da en la película a la fábula del flautista de Hamelín. Partiendo de la base de que todos los lectores conocerán el relato, vayamos descifrando las múltiples relaciones que se establecen entre este y el guión de Egoyan. Sin ningún orden concreto, empezaría refiriéndome a un paralelismo en el que los niños del pueblo de la película se identificarían con los niños de la fábula, ambos alejados de los brazos de sus padres, llevados a un lugar imposible (el fondo de un lago congelado o el interior de una montaña mágica) de la mano del flautista de Hamelin. Lo que resulta menos obvio es quien juega el papel del flautista en la película, podría ser Dolores como conductora del bus o una fuerza impulsora del destino fatal de los niños. Otra referencia la podemos encontrar en el personaje de Mitchel Stevens  que como el flautista hace con los niños de la fábula, intenta embaucar a los habitantes de la película para que le sigan en su ansia de dinero utilizando despiadadamente la fragilidad que el dolor de la tragedia ha llevado a sus vidas. Escarbando y rebuscando en los diálogos de la película podría encontrarse otra posible conexión, según la cual la gente del pueblo se vería emparentada con el personaje del flautista cuando éstos, furiosos y desorientados, clamasen venganza por la muerte de sus hijos, igual como el flautista se siente injustamente tratado cuando no se le paga por la desratización del pueblo.

Por último encontramos la relación entre filme y fábula que acapara la mayor parte de la atención durante el último fragmento de película, aquella según la cual podemos observar a Sam embrujando a su hija, abusando sexualmente de ella mientras le hace promesas apasionadas, convirtiendo su historia en un cuento de hadas, un cuento de pajares iluminados con velas. Como el flautista, Sam conduce a su hija a la perdición sin el conocimiento de esta, solo la tragedia, de la que es la única niña superviviente, permitirá que Nicole, al igual que el niño cojo que se queda solo fuera de la montaña que engulle a los demás niños de la fábula, adquiera conciencia de una realidad triste y decepcionante. Cabe apuntar que Egoyan se mantiene cuidadosamente distante del conflicto moral que suscita un tema como el incesto, y así Nicole no se vuelve en contra de su padre como un castigo por sus abusos, sino por no cumplir las promesas que un día le hizo, por no seguir amándola como la amaba.

Atom Egoyan tiene el don de la narrativa. La magia de “El dulce porvenir” es que el director abre distintas líneas temporales que entrelaza para explicar una historia de forma completa y desde todos los puntos de vista. De este modo, unas sirven de apoyo a las otras, en el sentido que les dan consistencia dramática y aportan un toque filosófico al drama. La película nos demuestra cómo el cine puede interferir en la emoción de una forma limpia y pura. El filme es implacable, doloroso, áspero y profundísimo; brilla y conmueve en justa medida, con genuino recursos del buen cine.

1997: 2 Nominaciones al Oscar: mejor director, guión original.
1997: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado, Premio Jurado Ecuménico, FIPRESCI.
1997: Seminci: Espiga de Oro: mejor película.
1997: National Board of Review: mejor reparto.
1997: 4 premios de la Asociación de críticos de Toronto, incluyendo director, película.
1997: Festival de Toronto: mejor película canadiense.

ATOM EGOYAN

Nació en 1960 en El Cairo (Egipto). A los tres años se trasladó con su familia a Victoria, Columbia Británica (Canadá). Estudia guitarra clásica y en 1982, se licencia en relaciones internacionales por la Universidad de Toronto. Pero su futuro diplomático se difumina cuando empieza a escribir obras de teatro y, sobre todo, a dirigir cine. Rueda su primer corto, “Howard in Particular” en 1979. En 1982 escribe, dirige y produce de forma independiente (con dinero de una beca que recibe del Ontario Arts Council), la pieza de 25 minutos “Open House”.

Debuta con el largometraje “Next of Kin” en 1984. Un joven, infeliz en su hogar, decide presentarse ante una familia armenia como el hijo que años atrás dieron en adopción (y por lo que ahora se sienten culpables) iniciando así un siniestro juego de falsas identidades y representaciones. Con este filme es nominado al Genie, el Oscar de la industria canadiense. En 1987, escribe y dirige “Family Viewing”, enfrentamiento paterno-filial por la actitud del padre, quien sustituirá por imágenes pornográficas caseras los vídeos familiares en los que aparecía la madre de su hijo.

En 1989, participó en la Quincena de Realizadores de Cannes con “Partes parlantes” (Speaking Parts), que trata de la búsqueda de una guionista del actor que interprete el papel de su difunto hermano. “El liquidador” (The Adjuster, 1991) es una fascinante reflexión sobre un mundo construído sobre imágenes y representaciones (cómo de equívocas pueden ser las apariencias). En “Calendario” (Calendar, 1993) un fotógrafo canadiense y su mujer, ambos de origen armenio, viajan a su país natal para  hacer un calendario. Durante su estancia, la pareja sufre una crisis y se separan.

Pero es con su siguiente película, “Exótica” (Exotica, 1994) “rompecabezas en torno a cinco personajes alrededor de un local de strip-tease; cuando llega su consagración definitiva como indudable autor de extraordinario estilo. “El dulce porvenir” (The Sweet Hereafter, 1997) adaptación de “El flautista de Hamelin”, partiendo del accidente de un bus escolar, Egoyan bucea en el sentido del dolor y en las relaciones humanas, subrayando lo absurdo de buscar culpables en las desgracias que nos acontecen.

“El viaje de Felicia” (Felicia’s Journey, 1999) narra las peripecias que tiene que enfrentar una adolescente, cuando al darse cuenta de que está embarazada, decide ir en busca de su novio. Ararat (2002), reflexión sobre el conflicto de Armenia y Turquía a través de la historia contemporánea de dos familias separadas y su búsqueda de la reconciliación y la verdad, Adoración (Adoration, 2008) Narra la historia de un adolescente huérfano que intenta reconstruir la verdad sobre su padre fallecido. “Chloe” (2009), es la historia de Catherine, quien sospecha que su marido la engaña. Con el fin de acallar sus sospechas y temores, contrata a una joven que ponga a prueba la fidelidad de David.

El cine de Egoyan es un cine intelectual, conceptual, disciplinado y exigente con el espectador, que produce un (buscado) efecto de extrañeza. Pero si uno logra sumergirse entre sus múltiples lados y aristas, estará ante una de las mayores experiencias que el cine contemporáneo pueda ofrecer. Apoyándose siempre en unas películas construídas sobre la base de las emociones, su obra penetra sistemáticamente en el dolor de unos personajes desgarrados por las ausencias.

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INCENDIOS

Por: Mario Arango Escobar.

INCENDIOS (2010). GÉNERO: DRAMA.  DURACIÓN: 130’.

Dirección: Denis Villeneuve. Guión: Valérie Beaugrand-Champagne, Denis Villeneuve (Obra: Wajdi Mouawad). Intérpretes: Lubna Azabal, Mélissa Désormeaux-Poulin, Maxim Gaudette, Rémy Girard, Abdelghafour Elaaziz, Allen Altman, Mohamed Majd, Nabil Sawalha, Baya Belal, Bader Alami, Karim Babin, Yousef Shweihat. Título original: Incendies. País: Canadá,  Francia. Fotografía: André Turpin. Música: Grégoire Hetzel.

Sinopsis: Jeanne y Simon Marwan son dos gemelos cuya madre, que lleva mucho tiempo sin hablar, está a punto de morir. Pero, antes del fatal desenlace, les da dos cartas que deben ser entregadas a un padre al que creían muerto y a un hermano, cuya existencia desconocían. Ambos emprenderán un viaje al Líbano para localizarlos y encontrar respuestas a su existencia.

Se desencadena a partir de esta premisa una sorprendente historia cargada de mitología griega acerca del amor, pero también acerca del odio, y de cómo éste se transmite de generación en generación, en gran parte motivado por la religión, dando lugar a terribles guerras.

La historia comienza en Canadá pero luego de recibir las mencionadas cartas de su madre, Simon y Jeanne inician un viaje al Líbano siguiendo las pistas del posible paradero de su padre y de su hermano;  pero pronto la búsqueda se convierte en una auténtica caja de sorpresas de tintes trágicos y hallazgos insospechados. Dolor, rabia, compasión, agradecimiento y perdón son sentimientos que viven intensamente los personajes y el espectador con ellos.

Estamos ante un guión perfecto, auténtica maquinaria de relojería donde todos los elementos están trenzados con maestría y donde nada sobra, con una narrativa ágil y una puesta en escena realista. La historia se estructura en capítulos y se cuenta de adelante hacia atrás y viceversa, logrando que el espectador no pierda el hilo ni el interés en ningún momento. A partir de numerosos flashbacks nos acercamos a la complejidad de una guerra entre cristianos y musulmanes, con sus asentamientos de refugiados, sus cárceles y las penalidades de una mujer.

Desarticulado el presente de Jeanne y Simon Marwan, el realizador, de forma magistral, nos conducirá por un trenzado de tiempos que se enroscan permanentemente. El pasado fluirá en una interconexión que nos llevará a la guerra civil libanesa, para situarnos en el sur del país, abriendo fuego en el contexto de las recíprocas masacres de finales de los 70 entre las comunidades cristianas y musulmanas. La lógica de los señores de la guerra aplasta con pasos furiosos a una población sumida en un polvorín de desconcierto, de infamias, ultrajes en nombre de la religión y de animadversión entre hermanos. En ese sentido, la historia personal de Nawal se erige en una parábola de la historia de un país.

“Incendios” es un viaje en busca del padre y, en realidad, también de la madre, pues los gemelos descubrirán muchas cosas, pero sobre todo sabrán quién era realmente esa mujer llena de silencios. En ese sentido, la película es la dramática historia de una mujer fuerte y paciente que no perdió de vista la promesa hecha a su hijo, y también el viaje de dos hermanos que desconocen su identidad —hay resonancias del cine del canadiense Atom Egoyan— y que deben hacer frente a su pasado. En “Incendios” todo está al servicio de la historia y en unidad armónica con ella: música, fotografía y diseño de producción contribuyen a crear una ambientación de tensión creciente, lo mismo que unas estupendas interpretaciones de Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin, dos grandes actrices para dos grandes mujeres —Nawal y Jeanne, respectivamente.

La hija deberá recorrer paso a paso hacia atrás el dramático camino hasta encontrarse con las terribles verdades del pasado de su madre, desde Canadá hasta esa tierra quemada entre Líbano, Gaza e Israel, pero al tiempo, se le permite al espectador ir conociendo ese pasado de la madre en un hilo narrativo paralelo, con lo que la impresión es la de dos hilos, dos historias, pasado y presente, que se acabarán encontrando. El artificio de que una hija (y su hermano gemelo) encuentre el pasado de su madre nos permitirá a los demás encontrar el nódulo que explica, en parte, ese larguísimo eslabón de odios, venganzas, sangrías y humillaciones, y que se visualiza en escenas sorprendentemente duras, inexplicables, intolerables, como la del fatídico encuentro de un autobús con un grupúsculo de milicianos, donde se da una definición rotunda del fundamentalismo (con esas «postales» religiosas en las metralletas).

Varias cosas hace bien Villeneave. La primera, organizar la doble línea argumentativa en nueve capítulos centrasas en personajes y espacios: Los gemelos, Nawal, Darash, Derassa, Kafl Khour, La mujer que canta, Nihad, Chamabdin, etc. El director está apuntalando los lugares de destino de cada sección, cada vez más cerca del destino final.
La segunda, el uso de símbolos. Las matemáticas aparecen como forma racional de acercamiento a la realidad. El número tiene una especial significación, porque supone el fracaso para explicar racionalmente el mundo del odio y de la guerra. El segundo gran símbolo es la oposición fuego y agua. La piscina aparece como espacio donde calmar los “Incendios” de la verdad. El fuego quema y esconde, el agua purifica y revela.

El silencio de la cámara. Villeneuve no muestra todo, solo aquello que conduce a la demoledora consecuencia ético-moral. Difuminados, saltos. Todo vale para que vayamos a lo que el director quiere enseñarnos. Sonido y música. Villeneuve combina desconcertantes usos de Radiohead, con canciones de cuna libanesas. El choque a mi forma de ver funciona. El rostro del niño al principio hace confluir la película hasta su centro.

El mensaje de Villeneuve es claro, he aquí sus propias palabras: “Para poder llegar a vivir plenamente un amor hay que ser capaz de replantear ciertas partes fundamentales de nuestra identidad heredadas de nuestra infancia. Esas cóleras cíclicas son las que nos impiden amar y no poder amar nos impide llegar a ser adultos”.                          “Incendios”, es el camino de búsqueda de ese trauma que genera el bloqueo emocional a los protagonistas, pero “las piruetas del destino les reserva un terrible desenlace que desdobla los sentimientos entre lo familiar y lo político”.

DENIS VILLENEUVE

Nació en Trois-Rivieres, Québec (Canadá) en 1967. Realizó estudios universitarios en ciencias puras en Trois-Rivieres, y dirección cinematográfica en la Universidad de Québec.
Entre 1990 y 1992, Villeneuve se dedica a la realización de videos musicales para importantes empresas como  el Circo del Sol, entre otros, con los cuales es reconocido a nivel internacional. En 1998 escribió y dirigió su primer largometraje “Agosto 32 en la Tierra” (Un 32 août sur terre) un drama romántico que presentó en varios festivales como Cannes y Toronto. Este film representó a Canadá en los premios Oscar 1999, en la categoría de mejor película en lengua extranjera.

En el año 2000, escribe y dirige “Maelstrom” (Maelström). Es la historia de una mujer alcohólica que un día sufre un accidente de tránsito, y es rescatada por un hombre con el que posteriormente entabla un fuerte vínculo emocional. Con este filme participa en varios festivales como Sundance y Toronto,  y obtuvo varios reconocimientos, entre ellos, el Premio de la Crítica Internacional (Fispreci) en el Festival de Berlín.

Posteriormente realizó “Politécnica” (Polytechnique, 2009). La película está basada en los testimonios de los supervivientes del drama ocurrido en la Escuela Politécnica de Montreal, el 6 de diciembre de 1989, cuando un hombre entró en la escuela con la idea de asesinar al mayor número de mujeres.
En 2010, Villenueve presentó “Incendios”, devastador drama, que adapta la exitosa obra de Wajdi Mouawad. La película fue nominada como mejor película de habla no inglesa en los premios Oscar 2011.

LAS INVASIONES BÁRBARAS

Por: Mario Arango Escobar.

LAS INVASIONES BÁRBARAS (2003). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 99’.

Dirección y guión: Denys Arcand. Intérpretes: Rémy Girard, Stéphane Rousseau, Marie-Josée Croze, Dorothée Berryman, Louise Portal, Dominique Michel, Yves Jacques, Pierre Curzi, Marina Hands, Toni Cecchinato, Mitsou Gélinas, Sophie Lorain, Johanne-Marie Tremblay, Denis Bouchard, Micheline Lanctôt, Roy Dupuis. Título original: Les invasions barbares. País: Francia, Canadá. Fotografía: Guy Defaux. Música: Pierre Aviat.

Sinopsis: Un hombre con un cáncer avanzado tiene dificultades para aceptar la realidad de su inminente muerte y encontrar un momento de paz antes del final, especialmente porque tiene razones para lamentarse de ciertos aspectos de su pasado. Su hijo -del que se había distanciado-, su ex-mujer, sus ex-amantes y sus viejos amigos irán a reunirse con él para compartir sus últimos momentos.

Asumir, integrar la muerte como algo que forma parte de nuestra vida, debería ser un asunto permanente de nuestra cotidianidad. Llegado ese momento, creo que uno se va más tranquilo, cuando haciendo balance de su vida, siente que ha hecho lo que quería hacer. Creo, que esa es una característica del protagonista de la película, que aún reconociendo cómo no, sus errores, no se arrepiente de nada. Ha vivido la vida como quería vivirla y eso es precisamente lo que quiere compartir en sus últimos momentos con la gente que más le importa y poder despedirse de ellos. Quienes le acompañan, aportan con honestidad y sin juicios la experiencia vivida, aunque ello no significa que tengan que estar de acuerdo en todo, cual familia feliz o amigos indiscutibles. Sin embargo, el permitir que esto fluya favorece la convivencia y ayuda a cerrar historias, sobre todo en un momento tan crucial de la existencia.

Esto se ha hecho y se podría hacer con un tono de solemnidad extenuante. Pero Arcand no cae en el juego y elabora un guión fresco y ágil; alternando las escenas de más dramatismo con otras realmente de comedia.

Brillantez en las palabras que pone Arcand en sus personajes, llenos de lucidez y carentes de autocompasión, cínicos e irónicos. Los actores dotan a sus personajes de una gran humanidad y el tejido del filme va entrecruzándose con una aparente sencillez, que esconde un más que interesante trabajo. Rodada con mucho talento, con una dirección más que correcta, Denys Arcand, consigue un drama cuyo argumento no es muy original, pero que conjuga muy bien con las formas, sin caer en lo superficial y logra autenticidad con la construcción de unos buenos personajes junto con una narración casi perfecta. La película sigue su curso de manera brillante, emocionando a causa de sentir la muerte tan cerca.

Los personajes están perfectamente trazados y se aprecia en ellos una evolución y unos matices realmente excelentes. Un guión con innumerables referencias al arte (principalmente al cine y a la literatura) como vía de sanación emocional y la propia personalidad del protagonista son los verdaderos motores del filme, que apela al espectador huyendo del sentimentalismo y profundizando sobre todo en el laberinto pasional que teje las relaciones humanas.

El director hace un terrible diagnóstico de la sociedad actual: confirma el declive social de los herederos de mayo del 68, a la vez que anuncia “las invasiones bárbaras”, el empuje de unos jóvenes pragmáticos en un mundo globalizado que venían dominando los americanos. Y muestra cómo la religión se ha vaciado de contenido para tantos, en la escena del desván que acumula objetos de culto, a los que nadie da uso, y a los que se niega incluso un posible valor artístico. Sin bases morales sólidas en las que apoyarse, a los personajes les queda sólo un afecto sincero. En ese sentido, la escena de la despedida, una apuesta por la eutanasia, parece la consecuencia lógica de ese vacío existencial.

¿Cuáles son las invasiones bárbaras y a qué invaden? Están todas, sútilmente. 
Nuevas ideas que reemplazan su vetusto socialismo libresco, los ‘ismos’ que discute con sus amigos y ya no guardan vigencia sino en sus lecturas, los homosexualismos de buen recibo presentes en ellos y en ellas, sus amoríos de docente y sus amantes que han sido invadidos por los años de madurez.

En su entorno personal, todo son invasiones. De algunas no se da cuenta y de otras sí. La especulación de bolsa que invade los buenos negocios, la tecnología de portátiles y celulares que invaden la vida laboral de su hijo, la carrera veloz de la competencia en el trabajo que invade las vidas privadas, la vida familiar y los hijos que invaden las holgadas y despreocupadas viejas amistades que no se renuevan como se quisiera, la invasión de los sindicatos a la vida normal del sistema de salud, la invasión de la corrupción en la burocracia, de los extranjeros en las calles, de los narcotraficantes de frontera y sus drogas en las casas, de las adicciones en las vidas jóvenes, del desamor en las mentes de casados y lejanos. La heroína invade las venas, las nuevas ideas invaden el mundo de Remy.

“Las Invasiones bárbaras” es una buena reflexión sobre la eutanasia, sobre la muerte voluntaria, aquella que elimina el dolor impidiendo terminar de manera indigna esa vida que ha pasado por los ojos de Remy. Las cánulas y las inyecciones serán el instrumento de invasión de amistad y de pruebas últimas de amor.

Un acierto el que en una película que habla de la muerte, la sonrisa se vea en la cara del espectador.

DENYS ARCAND

Nació en 1941 en Deschamabault, Québec (Canadá). Fue educado en una familia estrictamente católica y asistió durante nueve años a un colegio jesuita, esta educación marcaría el aspecto religioso de buena parte de su filmografía. Cuando apenas era un adolescente, su familia se trasladó a Montreal. Mientras estudiaba una maestría en historia en la Universidad de Montreal se involucró en la realización de películas.

En 1963, se unió a la National Film Board de Canadá, donde produjo varios documentales premiados en su idioma nativo francés. También trabajó en algunas series de televisión.
En 1982, su documental, “La comodidad y la indiferencia” (Le confort et l’indifférence) ganó el premio de mejor película de la Asociación de Críticos de Cine de Quebec.

El reconocimiento internacional lo obtiene con la película “La decadencia del imperio americano” (Le déclin de l’empire américain, 1986) es la historia de un grupo de profesores universitarios, que discuten de sexo, de sus fantasías, sus frustraciones, sus intimidades… Película que hasta entonces se convirtió en la más taquillera en la historia del Canadá. Ganó el premio Genie como la mejor película, mejor director y mejor escritor de un guión original. También ganó el “Premio de la Crítica Internacional” en el Festival de Cine de Cannes.

En 1989 rueda “Jesús de Montreal” (Jésus de Montréal) en la que un joven y desconocido actor, Daniel Coulombe, es convocado por un clérigo para representar “La pasión de Jesucristo” en los jardines de la Catedral de Montreal. Forma para ello una compañía de actores que, así como Jesús a sus apóstoles, va buscando en diversos ámbitos: uno hace doblajes de películas porno, otro hace locución de documentales (este pone como condición para participar en la obra, incluir el monólogo de Hamlet) una hace publicidad y otra hace ayuda social. Se conforma así la compañía teatral y desarrollan el guión para la obra, presentando un Cristo revisitado, condimentado con comentarios de descubrimientos arqueológicos, históricos y científicos… Con esta película Arcand obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de cine de Cannes.

En 1993 produjo y dirigió su primera película en idioma Inglés, “La verdadera naturaleza del amor” (De l’amour et des restes humains) adaptación de una obra de Brad Fraser, uno de los jóvenes dramaturgos más subversivos del Canadá de habla inglesa. En este filme, continúa su radiografía de las relaciones personales con una particular visión caleidoscópica de variaciones sexuales y amores no correspondidos.

En el 2000, rueda “Stardom” (Stardom – Le culte de la célébrité) drama sobre la vacuidad de la fama. Fue la primera película canadiense escogida para clausurar el Festival de Cannes. La consagración le llegó con “Las Invasiones bárbaras” (Les invasions barbares, 2003) obra donde Arcand nos invita a reflexionar sobre el sentido de la vida, la existencia y la muerte; película premiada con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2004 y el premio César del mejor director, de la mejor película y del mejor guión original.
En el 2007, realiza “La edad de la ignorancia” (L’âge des ténèbres) una sátira con tintes de reflexión moral sobre nuestra época.

EL ÚLTIMO TREN (CORAZÓN DE FUEGO)

Por: Mario Arango Escobar.

EL ÚLTIMO TREN (CORAZÓN DE FUEGO, 2002). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 93’.

Dirección: Diego Arsuaga. Guión: Diego Arsuaga & Fernando León de Aranoa (Historia: Andrea Pollio & Andrés Scarone). Intérpretes: Héctor Alterio, Federico Luppi, Pepe Soriano, Gastón Pauls, Balaram Dinard, Saturnino García, Eduardo Migliónico, Elisa Contreras, Jenny Goldstein, Alfonso Tort, Fred Deakin, Herbert Grierson, Eduardo Proust, Guillermo Chaibún, Virginia Ramos, Jorge Bolani. País: Argentina, España, Uruguay. Fotografía: Hans Burmann. Música: Hugo Jasa.

Sinopsis: Un poderoso estudio de Hollywood ha comprado para su próxima película, una histórica locomotora uruguaya del siglo XIX. Aunque la noticia es motivo de orgullo para muchos uruguayos, no es bien recibida por los veteranos miembros de la Asociación Amigos del Riel. Decididos a boicotear el traslado de la locomotora a Estados Unidos, tres de ellos y un niño, movidos por la consigna: “El patrimonio no se vende”, secuestran la máquina y se lanzan a recorrer las abandonadas vías del interior del país perseguidos por las autoridades.

Excepcional película sobre la importancia del patrimonio histórico uruguayo, que para los personajes no sólo no tiene precio, sino que es indigno que alguien pueda siquiera ofrecerlo en venta. Historia cargada de sentimientos y recuerdos de un tiempo mejor. Para los protagonistas no se trata sólo de una defensa de su patrimonio común sino de su propio pasado y de sus señas de identidad: por debajo de la locomotora vemos unas vidas que se han gastado recorriendo esas tierras, y que ahora luchan por sobrevivir.

El trío protagonista, Federico Luppi, Héctor Alterio y Pepe Soriano dan vida a tres ancianos que a pesar de la edad siguen soñando con cambiar el mundo. Sobre ellos descansa el peso de toda la película, con personajes que rebosan autenticidad y que logran sostener toda la trama. Con unos diálogos, a veces chispeantes, pero que dejan entrever pequeños dramas personales que les están minando por dentro, ya sea un alzheimer, unos problemas cardíacos, o unos delirios de quien hubiese querido ser miliciano antifranquista. El otro protagonista es la propia locomotora 33, auténtica máquina de museo que se puso en circulación para el rodaje de exteriores, y que precisó de una escenografía sobre un camión para grabar los diálogos, dado las frecuentes averías y el mal estado de las vías.

Es un viaje por Uruguay, pero también es un recorrido interior por la vida de los protagonistas: especialmente para el profesor y Pepe. Ninguno quiere envejecer y morir sin haber conseguido las cosas en las que creen y por las que lucharon en su juventud.
Hay un viaje interior hacia un pasado que se empieza a olvidar, una mirada nostálgica hacia un mundo en extinción y ajeno a esa policía corrupta o a esa prensa que ahora se adueña de la verdad.

En este viaje el paisaje y los estados de ánimo van cambiando a medida que la película avanza, y lo que comienza con euforia poco a poco se trasforma en miedo y depresión para acabar rindiéndose ante la realidad de las limitaciones de salud o de imposibilidad de éxito de la empresa. El viaje de los tres viejos luchadores acaba metafóricamente en una vía muerta, en medio de un paisaje agreste y olvidado (imagen ilustrativa del los países del tercer mundo). Pero no hay motivo para el desaliento, ya que, es en esa vía muerta donde se produce el contagio revolucionario, la rebelión de los pequeños y los desheredados (la mayoría de los rostros son de indígenas) que unidos espontáneamente se enfrentan y vencen pacíficamente al enemigo.

Una de las características más sobresalientes de la película es ese juego de dualidades, de acciones paralelas entre los viejos y sus “enemigos”. Arsuaga propone, pues, que al enemigo hay que combatirlo con sus mismas armas.

La figura del niño supone la esperanza ante la desesperanza, de que este mundo, este patrimonio nuestro que son las cosas que son nuestras, que son del hombre, no se venden. Como comentario final podríamos decir que la movilización social, o la movilización de unos pocos dotados de razones convincentes, puede arrastrar al resto de la sociedad a conseguir cosas positivas.

Como en los buenos westerns, al final el bueno consigue su objetivo: la locomotora no se vendió.

La película nos cuenta con un guión sencillo y lineal que desde la emoción nos quiere llevar a la reflexión, de los sentimientos a las ideas. Con continuos contrastes: buenos y malos, pobres y ricos, honestos y corruptos, campo y ciudad, viejos y jóvenes; y puntos de vista enfrentados: discusiones constantes entre los tres protagonistas, y entre Jimmy y Ponce.

Enfrentando a los tres héroes (el profesor, el secretario y Pepe) y un aprendiz (Guito) versus los antihéroes (Jimmy y el oficial de policía Ponce), versus la prensa y el pueblo como testigos, hasta que, finalmente, la ciudadanía toma partido por uno de los bandos.

Con una puesta en escena sencilla y directa, haciendo que la cámara y sus movimientos no se noten, para que sea la mirada de los personajes la que conduzca la historia. Favoreciendo la identificación del público con los ideales y los actos de los protagonistas, que despiertan nuestra simpatía y compasión por su audacia, por su edad y por su estado de salud.

Con una fotografía que cambia de tono significativamente: desde lo más oscuro en la ciudad (cuando la locomotora está en un garaje), a la máxima luminosidad en plena naturaleza, para terminar con un tono más natural y realista en la parte final donde se resuelve la película.

Intercalando con habilidad tomas de planos generales y tomas aéreas, que dan “oxígeno” al filme, pues el 70% del tiempo transcurre en los 3 metros cuadrados de la locomotora, con planos medios y primeros planos.

Con un montaje en paralelo donde se alternan los perseguidores y los perseguidos. Con un uso de la música convencional que nos hace sentir la historia.

Reforzando la sensación de que se nos ha contado un suceso real mediante los carteles del epílogo, en los que se nos informa de lo qué les pasa a los protagonistas, después de terminada la película .

DIEGO ARSUAGA

Nació en Montevideo (Uruguay) en 1966. Se inició en el campo de la publicidad, donde desarrolló una importante carrera, con reconocimiento en prestigiosos festivales internacionales de cine publicitario como Cannes, Londres y Nueva York.  Posteriormente, dedicó su atención al cine de ficción, en el que ha desarrollado diferentes facetas en sus propios trabajos y en los de otros colegas, lo que le ha ayudado a conocer mejor el medio desde distintos puntos de vista: productor, guionista, director de fotografía, codirector y director.

Su debut en el campo del cortometraje ocurre en 1985, con “La fruta en el fondo del tazón”. Dos años más tarde, realiza  “Los últimos Vemicellis” (1987), con el cual obtiene el premio al mejor director en los Festivales de la Habana, Bogotá y Paraguay. Dirigió su primer largometraje, “Otario” en 1997. Es la historia de una española acomodada que contrata a un detective privado para que encuentre a su esposo desaparecido tiempo atrás en Montevideo.

Posteriormente trabajó como productor en el film de Marcelo Piñeyro, “Plata Quemada” (2000), que ganó el premio Goya a la mejor película extranjera. En el año 2002, realiza su segundo largometraje, “El último tren”, una lúcida reflexión sobre la importancia del patrimonio histórico.

LISTA DE ESPERA

Por: Mario Arango Escobar.

LISTA DE ESPERA (2000). GÉNERO: COMEDIA. DURACIÓN: 102’. PAÍS: CUBA.

Dirección: Juan Carlos Tabío. Guión: Arturo Arango, Juan Carlos Tabío, Senel Paz. Intérpretes: Vladimir Cruz, Jorge Perugorría, Thaimi Alvariño, Saturnino García, Noel García, Alina Rodríguez, Antonio Valero. Fotografía: Hans Burmann. Música: José María Vitier.

Sinopsis: Los pasajeros colapsan una terminal de autobuses de un pueblo cubano debido a que todos los vehículos pasan llenos y no recogen viajeros. Para poder emprender el viaje, todos se implican en la reparación del único transporte destartalado que queda en la terminal. Una experiencia en la que cada uno va a descubrir lo mejor de sí mismo.

Una vez más una fantástica crítica al sistema cubano por parte del director Juan Carlos Tabío. Tal como hizo con “Fresa y chocolate” vuelve a sus críticas contra el sistema cubano, pero esta vez de una manera más sofisticada y artística pues, aunque, a primera vista no se sienta, es una crítica hecha con clase a base de metáforas y simbolismos.
 Para ello consigue hacer una versión un tanto surrealista del “sueño cubano”, ese sueño donde todos esperan un final feliz.

Una terminal que representa a Cuba con sus reglas y con unas paredes que se caen; será el lugar donde nuestros personajes esperan al bus que les lleve a sus destinos.
 Buses que se rompen una y otra vez porque no hay manera de que lleguen las piezas de repuesto y unos pasajeros que quieren salir de la terminal, pero no pueden tal como pasaba en “El ángel exterminador” (1962) de Buñuel y tal como lo referencian en la película, estos personajes viven en un sueño continuo mientras que están despiertos, el sueño de ser libres y conseguir una Cuba libre.

Ese “sueño” será la puesta en escena para estos personajes donde demostrarán ese espíritu de estas gentes que les falta el aire por salir de esa terminal pero como no pueden salir de allí intentan acomodarla para que entre todos se pueda vivir feliz y mejor.
Una película que habla de crítica en cada frase, en cada personaje, en cada intención; crítica y también humanidad pues estos personajes acorralados por el sistema intentan sacar lo más positivo de cada momento para conseguir subsistir.

En la terminal (Cuba) están todos los especímenes que forman un conjunto tan peculiar como es el mundo cubano. En el retrato están: El jinetero, entendiendo que allí la palabra jinetero/a se aplica a todo aquel que trapichee con turistas, utilice o no argumentos sexuales; el ingeniero agrónomo en un país donde sobran ingenieros y faltan guajiros (campesinos); la no ya tan jovencita que encuentra el novio europeo, en este caso español, que la sacará de la terminal; la santera que juega con hierbas para hechizar; la pareja de recién casados que se quedan en la terminal porque en casa se aburren y en el pueblo no hay nada que hacer; la pareja de homosexuales en un ámbito donde aún está mal vista esa práctica; el administrador, una persona aburrida de ver cómo las cosas de su terminal se van deteriorando sin que se atisbe una posibilidad de mejoría; y un largo etcétera de personajes menores que conforman este retrato de la sociedad cubana.

Lo más importante de la película es que, en un momento dado, todos a la vez sueñan el mismo sueño, el sueño del trabajo, de la unidad real, del entusiasmo y de la esperanza para tener una Cuba (una terminal) limpia, ordenada, sin escaseces alimentarias, en fin, un territorio en el cual todo el mundo puede y debe ser feliz.
Y la película, al final, deja un regusto amargo cuando el sueño se acaba, cuando todos regresan a la cruda realidad y son conscientes de que nada ha cambiado, que la terminal sigue ahí, casi en ruinas.

Como en su anterior filme, “El elefante y la bicicleta”, Tabío confronta aquí dos realidades, una real y otra imaginada (o soñada), para plantear alegóricamente sus ideas, las cuales giran en torno a un pueblo que se debate entre la solidaridad que el régimen le ha inculcado y el egoísmo que deviene de la necesidad y la precariedad material en que ha caído. Este juego con dos realidades y el tono de comedia empleado, le permiten insinuar y plantear cosas sobre el régimen y el sistema que de otra forma sucumbirían ante la censura.

Tabío ha querido dedicar la película a Gutiérrez Alea “Titón”, al que recordó como un maestro que sigue presente en el alma cubana, cuyo legado: “Es ese sentido de responsabilidad del artista con el lugar y el momento. Su forma de interactuar con la realidad”.