LADRÓN DE BICICLETAS

Por: Mario Arango Escobar.

LADRÓN DE BICICLETAS (1948). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 88’.

Dirección: Vittorio De Sica. Guión: Cesare Zavattini, Suso Cecchi d’Amico & Otros (Novela: Luigi Bartolini). Intérpretes: Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola, Lianella Carell, Gino Saltamerenda, Giulio Chiari, Vittorio Antonucci. Título original: Ladri di biciclette. País: Italia. Fotografía: Carlo Montuori. Música: Alessandro Cicognini.

Sinopsis: En la Roma de la posguerra, un obrero en paro consigue un sencillo trabajo pegando carteles a condición de que posea una bicicleta. Obra maestra del neorrealismo italiano, y la más conocida de la famosa trilogía de De Sica -junto a “Umberto D.” y “Milagro en Milán”-, fue una película clave de la posguerra que influyó notablemente en muchos directores europeos.

“Ladrón de bicicletas” supuso el lanzamiento al estrellato de su apenas conocido director, Vittorio De Sica y, más importante aún, la definitiva consagración del neorrealismo italiano en el contexto cinematográfico internacional. Está basado en la novela “Ladri di biciclette” (1946) de Luigi Bartolini. Se rueda en escenarios reales de Roma entre mayo y junio de 1948.

La historia es sencilla, simple, casi minimalista, pero directa, conmovedora e intensa. Los intérpretes son actores no profesionales, que aportan verismo y naturalidad. Los personajes son seres corrientes, normales, del montón. No se emplean decorados artificiales: se rueda lo que hay según se ve, sin artificios, ni adornos. El guión elabora unos diálogos que reflejan el modo de hablar de las personas sencillas. Desarrolla una progresión dramática creíble y convincente, que se focaliza en la desesperación individual. La autenticidad y el realismo que animan al filme son posiblemente las causas por las que éste conserva su frescura y su fuerza.

La narración, por otra parte, es perfectamente clásica. Su estructura es cíclica: el protagonista sale de la multitud anónima en la primera secuencia y vuelve a ella en el final.

La música, de Alessandro Cicognini compone una partitura melancólica, de cuerda y viento, con melodía a cargo del clarinete. Añade una alegre canción popular con guitarra y mandolina. La fotografía, de Carlo Montuori, en blanco y negro, elabora imágenes rigurosas, realistas y de admirable sencillez clásica. Hace uso frecuente de perspectivas panorámicas y encuadres generales.

Respecto al realismo en la realización, algo muy normal en el neorrealismo, cabe destacar que De Sica no dejó nada en el tintero, ni mucho menos para la improvisación. En el guión se detallaban todos los pequeños detalles de interpretación que dotaron a la película de un realismo magistral. André Bazin, teórico cinematográfico dijo: “Es tan realista que carece de puesta en escena”, algo totalmente incierto, ya que De Sica detalló cada uno de los planos (coreografias, movimientos de cámara, extras, etcétera) de antemano.
La película, en efecto, fue canonizada desde su estreno como una obra maestra del Neorrealismo, y así quedó catalogada en todos los manuales de historia del cine. Pero la cinta -que es, indudablemente, una obra magistral- dista mucho de ser un ejemplo de ese “cine nuevo, hecho de argumentos casuales, creados sobre la marcha, filmada en la calle con actores improvisados”, como se autodefinía el neorrealismo italiano. Porque, en esta historia de un obrero infeliz a la búsqueda de su bicicleta robada, no hay nada de improvisado.

Además, el rodaje fue sumamente elaborado: en determinadas secuencias filmadas en pleno centro de Roma (como la persecución del ladrón en el túnel de Via Ferrara) fue preciso cortar el tráfico para instalar focos o para mover a un ingente número de extras.
Y es que realmente está hecha con todos los medios necesarios, por mucho que se trate de una modesta producción independiente.

Se sabe que la selección de intérpretes fue un punto clave para el éxito de la película. Antes de iniciar el casting, una compañía americana que leyó el guión final había ofrecido gran parte del presupuesto a condición de que De Sica contara con Cary Grant para el papel protagonista. Pero el director, que sabía muy bien el look que la cinta precisaba, rechazó esa oferta y se lanzó a las calles de Roma a la búsqueda de sus intérpretes. La periodista Lianella Carell, que se acercó a pedirle una entrevista, fue probada en el papel de María y dio una imagen perfecta. Entre cientos de obreros reales, De Sica se fijó en Lamberto Maggiorani, un parado de la construcción que se había acercado a las cámaras para curiosear durante el rodaje. Y, entre un número aún mayor de niños, el director encontró por fin a Enzo Staiola, un muchacho callejero de siete años, cuya “cara redonda, nariz cómica y ojos vivísimos”, llamaron la atención del cineasta en medio de una banda callejera de los alrededores. El neorrealismo de De Sica, como el de Rossellini, no se basa en el realismo en sí, sino en la maestría para crear la ilusión convincente de realidad.

A modo de documental se nos expone, imágenes, directas y sinceras, que dan cuenta de un país arruinado por la guerra, azotado por la miseria y paralizado por la incapacidad de las instituciones públicas. Son cuestiones que tienen carácter intemporal, de interés actual como el trabajo infantil, la escolarización no obligatoria, el desempleo, la insuficiencia de los servicios públicos, etc.

Finalmente, más que por su mensaje social, “Ladrón de bicicletas” perdura hoy como un documento insustituible de la Italia de postguerra; y, sobre todo, por su calculada estilización, por la metáfora escondida en el argumento, y por la magnífica historia entre el padre y el hijo (lo que uno y otro descubren de sí mismos en su afanosa búsqueda). Casi al final, Ricci sufre la última humillación al ser descubierto como ladrón y abofeteado delante de su hijo. Pero no es ésta la última palabra de la cinta: la mano que el hijo le tiende -inolvidable la mirada de Maggiorani- propicia la imagen más memorable del filme: el niño que le amaba como a un dios, le amará en adelante con sus miserias, simplemente porque se trata de su padre.

UMBERTO D.

Por: Mario Arango Escobar.

UMBERTO D. (1952). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 84’.

Dirección: Vittorio De Sica. Guión: Cesare Zavattini y Vittorio De Sica. Intérpretes: Carlo Battisti, Maria Pia Casilio, Lina Gennari, Memmo Carotenuto, Alberto Albani Barbieri. País: Italia. Fotografía: G. R. Aldo. Música: Alessandro Cicognini.

Sinopsis: Umberto Doménico Ferrari es un jubilado que intenta sobrevivir con su miserable pensión. Sumido en la pobreza, vive en una posada, cuya dueña lo maltrata, pero no consigue reunir el dinero necesario para pagar el alquiler de su habitación. Los únicos amigos que Umberto tiene en este mundo son una joven criada y sobre todo su perro Flike.

El filme comienza en las calles de Roma. Un grupo de personas, en su mayoría ancianos, realiza una protesta en reclamo de pensiones más justas.  La cámara se detiene en el rostro apesadumbrado de un hombre en el momento en que la muchedumbre choca con la policía y acaba por dispersarse entre los callejones. El hombre corre unos metros y se detiene, cansado, junto a otro manifestante, a quien le estrecha la mano y se presenta: “Umberto Domenico Ferrari”.

En “Umberto D”, De Sica nos plantea como una sociedad que se deshumaniza, deja de lado la problemática de sus ancianos. La desesperación de Umberto es también la que se puede vivir ahora, y su tristeza, desesperación, y depresión, la misma que muchos sufren, aunque hayan pasado más de cincuenta años desde que a través de esta película se denunció esa situación. De Sica, refleja la cotidianeidad de su personaje de una forma tan realista y directa, que nos estremece y nos duele. Umberto es tan entrañable y cercano, que nos es muy fácil compartir su triste vida, y se nos forma un nudo en la garganta, difícil de digerir, cuando sabemos que en realidad no tiene ninguna salida.

El director italiano se inspiró en la vida de su padre para escribir el guión. También fue un jubilado que tuvo que enfrentarse a los problemas económicos derivados de su minúscula pensión, por esto le hace un homenaje, dedicándole la película. Aunque la película llevaba el sello de calidad innegable, de un director como Vittorio De Sica, fue un fracaso de taquilla. Muchos creen que esto se debió a cierta renuencia por parte del público italiano a seguir consumiendo historias grises sobre la posguerra. Luego de ser alabado y premiado en todo el mundo por “Lustrabotas” y “Ladrón de Bicicletas”, el ícono del neorrealismo se sintió por primera vez inerme ante a las fuerzas del mercado, razón por la que entonces decidió retomar el sendero de la comedia y los dramas menos desgarradores.

De factura pobre en apariencia, acaba siendo vehículo para que de Sica, más allá de su vertiente como autor comprometido, nos demuestre su capacidad como narrador. No era sólo un director capaz de aleccionarnos y concienciarnos, sino también lograba emocionar y extraer una templada belleza del más profundo patetismo. Sin una sola declaración verbal, apoyándose solamente en los diversos episodios que contrastan a ese anciano con sus semejantes y con el mundo físico que le rodea, y extrayendo de cada uno el contraste sarcástico o dramático entre personaje y ambiente, Umberto D. se caracteriza por una extremada austeridad de exposición. Es una obra de rigor y austeridad, la última que habría de producir el neorrealismo antes de desviarse a una corriente de pintoresquismo y superficialidad.

Para destacar la secuencia en la que Umberto intenta mendigar frente al Panteón de la ciudad. Duele observarlo extender la mano y comprobar que no puede, que su orgullo es más fuerte.  Entonces instruye a su perro para que le sostenga el sombrero frente a los caminantes, y así recolectar monedas. Umberto se esconde detrás de una columna mientras el pequeño Flike hace equilibrio sobre sus patas traseras y mira desconcertado a su alrededor.

En el aparto técnico, merecen mención especial el cuidado trabajo de la iluminación que contribuye a dibujar el estado emocional de los personajes y la maravillosa fotografía en un rotundo blanco y negro, lleno de matices que le confiere al filme un sello de realidad y naturalismo.

Carlo Batisti, un actor natural como el resto del reparto, nos conmueve hasta las lágrimas con ese sentir que le sale del alma y que conserva una dignidad que se niega a ceder aún en los momentos de mayor desolación. La historia es profundamente sencilla, pero cada plano contiene una descripción de la soledad, la tristeza, la indiferencia y el abandono, ante lo cual es imposible permanecer indiferente.

Quizá más que en ninguno de los otros films de De Sica -con excepción quizá- de “Ladrón de bicicletas”, se nota aquí la entrañable mirada que el neorrealismo dirige a los desfavorecidos y, por ende, a todas las personas. La secuencia final, rodada con exquisita sutileza, pone los pelos de punta por su dureza, pero también por su definitivo optimismo.

VITTORIO DE SICA (19019-1974)

Nació en Sora (Italia) en 1901, hijo de un magistrado, su infancia transcurrió en Nápoles. Su familia se trasladó a Roma cuando Vittorio contaba con apenas diez años y allí se diplomó en contabilidad, aunque desde muy joven se sintió atraído por el mundo del espectáculo. En 1918, dio sus primeros pasos como actor en el film “El proceso Clémençeau” (Il proceso Clémençeau). En 1922, ingresó en el elenco teatral de Tatiana Pavlova y luego formó parte de otras compañías hasta consagrarse como actor hacia 1928. En 1931, había aparecido en el cine en calidad de actor, y a partir de ahí sus interpretaciones para el cine se harían muy frecuentes. El gran éxito de público sólo lo logró en 1932 como protagonista de “¡Que sinvergüenzas son los hombres!” (Gli uomini, che mascalzoni!) de Mario Camerini.

Su carrera de actor se consolidó con películas de valor desigual entre las que cabe recordar “Darò un milione” (1935), “Il signor Max” (1937) y “Grandes almacenes (I grandi magazzini)” (1939), dirigidas por Mario Camerini. En 1939, debutó como director con “Rosas escarlatas” (Rose escarlatta) adaptación de un texto teatral de gran éxito.

Tras rodar algunas comedias, cambió de género con “Los niños nos miran ” (I bambini ci guardano, 1943) historia de un niño que vive la historia de las desavenencias matrimoniales de sus padres. Con esta película De Sica  anunciaba la legendaria época del Neorrealismo y marca el inicio de la afortunada colaboración con Cesare Zavattini. Otras obras de esta etapa son “El limpiabotas” (‘Sciusià’ [Ragazzi] 1946) filme que narra la historia de un grupo de niños que durante la Segunda Guerra Mundial se ofrecen para trabajar como limpiabotas para los soldados estadounidenses y “Ladrón de bicicletas” (Ladri di biciclette, 1949) la historia de un obrero en paro que en la Roma de la postguerra, consigue un sencillo trabajo pegando carteles a condición de que posea una bicicleta. Dos obras que le valieron el Oscar dedicado a las películas de habla no inglesa y entraron a formar parte de la historia del cine mundial.

“Milagro en Milán” (Miracolo a Milano, 1951) que nos habla de Totó, un muchacho huérfano que vive en un mísero barrio a las afueras de Milán. Cuando en los terrenos donde vive se descubre petróleo, Totó,  decide enfrentarse al poderoso señor Mobbi, dueño del suelo.

“Umberto D.” (1952) el retrato rebosante de humanidad de un pobre jubilado, que se las ingenia para sobrevivir con su exigua pensión. A partir de esta época, De Sica se fue alejando del cine «de autor» para participar en proyectos menos ambiciosos y con una mayor carga comercial.

Se inicia la crisis del neorrealismo. La censura se molestaba cuando el cine hablaba de pobres o gente con problemas, la industria descubrió que la frivolidad era más vendible, y el público pidió comedias y melodramas. Se inventó el neorrealismo rosa (Renato Castellani) y De Sica se vio obligado a descender de sus niveles de exigencia para sobrevivir. De Sica, que procedía del teatro y que había hecho carrera en cine primeramente como galán de comedias románticas, se dio cuenta que debía intentar un nuevo tipo de filme. Pasó a dirigir un cine sin nada que destacar. A partir de “Estación Termini” (1953), obra sobre la infidelidad, en la cual una mujer americana decidirá si regresa con su marido o se queda con su amante italiano; De Sica entró en un período de decadencia en el que alternaría trabajos personales con obras de encargo y da inicio a una serie de películas más o menos cómicas,  cargadas de sensualidad. Es la llamada “comedia a la italiana” en la que brillaron como intérpretes Sofía Loren y Marcelo Mastroianni.

De este período destacan títulos como “Matrimonio a la italiana” (Matrimonio all’italiana, 1963) “Ayer, hoy y mañana” (Ieri, oggi, domani, 1964).

En la década de 1970, volvió el De Sica más personal, con películas como “El jardín de los Finzi Contini” (Il giardino dei Finzi-Contini, 1971) donde aborda la historia de una de las familias más influyentes de Roma; Los Finzi Contini: relata el largo y lento proceso de apreciación de una familia judía italiana de la entrada del fascismo al país. Otra película importante de este período es “El viaje” (Il viaggio, 1974). Una historia trágica de buenos sentimientos basada libremente en un cuento de Pirandello, con Richard Burton y su musa Sophia Loren.

Activo en el medio fílmico hasta el mismo año en que se produjo su muerte -1974- De Sica en sus últimos años se hizo notar como actor interpretando un numeroso conjunto de películas e imprimiéndole a sus papeles toda la fuerza y el dominio escénico de una personalidad formada a lo largo de una carrera que lo mantuvo activo tanto en teatro como en cine por cerca de 60 años.

 De las 25 cintas que dirigió, Los limpiabotas, Ladrón de bicicletas, Ayer, hoy y mañana y El jardín de los Finzi-Contini le merecieron el Oscar que la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas otorgada a la mejor película en lengua extranjera.

Falleció el 13 de noviembre de 1974 en Neuilly, Francia, tras una intervención quirúrgica.