UN PLAN SENCILLO

Por: Mario Arango Escobar.

UN PLAN SENCILLO (1998). GÉNERO: THRILLER-INTRIGA. DURACIÓN 121’.

Dirección: Sam Raimi. Guión: Scott B. Smith (Novela: Scott B. Smith). Intérpretes: Bill Paxton, Billy Bob Thornton, Bridget Fonda, Brent Biscoe, Gary Cole, Becky Ann Baker, Jack Walsh, Chelcie Ross. Título original: A Simple Plan. País: Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Japón. Fotografía: Alar Kivilo.  Música: Danny Elfman.

Sinopsis: Hank, su hermano y un amigo encuentran 4.500.000 dólares en una avioneta que ha sufrido un accidente. Enfrentados al dilema de quedarse o no con el dinero, adoptan una solución intermedia: Como Hank es el único con empleo estable y, por tanto, el menos sospechoso, guardará el dinero una temporada. Si nadie lo reclama, se lo repartirán a partes iguales.

“Un plan sencillo” es un extraordinario y memorable drama basado en la novela de Scott Smith. El prolífico director Sam Raimi hace gala de un humor negro  de buena calidad y desarrolla con gran fidelidad la complejidad de la trama argumental. Desde un principio, la situación y los personajes principales son presentados de una forma muy astuta. La historia se desarrolla de forma pausada, pero atractiva. Los continuos giros en la historia están llenos de tensión y a medida que se acerca el desenlace, va en aumento, sin que nuestro interés decaiga. Una fórmula sencilla llena de tópicos, pero los enredos se van complicando hasta concluir en una degradación de los personajes. El espectador termina emocionado al ver que lo inevitable explosiona. Todo está envuelto de una atmósfera de cuento, la banda sonora de Danny Elfman contribuye a potenciar el clima de la película.

Este drama desarrolla la complejidad de la trama argumental con mucho suspense y logra una profunda alienación hacia el espectador. Todo esto gracias a un excelente guión y la magistral forma de narrar de Sam Raimi. Mención aparte merece la dirección de actores y la caracterización de los personajes. Especialmente las de un genial Billy Bob Thornton interpretando al hermano de Paxton en un personaje que fácilmente daba a una sobreactuación que Thornton consigue hacerlo creíble y simpático de cara al público. La otra interpretación es la de Bridget Fonda. También muy buena en un papel totalmente engañoso en un principio. No se queda atrás, un Bill Paxton que se encuentra muy a gusto y realiza un notable papel, ni el resto de secundarios entre los que destaca el hombre que acompaña a Thornton y a Paxton.

El espacio aislado y la fotografía, con un paisaje totalmente nevado, resultan de gran impacto visual por su austeridad y contribuyen a crear esa sensación de opresión que viven los distintos personajes a causa de la codicia, los conflictos morales, la angustia y el ansia por lograr hacer sus sueños realidad frente a tantas vicisitudes, temores y recelo. Es ineludible reconocer la influencia de “Fargo” en esta película. Su tono, ambientación, definición de personajes, lucha personal y tantas otras cosas son demasiado similares a la película de los hermanos Coen como para ignorarlo. Sin embargo, Raimi sabe hacer su propio cine y demuestra su grandeza, siendo capaz de distanciarse y de crear su propia atmósfera, mostrando de forma convincente la excitación de la codicia en conciencias relajadas, trazando una línea entre lo correcto y lo, tal vez, no tan correcto.

“Un plan sencillo” es una película sencilla, prescinde de la necesidad de artificios para funcionar de forma perfecta. Raimi hace que nos cuestionemos sobre la felicidad de nuestras vidas, reflexionando sobre la frase de Hank “se debe trabajar por el sueño americano, no robárselo”, imaginando no hacer nada incorrecto para después arrepentirnos de asesinar lo único que nos queda, lo único que de verdad interesa: ¿la decencia?

SAM RAIMI

Nació  en 1959 en Royal Oak, Michigan (Estados Unidos). Empezó a aficionarse por la realización a los 13 años, gracias a una primitiva cámara de video que tenía un amigo suyo, con la cual realiza sus primeros cortometrajes. Se dió a conocer entre los aficionados al cine de terror 
con una película de bajo presupuesto que acabó por convertirse en todo un clásico del género: “Posesión infernal” (The Evil Dead, 1981) una acertada combinación de humor negro y terror sobrenatural. Con este trabajo  triunfa en el Festival de Cannes de 1983. Cuatro años después, dirige la secuela “Posesión infernal II” (Evil Dead II).

En 1990, Raimi probó su maestría en el género del thriller de fantasía, escribiendo y dirigiendo la adaptación del cómic “Darkman”, con  la cual llega al gran público. Posteriormente dirigió “El ejército de las tinieblas” (Armi of Darkness, 1992), un cómic medieval de espadas y magia. Su siguiente trabajo: “Rápida y mortal” (The Quick and the Dead, 1995), nos narra la historia de una mujer que decide vengarse del hombre que domina la ciudad, por el daño que causó a su familia.

En el año de 1998, realiza “Un plan sencillo”, donde Sam Raimi se aparta de los habituales temas de su filmografía, para contarnos una historia donde pone de manifiesto los estragos que produce en el ser humano, la  ambición por el dinero. “Entre el amor y el fuego” (For the Love of the Game) su siguiente trabajo realizado en el año 1999, aborda la crisis profesional y personal de un veterano jugador de béisbol en el final de su carrera. “Premonición” (The Gift, 2000), historia de la desaparición de una joven de Georgia, y la angustia de su padre que acude a una vidente para dar con su paradero. En el año 2002, Sam Raimi, dirige la mundialmente famosa “El hombre araña” (Spider-Man) basada en la conocida historieta de Stan Lee, vendría en el 2004 “El hombre araña 2” (Spider-Man 2) y en el 2007, “El hombre araña 3” (Spider-Man 3). En el 2009 dirige el thriller de horror Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell).

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LAZOS DE SANGRE

Por: Mario Arango Escobar.

LAZOS DE SANGRE. (2010). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN 100’.

Dirección: Guión: Debra Granik, Anne Rosellini (Novela: Daniel Woodrell) Intérpretes: Jennifer Lawrence, John Hawkes, Lauren Sweetser, Sheryl Lee, Kevin Breznahan, Isaiah Stone, Ashlee Thompson, Shelley Waggener, Garret Dillahunt. Título original: Winter’s Bone. País: Estados Unidos. Fotografía: Michael McDonough. Música: Dickon Hinchliffe.

Sinopsis: Ree Dolly vive en una zona rural de los montes de Missouri. Es una chica de 17 años que tiene que hacerse cargo de su familia en una situación de extrema precariedad. Su padre Jessup, tras salir de la cárcel en libertad condicional, ha desaparecido misteriosamente y, si no aparece, en pocos días perderán la casa donde Ree vive con su madre enferma y sus dos hermanos pequeños. Encontrar a su padre se convierte entonces para la joven en una cuestión vital.

Película de corte independiente, basada en la novela homónima de Daniel Woodrell, que nos sumerge en una cruda historia donde una adolescente debe hacerse cargo de sus dos hermanos menores y de su madre enferma, ya que su padre se halla desaparecido e involucrado en negocios sucios. Se nos presenta un filme serio y sobrio que nos demuestra que la miseria y la pobreza están presentes en lo cotidiano. Por tanto, es un filme realista al extremo, donde nunca se fuerza la credibilidad del espectador y donde se pretende contar una historia conmovedora y sensibilizadora.

Para nada complaciente, y con situaciones agobiantes, la directora maneja 
con maestría los tonos de una historia durísima, que nunca se excede. Con un estilo controlado, sabe contar la odisea de su heroína sin sucumbir al golpe  sentimental, aunque sin renunciar a la poesía. Granik es generosa en el retrato de ambientes y personajes, pero muy astuta en la dosificación y detalles de la trama, sin dejarse ver con claridad, sino sugiriéndose. La historia es obviamente dramática, pero su clima es negro turbio y mantiene un equilibrio muy cinematográfico entre lo que muestra (los tipos y entornos) y lo que elude (las causas del drama), hasta conseguir una conversión dificilísima, lo ordinario en extraordinario: una historia que, en esencia, es habitual en el cine adquiere tonalidades excepcionales y aparece en la pantalla tan original como la vestimenta, el modo de hablar y la ética harapienta del mundo que nos muestra.

Los personajes están muy marcados por el entorno, un lugar donde el sol es escaso, las nubes lo cubren todo, terreno montañoso y gélido, parajes boscosos poblados de granjas decrépitas, plagados de gente violenta, que está anclada en un tiempo pasado, donde solo el más fuerte sobrevive. Debra Granik imprime al relato una fuerza pétrea, con escenas de gran tensión, donde la violencia está en el aire, el frio paisaje talla a los personajes, los hace duros como las rocas de las montañas que los rodean, son gente que no llora, es gente endogámica que rehúyen los cambios. Un filme que nos muestra una América profunda, salvaje y hostil, llena de violencia. Lo curioso del asunto es que dicha violencia surge en gran parte de los personajes femeninos, casi todos excelentemente retratados. Al fin y al cabo, Granik nos habla también del poderoso papel de la mujer en la vida de sus hombres, condicionados en todo momento por esa especie de mano protectora femenina. Los negocios —en este caso, las drogas— son llevados por hombres, pero el orden de las cosas, el mantenimiento moral y emocional de la situación se debe a las mujeres. El filme está lleno de personajes femeninos fascinantes, tan protectores de su mundo, como peligrosos para todo aquel que intente perturbarlo, aún  viniendo de su propio seno.

La puesta en escena magnífica, consiguiendo una atmósfera gélida que  cala los huesos, a lo que ayuda, la hermosa fotografía de Dickon Hinchliffe en tonos apagados y abundantes en grises. Sumado a esto, está la evocadora banda sonora, que resalta el carácter natural y espontáneo de las circunstancias descriptas y hacen del relato algo sólido. Gran parte de la calidad de la obra reside en su sobresaliente labor actoral, encabezada por la que lleva el mayor peso, Jennifer Lawrence una actriz de poderoso carisma que emite sensaciones, dureza, ternura, inseguridad, miedo, amor, cariño, orgullo y sobre todo una determinación a prueba de balas. Traspasa la pantalla con su sobriedad y nulo histrionismo que la hace tan cercana. El otro que es destacable es John Hawkes dando vida al tío de Ree, Teardrop, efectúa un rol excelente, borda un personaje ambiguo que no terminas de saber nunca a que juega, pero lo que transmite es dignidad, es un tipo curtido, Hawkes ostenta una mirada penetrante que maneja de modo prodigioso. Los actores bien parecieran ser las personas comunes y corrientes que interpretan en sus respectivos  roles.

Granik no filma como si quisiera demostrar en cada secuencia que es un genio del cine, pero con su precisión narrativa, su dirección de actores, su mirada libre y durísima, es una de las realizadoras a tener en cuenta para el futuro, sin ninguna duda. En definitiva, una película honesta, que tiene sus raíces en la personalidad de su directora: 
“Estoy fascinada por la vida de otras personas, especialmente cuando sus circunstancias difieren mucho de la mía . Todavía me gusta utilizar actores no profesionales haciendo lo que hacen en la vida ordinaria cada vez que puedo en mis películas”.

En “Lazos de Sangre” hay cine, y cine del grande.

2010: Sundance: Gran Premio del Jurado.

DEBRA GRANIK

Nació en 1963, en Cambridge, Massachusetts (USA). Creció en los suburbios de Washington D.C. y se graduó en ciencias políticas. Estudió dirección cinematográfica en la Universidad de New York, y allí mismo realizó un postgrado en escritura y guión para cine.
En  el año 2004 realizó su primer largometraje “Down to the Bone”, un cuento sobre la adición a las drogas, que le valió varios reconocimientos en su país. “Lazos de Sangre”, su segundo largometraje, realizado en el año 2010, obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance, además de varias nominaciones a los premios Oscar de ese año. En esta película nos introduce en la historia de una adolescente que debe  asumir el cuidado de su madre enferma y de sus dos hermanos menores, ante la ausencia del padre.

PERDIDOS EN TOKIO

Por: Mario Arango Escobar.

PERDIDOS EN TOKIO (2003). GÉNERO: DRAMA-COMEDIA. DURACIÓN: 105’.

Dirección y guión:  Sofia Coppola. Intérpretes: Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris, Fumihiro Hayashi, Akiko Takeshita, Catherine Lambert, Akiko Monou. Título original: Lost in Translation. País: Estados Unidos, Japón. Fotografía: Lance Acord. Música: Brian Reitzell & Kevin Shields.

Sinopsis: Bob Harris, un actor norteamericano en decadencia, acepta una oferta para hacer un anuncio de whisky japonés en Tokio. Está atravesando una aguda crisis y pasa gran parte del tiempo libre en el bar del hotel. Precisamente allí, conoce a Charlotte, una joven casada con un fotógrafo que ha ido a Tokio a hacer un reportaje; pero mientras él trabaja, su mujer se aburre mortalmente. Además del aturdimiento que les producen las imágenes y los sonidos de la inmensa ciudad, Bob y Charlotte comparten también el vacío de sus vidas. Poco a poco se hacen amigos y, a medida que exploran la ciudad, empiezan a preguntarse si su amistad podría transformarse en algo más.

La película se basa en un guión a cargo de Sofia Coppola construido con extraordinaria habilidad y con el uso reiterado de una ironía sutil, expresada en imágenes nuevas, dicha sin estridencias y expresada con recursos tan diversos como sorprendentes.

Desde el principio, fascina la mirada cínica de Murray ante ese mundo desconocido y desorbitado, arquetipo de habitante de la metrópoli  curado de espanto. Poco después, él y Scarlett Johansson se encuentran. Tenía que pasar. Ella comienza la senda del desencanto, mientras que él ya la ha recorrido en más de una ocasión. Ella todavía cree en el amor, él asume la infidelidad como un accidente en una noche con demasiadas lagunas. Ella quiere escuchar que todavía hay esperanza. Él sabe que no, pero echa mano de mentiras piadosas. Ella comienza a sospechar que no eligió al hombre adecuado. Él sabe que la elección es indiferente, que pasado un tiempo, nada colma. Desean amar tanto como los abandonados protagonistas de “Deseando amar” (In the mood for love) la emocionante película de Won Kar Wai; quieren pensar que han encontrado un alma gemela. Añoran. Sufren. Desprecian. Ignoran. Se conocen desde hace tiempo y nunca se han saludado. Unas horas después duermen juntos, pero nada hay que reprocharse a la mañana siguiente. Tanto Bob como Charlotte son dos personas a las que no les pasan cosas extraordinarias, simplemente son dos islas perdidas. No sólo se encuentran perdidos en una cultura que no comprenden o en un idioma que no entienden, si no que están perdidos en la vida.

La fotografía es deslumbrante y abundan los planos de la ciudad (las luces de neón, los carteles publicitarios, los imponentes edificios, las multitudes, los transportes…) el inmenso mar urbano de Tokio, que llega a convertirse en otro personaje más de la película. Las hermosas escenas parecen casuales, pero en realidad encierran significados espirituales, vinculados a la visión subjetiva de los personajes. Esos planos de Charlotte sentada en el alféizar de la ventana, mientras ella observa melancólicamente la abrumadora ciudad que se extiende ante sus ojos, encierran una rara belleza; así como la mirada algo hastiada de Bob, que contempla el paisaje con recelo… La fotografía es increíblemente expresiva y posee una elocuencia que va de lo sosegado a lo vibrante, comunicando mensajes mucho más hondos de lo que lo hacen los propios diálogos. Las conversaciones, sencillas e intrascendentes, como podría ser cualquier conversación corriente, con sus rasgos de humor, de ridiculez, de sinceridad, de falsedad, de diversión y de tristeza; los personajes con los que se cruzan los protagonistas, a menudo chocantes y llamativos en su variedad…

El mayor acierto de Sofia Coppola es no definir esa conexión sólo en positivo, detallando su contenido, sino definirla también por claro contraste con la incomunicación por todas partes imperante como rasgo característico de la sociedad contemporánea, un mundo tan superpoblado y complejo que los mensajes se pierden inexorablemente en la traducción entre idiomas, entre códigos, entre mentalidades. De esto va mostrando el filme numerosos ejemplos, empezando por el cómico rodaje del spot de un whisky, las largas parrafadas que la intérprete traduce a una sola frase. O las conversaciones telefónicas con la familia, diálogos de sordos (uno dice te quiero, el otro ya ha colgado)… En bragas rosa por la habitación, ella escucha un audiolibro sobre el sentido de la vida. Él juega al golf a solas. Ella callejea entre la muchedumbre extraña, visita templos que nada le dicen. En las ruedas de prensa todo es parloteo, tontería, expresión insuficiente y comunicación superficial.

Pesimismo controlado, contención, mesura y profundidad de sentimientos para contar una historia de personajes que muchas veces necesitan pocas palabras para transmitir lo que llevan dentro, que se bastan con las miradas, con un gesto, con una sonrisa desde lo lejos, algo a lo que ayuda una espléndida banda sonora –elemento que cobra protagonismo desde el inicio– y que en conjunción con la fotografía logran ese equilibrio entre tradición y modernidad que está en el alma del mismo Tokio.

Resulta paradójico que en una película en la que se habla tan poco, todo tenga tanto que decir. Ese es el reto que se marca la directora: lograr que todos los objetos hablen, desde el más pequeño (el vaso de güisqui relleno de té) al más grande (el propio escenario de la ciudad). Sofía persigue la intensidad de ese significado en cada escena como si de ella dependiera el éxito de la historia. Con tan pocos recursos, la directora sólo tiene la salida de cargar cada elemento de sentido y construir dos personajes que son capaces de moverse sin artificios. Sofia logra ambas cosas con una naturalidad que convierte toda la película en una lección de cómo contar una historia con un par de personajes en un entorno “hostil”. No es que necesite pocos elementos, es que quita aquellos que no añaden nada a la historia para que pueda mantenerse ese tono particular. 

El resultado es que Sofia Coppola ha dado grandes muestras de exquisitez y de sentido artístico. En un tiempo en el que el cine parece depender como nunca del diálogo como medio de expresión, ella busca constantemente la imagen, el silencio y las miradas cómplices para recrear una de las historias de amistad, amor y ternura más hermosas de los últimos tiempos. Cada segundo de esta maravilla es necesario, no sobra absolutamente nada. El guión es absolutamente perfecto, al igual que el ritmo y los personajes.

Bill Murray que da toda una lección de interpretación gestual sin caer en lo histriónico, con un personaje contenido y expresivo a la vez, cómico y patético. Y, por su parte, Scarlett Johansson se consagra con su actuación, asumiendo un papel dotado de una madurez memorable. Los dos ofrecen, bajo la dirección de Coppola una exhibición prodigiosa de equilibrio y naturalidad, de hipnótica, sensible y excepcional calidad interpretativa en una relación totalmente desprovista de sexo, pero marcada por una atracción irrefrenable, de sólida amistad basada en la comprensión y el entendimiento, en la complementación espiritual.

Con dominio propio de una mente creadora madura, la joven Coppola sabe combinar melancolía sutil y tenue humorismo para lograr esta, que considero su obra maestra. Sofia Coppola, realiza un retrato muy lúcido sobre la soledad y la incomunicación en la actualidad. “Lost in Translation” siempre perdurará en la memoria por un final apoteósico, de una enorme belleza, con ese susurro inaudible; en una de las escenas más tiernas, llena de emoción y sobretodo con más sutileza que he visto en mucho tiempo en el cine.

Premios:                                                                                                                              1 Oscar: mejor guión original.
4 nominaciones Globos de Oro: mejor película comedia, actor, guión.
5 nominaciones Cesar: mejor película extranjera.
Nominada al David de Donatello: mejor película extranjera.
Círculo de críticos de Nueva York: mejor actor (Bill Murray), director (Sofia Coppola).

SOFIA COPPOLA

Nació en 1971, en New York (USA). Es hija del director y productor Francis Ford Coppola.
En 1989 escribió su primer guión, colaborando con su padre en el texto de un segmento de la película “Historias de Nueva York” el segmento “La vida sin Zoe” (New York Stories: Life without Zoe).

Su primera experiencia detrás de la cámara fue con el corto “Lick the star” (1998). Una mirada a  la adolescencia protagonizada por cuatro colegialas obsesionadas con las novelas de V.C. Andrews. Posteriormente, llegaría su reconocimiento a nivel mundial con la película “Las vírgenes suicidas” (The Virgen Suicides, 1999) una agridulce fabulación sobre el destino de un grupo de hermanas, que reveló su destacado talento para la creación atmosférica y la indagación psicológica.

En el año 2003, realiza “Perdidos en Tokio” (Lost in Translation) drama sobre el desarraigo y la soledad. Con esta película ganó el premio Oscar al mejor guión original (además de obtener otras tres nominaciones, entre ellas la de mejor película) y tres premios Globos de Oro. Su siguiente película sería “María Antonieta” (Marie Antoinette, 2006), adaptación de la biografía de la última reina de Francia escrita por la historiadora británica Antonia Fraser. “En algún lugar del corazón” (Somewhere, 2010), su último trabajo hasta la fecha, se centra en el drama existencial de un joven actor de Hollywood que, al tener que cuidar a su hija pre-adolescente por unos días, profundiza su crisis. Con esta película, obtuvo el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia.

EXÓTICA

Por: Mario Arango Escobar.

EXÓTICA (1994). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 103’.

Dirección y guión: Atom Egoyan. Intérpretes: Mia Kirshner, Bruce Greenwood, Elias Koteas, Arsinée Khanjian, Don McKellar, Victor Garber, David Hemblen, Sarah Polley. Título original: Exotica. País: Canadá. Fotografía: Paul Sarossy. Música: Mychael Danna.

Sinopsis: Un solitario inspector de hacienda acude cada noche al club de striptease Exótica, en las afueras de Toronto, para ver bailar a Christina, una sensual joven que se desnuda para el público masculino ante la mirada de su ex-novio, el disc-jockey del local.

Egoyan no pretende engañar a nadie; le basta con seducirnos, desplegando sus dotes de encantador de serpientes. Eric, el ‘speaker’ del ‘Exótica’ viene a ser su ‘alter ego’. Ese alguien que nos incita y nos excita musitándonos al oído una morbosa letanía. El escenario, a su vez, constituye un elemento clave en toda esta historia. El ‘Exótica’ es un santuario laico en el que se desnudan cuerpos y almas. Con su oficiante, su liturgia, sus sacerdotisas y sus feligreses.

Para comprender una película tan compleja como ésta, el director nos da la clave en la primera secuencia. Esta se produce en la aduana de un aeropuerto. Allí, tras entrar un personaje que luego reconoceremos como uno de los protagonistas, un aduanero experto le dice a otro más joven: no te fijes en el aspecto ni en lo que hacen, mírales a los ojos y allí verás lo que las personas ocultan. Y es que a lo largo de la película se corre el peligro de ver sólo el aspecto exterior, la fachada de los personajes, pero la película entra hasta el fondo de ellos. El hecho de que se desarrolle en un club de striptease y en numerosas ocasiones nuestra mirada de voyeur se llene de sensualidad, podría impedir fijarnos en lo que realmente importa. Como tal, nos hará sentir la fuerza expresiva de Egoyan.

El argumento no se puede contar en sentido lineal, ya que nosotros llegamos en algún momento indeterminado y vamos dando saltos entre las vivencias de los distintos personajes que aparentemente no tienen nada que ver unas con otras, mezclando el presente o recuerdos del pasado cuando los protagonistas los evocan, y sólo ya bien avanzada la película, descubrimos que esas historias aparentemente inconexas han confluido en algún punto del pasado, aunque algunos personajes lo ignoran, y volverán a entrelazarse en el futuro al final de la cinta. Uno no puede dejar de sentir un escalofrío al descubrir de donde viene la relación entre la bailarina Christina y el maduro y solitario inspector de hacienda Francis, que se descubre en la última secuencia de la cinta.

El espectador encuentra que los cuatro personajes tienen sus propios intereses. Zoe tendrá un hijo con Eric, por medio de un contrato que excluye las emociones; Eric acosa a Cristina, aún en sus presentaciones, mostrando a los asistentes cuales son las verdaderas motivaciones que los hacen desear a las colegialas, que en el fondo son semejantes a las que él mismo tiene; Francis está obsesionado con Cristina en su papel de colegiala, pero no por cuestiones sexuales directas; Cristina no sólo acepta la presencia de Francis sino que la espera, y le demuestra una especie de torcido amor platónico, que está por encima de su bisexualidad con Eric y la misma Zoe.

La explosión que modifica este esquema de relaciones es la prohibición de tocar que existe en el “Exótica”. De hecho, en la película, las mujeres tocan a los hombres (Cristina a Francis, a Eric y a Thomas), los hombres a los hombres (Thomas y el aduanero), las mujeres a las mujeres (Zoe a Cristina), pero el único tocamiento prohibido es que los hombres toquen a las mujeres (Thomas y Francis a Cristina).
Es precisamente esta prohibición la que usa Eric para poder expulsar a Francis del cabaret. En el baño lo tienta e insinúa que Cristina “desea ese tocamiento”. De la forma más torpe, totalmente mecánica, Francis toca a Cristina. Los celos de Eric y su soledad por la pérdida de Cristina tienen un objeto en donde enfocarse: expulsa violentamente a Francis de “Exótica”.

En este punto, la fantasía en la que vive Francis se desmorona. Había creado una mecánica que le permitía vivir luego de sufrir varios golpes emocionales. Pierde en Cristina la imagen de la hija asaltada sexualmente y asesinada a la que desea fervientemente proteger; la sobrina que finge ser niñera se resiste a seguir en el juego.

 Ese juego de sobrina – niñera y las conversaciones – preguntas en el coche permitía a Francis reproducir de alguna forma su humanidad innata, su deseo de ayudar a los demás y conservar una parte del porque seguir viviendo. Estas conversaciones en el coche sólo adquieren su dimensión significativa total con la última escena de la cinta.

 Egoyan empieza a administrar las piezas del rompecabezas con más flashbacks. De ellos se desprende que Eric y Cristina se conocen de antemano en la búsqueda de la hija de Francis, y en ese momento Eric declara su deseo amoroso por Cristina.

 Algo más ya entiende el espectador, para preguntarse porque Cristina acepta la presencia de Francis en “Exótica”. Es más, de hecho, usando la prohibición de tocarla, Cristina toma la iniciativa y SI TOCA a Francis; su lenguaje corporal sólo puede explicarse porque Cristina siente por él un amor primigenio, platónico, de desesperada inocencia y en ese momento incomprensible. De hecho, en una toma alejada, Egoyan nos muestra como Cristina besa a Francis en la única muestra de amor que él recibe en toda la película. También, de hecho, es el único beso que Cristina ofrece a un personaje.

En esa forma, Cristina demuestra para Francis el único amor que siente, lo ama más allá del deseo, pero en ese momento su origen es inexplicable para el espectador.

 Eric es el personaje más solitario, enamorado de Cristina la pierde irremediablemente por su posesividad, y lo explica en su monólogo en la pista vacía. De nuevo se pregunta porque una adolescente, una colegiala es tan atractiva, y se responde a sí mismo: “porque tiene toda la vida por delante, cuando tú ya has gastado la mitad de la tuya…”. A pesar de todo, Eric obtiene una respuesta humana cuando Francis, en lugar de matarlo, lo abraza al comprender que Eric descubrió el cadáver de su hija. En ese sentido, el abrazo funde a los dos personajes masculinos, son dos caras de la misma moneda porque ambos buscan el amor como razón para continuar su existencia con un cierto asomo de sentido y respeto por sí mismos.

Francis busca la ayuda de Thomas porque quiere reconstruir su fantasía y saber la verdad.

 La conversación de Thomas y Cristina arroja luz sobre los sentimientos de ella hacia Francis y algunas de sus razones: su hija fue asesinada y él fue implicado al principio, luego agarraron al verdadero culpable. El hecho lo afectó mucho. 
Tenían una relación especial que él violó (al tocarla). Siempre tuvieron ese entendimiento, “lo necesito para ciertas cosas y él me necesitaba para ciertas cosas. Violó lo que supuestamente hacía por mí y yo hacía cosas por él”. El llanto de Cristina rompe la conversación.

 La trampa de Eric se reproduce con Thomas, que toca a Cristina, pero ella tiene el control y sólo le retira la mano ante la mirada de Zoe. Pero este tocamiento se narra paralelamente con el descubrimiento del cadáver de la hija de Francis que hacen Eric y Cristina.

 Se sabe el porqué de la relación de Eric y Cristina, y porque Francis busca en la muchacha a la hija perdida, a pesar del adulterio de su mujer con su propio hermano.

 Pero la pieza clave es la escena final: allí se devela que Cristina era la niñera que contrataba Francis, y en la conversación en el coche entre ambos, que infructuosamente trataba de reproducir Francis con su sobrina, se entiende el porqué del amor de Cristina a Francis.

 Esta última conversación muestra a un Francis normal y sin dolor, que por humanidad y bondad ayuda a Cristina en su dolorosa soledad de adolescente, cuando era rechazada por sus padres y se sentía (y veía) como un patito feo.

“Exótica” es una película, que juega con el poder visual de las imágenes y con el erotismo de varias escenas. Egoyan es un gran observador; sus personajes se miran fijamente, a veces a través de un cristal sin que alguno de ellos lo sepa que le están vigilando; o hasta se miran ellos mismos en un espejo, como queriendo ver más allá de su mente. La tensión es palpable por momentos y el juego del rompecabezas tiene un papel fundamental en la historia. El manejo de los tiempos y el uso adecuado del flashback permite que una historia melodramática sencilla ahonde en la psicología de los personajes y enseñe la complejidad de los mismos. Si la trama se hubiera narrado cronológicamente se hubiera perdido mucho de su impacto y profundidad.

El director acierta a la hora de introducir, poco a poco, información que aporte detalles de la vida de estos personajes, porque, de esta manera, se irán atando cabos y, mientras, el espectador también degustará la forma de dirigir de Egoyan, con movimientos sigilosos de cámara, a veces con zooms lentos, sin haber casi nunca un plano fijo. Además, la sutil banda sonora y la muy cuidada fotografía, en la que destaca el contraste entre los colores fríos y cálidos, serán muy efectivas para la recreación de la historia. Técnicamente Egoyan utiliza la imagen congelada para dejarnos ver a la hija del protagonista. Este efecto que puede llegarnos a resultar obsesivo, demasiado repetitivo, lo usa para jugar con lo real y lo imaginario, con la vida y la muerte, para evocar el espíritu de su hija y para que éste nunca desaparezca.

Punto aparte merece la actuación de Mia Kirshner en el papel de Cristina. Kirshner le da profundidad al personaje en sus cuatro etapas: la adolescente, la mujer que despunta a su primera relación, la bailarina vestida de adolescente y la mujer cuya única salida emocional real es participar de la fantasía distorsionada de su primer amor adolescente. Toda la gama está perfectamente actuada por esta actriz, y no sólo se trata del uso o ausencia del maquillaje sino de todo un lenguaje corporal adecuado, de asumir las facetas y matices de un personaje contradictorio y darle el cuerpo y la intensidad requeridas. Mia Kirshner es el eje sobre el que “Exótica” está construida.

La fotografía es de Paul Sarossy, que nos introduce en un mundo onírico de colores cálidos y poderosos, haciendo del local que da nombre a la película un auténtico paraíso para nuestros sentidos, que nos atrapa desde la secuencia de los títulos de crédito, con un traveling lateral sobre la decoración del local. Siempre, magistralmente, apoyado en la música suave y envolvente de Mychael Danna, que alterna una partitura de registros suaves e hipnóticos imposibles de olvidar, que nos quedarán asociados indudablemente a la película, con algún corte electrónico como los que suenan en la ambientación del local. Ambos dan a la cinta un aspecto audio-visual sensual, irreal y estilizado, de una belleza fascinante que contrasta con la historia colaborando en el desasosiego del espectador, y que en muchos momentos hace de duro contraste con las historias de los personajes, cuyo dramático recorrido vital se nos va descubriendo lentamente bajo ese velo de perfección.

Con “Exótica” Egoyan nos ofrece una lección del mejor cine, pero a la vez nos plantea una reflexión sobre la soledad, la tragedia, la tristeza, la supervivencia, la pasión y el perdón.
1994: Cannes: Premio de la Crítica Internacional.
1994: Seminci – Festival de Valladolid: Espiga de Plata.

EN EL VALLE DE ELAH

Por: Mario Arango Escobar.

EN EL VALLE DE ELAH (2007). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN 120’.

Dirección y guión: Paul Haggis. Intérpretes: Tommy Lee Jones, Charlize Theron, Susan Sarandon, Jason Patric, James Franco, Josh Brolin, Wes Chatham, Rick Gonzalez, Jonathan Tucker, Jake McLaughlin, Victor Wolf, Barry Corbin, Brent Briscoe, Mehcad Brooks, Wayne Duvall, Frances Fisher. Título original: In the Valley of Elah. País: Estados Unidos. Fotografía: Roger Deakins. Música: Mark Isham.

Sinopsis: Hank Deerfield (Tommy Lee Jones), un veterano de guerra americano, debe investigar la desaparición de su hijo Mike, soldado destinado en Irak que inexplicablemente se ha ausentado de su base sin permiso. Con la ayuda de la detective Sanders (Charlize Theron) y de su mujer Joan (Susan Sarandon), irá reviviendo las experiencias del muchacho en Irak. Lo que descubre le hará incluso cuestionarse su propia carrera militar.

El título hace referencia al valle, donde, según las escrituras, David se enfrentó a Goliat. La película se centra en la odisea titánica de un veterano de guerra decidido a investigar las circunstancias de la desaparición de su hijo nada más llegar de Iraq, entre la indiferencia de la policía y los obstáculos del ejército. Sólo una detective, movida por su instinto materno, parece estar dispuesta a ayudarle en la búsqueda de una verdad que resultará dolorosa, pero también esclarecedora sobre el mundo actual. Y esto porque la indagación que emprende Hank servirá no sólo para averiguar lo sucedido al desaparecido, sino para descubrir la verdadera identidad de un hijo, de un ejército, de un país desconocido para él, transformados por la violencia y la crudeza de una guerra que en nada se parece a la que él vivió.

Es la mirada de un patriota que tiene que aprender a pedir disculpas y a reconocer que un virus de miedo y desconfianza se ha incubado en el país, que en el ejército se ha perdido la lealtad y nobleza de antaño, que retoma la bandera antigua para izarla con orgullo pero también con el dolor de la pérdida (del hijo y del espíritu de entonces). Al hombre de fuertes convicciones se le ha caído la venda de los ojos y ha visto la degradación de un buen muchacho que llega a pedirle que le saque de aquel infierno, ha asistido a la transformación de la antigua camaradería entre soldados en una huída del horror bajo la anestesia de la droga, la prostitución o la muerte, y también ha presenciado cómo la mentira intenta en vano mantener una imagen de integridad pero carcomida en su interior.

Es el análisis que Haggis hace de la sociedad norteamericana, enferma en sus paranoias. Para ello se sirve de multitud de detalles simbólicos o de comentarios personales que son elevados a la categoría social, como la bandera, los recelos y desconfianzas entre los padres del desaparecido Mike, el racismo y machismo latentes en el ámbito laboral, o la fragmentación familiar que se vislumbra como otro fracaso social. Pero ninguno como el de ese niño al que le da miedo la oscuridad de la noche, que escucha por primera vez la historia de David y Goliat, y que acaba pidiendo a su madre que le compre una honda para defenderse de sus temores: es la imagen de la inocencia perturbada.

Un guión perfecto y una historia muy necesaria, bien contada, que llega al corazón pero sin un ápice de melodrama. Sincera, austera, emocionante y brillante. El prestigio de Haggis como guionista queda refrendado aquí con un relato de calculada dosificación narrativa y un perfecto dominio del tiempo fílmico, donde todo tiene su explicación y no da puntada sin hilo. El director y guionista ha optado por darnos la información al mismo tiempo que al protagonista, es difícil anticipar lo que va a suceder porque nosotros también estamos perdidos como lo están los policías. Una información fraccionada con la simple misión de mostrarnos la caída en picado de unos soldados, de como la guerra quita lo que de persona tienen esos muchachos de uniforme. La confusión y segmentación de la realidad mostrada, su uso partidista y manipulador quedan en evidencia al introducir imágenes digitales de móviles o internet, estropeadas, incompletas o distorsionadas por problemas informáticos —como la realidad transmitida a diario por los medios de comunicación—, pero que se van incorporando a la historia en varias entregas hasta esclarecer una verdad incómoda pero necesaria.

Y todos los datos y el transcurrir del viaje, fluye como la vida misma. Como esa bandera americana, icono sobre el que se construye la historia, colgada al revés al principio de la película, que es una llamada de auxilio, metáfora de la búsqueda del hijo desaparecido, del hijo ahogado y perdido en la guerra, de la separación de un matrimonio por el dolor de los hijos muertos.

El director plantea su visión de Irak desde donde más duele. Desde dentro. Desde dos puntos de vista, el que se ve, ese ejército americano antiguo representado en Tommy Lee Jones, que cree en la defensa de los viejos valores que han hecho grande a su ejército, y la que no se ve y vamos aprendiendo durante su viaje, la del hijo recién llegado de Irak, que no soporta lo que ha visto y no comprende qué hace allí, buscando una salida a su conflicto interior.

El filme se camufla bajo la apariencia de un thriller policíaco para mostrarnos como el patriotismo de un hombre creyente en “su” América se estrella ante una realidad que le supera. Este ya no es su país ni su ejército, sino que se ha convertido en una máquina que está devorando a toda una generación de jóvenes, convirtiéndolos en seres  sin contacto con la realidad, en muñecos que, pieza a pieza, están perdiendo su humanidad y que son capaces de matar y torturar como lo harían en cualquier videojuego; como si fueran niños que, siempre sonrientes, pudieran aplastar insectos sin ningún cargo de conciencia.

Haggis se desenvuelve muy bien con el guión y la narración; su ritmo va en constante aumento manteniendo la expectativa ante las imágenes mezcla de trágicas con desgarradoras para culminar en un final, que a mi parecer, es extraordinario. La crítica hacía instituciones y la sociedad americana en general es evidente, pocas películas reflejan con tanto acierto la situación actual de nuestro mundo, asolado por una guerra donde las víctimas no son solamente las de los campos de batalla. 

Con una estética deudora del último cine de Clint Eastwood, la película no renuncia nunca a ofrecer imágenes y situaciones devastadoras, aunque siempre de forma sobria y huyendo del espectáculo fácil. Todo ello sustentado en unas soberbias interpretaciones, en las que se destacan la de Tommy Lee Jones, que dota a su personaje de toda la fuerza dramática y entereza necesarias para que el espectador se convenza de la honestidad de ese padre bueno, noble y patriota, pero también ciego y engañado. Lee Jones sostiene toda la historia con una mirada profunda, grave y con una decidida y firme voluntad. A su lado encontramos a Charlize Theron que  logra una interpretación llena de contención y mesura, bien matizada entre su imagen de policía dura, que debe resistir al acoso laboral y su registro más maternal.

“En el valle de Elah”  es una película de gran calado social con denuncia incluida, una denuncia dirigida al ejército americano, pero también hacia la administración, que no hace nada para ayudar a los soldados en su reinserción. Una administración que le da la espalda a las familias huérfanas, son olvidadas, arrinconadas o en el peor de los casos ignoradas por una sociedad ciega que sigue al compás que la administración les marca, mucho homenaje, mucho héroe de guerra, pero poca gente es la que se interesa de verdad por ellos.

PAUL HAGGIS

Nació en 1953, en Ontario (Canadá). Empezó su carrera dirigiendo series para la televisión de su país. Después de ver “Blow-up”, de Michelangelo Antonioni, se trasladó a Inglaterra con el propósito de iniciarse en el campo de la fotografía de moda. Posteriormente, regresa a Canadá, donde decide estudiar dirección cinematográfica. En 1975, se traslada a Los Ángeles, para iniciar su carrera como guionista en series de televisión. En el año 2000, logró el reconocimiento en la industria del cine con su trabajo como guionista para la película “Million Dollar Baby”.

En el 2004, escribe y dirige su deslumbrante ópera prima: “Crash”, en la cual, a través de varios accidentes de tránsito y las personas que aparecen implicadas, conocemos la caótica vida de las grandes ciudades, en este caso de Los Ángeles. En el 2007, realiza su segunda película “En el vale de Elah”, una ácida crítica sobre la guerra de Irak.