EL GATOPARDO

Por: Mario Arango Escobar.

EL GATOPARDO (1963). GÉNERO: DRAMA-HISTÓRICO. DURACIÓN: 205’.

Dirección: Luchino Visconti. Guión: Suso Cecchi d’Amico, Pasquale Festa Campanile, Massimo Franciosa, Enrico Medioli, Luchino Visconti. Intérpretes: Burt Lancaster, Claudia Cardinale, Alain Delon, Paolo Stoppa, Rina Morelli, Romolo Valli, Terence Hill, Pierre Clémenti, Lucilla Morlacchi, Giuliano Gemma, Ida Galli, Ottavia Piccolo. Título original: Il gattopardo. País: Italia, Francia. Fotografía: Giuseppe Rotunno. Música: Nino Rota.

Sinopsis: Película basada en la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1958). Es la época del resurgimiento, la unificación de Italia en torno al Piamonte, cuyo artífice fue Cavour. La acción se desarrolla en Palermo y los protagonistas son Don Fabrizio, Príncipe de Salina, y su familia, cuya vida se ve alterada tras la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi (1860). Para alejarse de los disturbios, la familia se refugia en la casa de campo que posee en Donnafugata. Hasta el lugar se desplazan, además de la mujer del Príncipe y sus tres hijos, el joven Tancredi Falconeri, el sobrino predilecto de Don Fabrizio,  que está enlistado en el ejército garibaldino y se compromete con la hija de un ‘próspero’ alcalde garibaldino. A Tancredi, lo apoya Don Fabrizio, también en su ambición política dentro del nuevo estado.

“El Gatopardo” emerge como un inmenso fresco histórico de una belleza apabullante. Un fresco que está cubierto con el polvo de los siglos, su lienzo todavía muestra las risas y los llantos, los hermosos bailes y banquetes. Durante tres horas llenas de sutiles pinceladas, Visconti da vida al ocaso y renacimiento de la aristocracia siciliana del siglo XIX. Un claroscuro sublime, un retrato exhaustivo de los sentimientos de toda una clase focalizados en un personaje concreto, el príncipe Di Salina.

La acción dramática tiene lugar en Sicilia en la residencia familiar de Palermo y en la residencia de verano de los Salina en Donnafugatta, entre mayo de 1860 (desembarco de Garibaldi en Marsala) y septiembre de 1862 (tras la victoria en Aspromonte de las tropas realistas del coronel Pallavicino sobre las revolucionarias de Garibaldi).

Dirigida poco antes de la trilogía germánica “Muerte en Venecia”, “Ludwig” y “La caída de los dioses”, Visconti firma la que es seguramente su mejor película. Una de las películas esenciales del cine europeo de la década del ’60, que marca una ruptura en la carrera del cineasta y que conforma, al mismo tiempo, una de las obras históricas más importantes jamás rodadas. La Italia del Rissorgimento, la revolución garibaldina, la decadencia de los estados pontificios y la fundación del estado italiano moderno cobran vida ante nuestra vista gracias al talento operístico del director.

La película fue concebida para ver más allá de la aristocracia y de sus vestidos de época, las princesas radiantes, los príncipes apuestos, los fastuosos palacios; también para ir más allá de la política o de la lucha social. Quien sea capaz de ver que sobre todos los personajes y escenarios de ”El Gatopardo” se extiende una capa de polvo, estará cerca de entender el auténtico sentido del film: un mensaje tan sencillo como la decadencia, el paso del tiempo, la inevitable continuidad que subyace bajo los aparentes cambios…
El desenvolvimiento de la trama es lineal, sin giros bruscos del argumento ni situaciones dramáticas de gran relevancia; hace gala, no obstante, de una cadencia y precisión narrativa realmente encomiables.

Resulta deslumbrante el modo en que Visconti despliega su narración, sin prisa ninguna. Y de ese modo logra dibujar con minuciosidad a sus personajes, de modo especial al príncipe de Salina, una espléndida composición de Burt Lancaster, quizá la mejor de su carrera. Sus conversaciones con el padre Pirrone rebosan cinismo, por un comportamiento hipócrita del que es consciente; con don Ciccio cuestiona la democracia, por un plebiscito en que el único voto negativo ha sido manipulado; con los jóvenes prometidos medita acerca de la fugacidad de la vida, y lo efímero de la belleza; con Chevally, que le hace la propuesta de ser senador de la república, honor que rechaza por considerar que en la política sólo caben los que están ahí para medrar.

La mirada del cineasta es melancólica. Los pocos pasajes que protagonizan los personajes: unos radiantes Alain Delon y Claudia Cardinale, que se lucen con sendas interpretaciones, acentúan la pena por la juventud que se va.

A destacar igualmente, el soberbio y esmeradísimo trabajo de dirección artística, recreando con enorme fidelidad las estructuras arquitectónicas, el vestuario, el mobiliario y el aspecto general de los pueblos y sus gentes. Una ambientación que roza lo sublime y que sirve de acompañamiento perfecto al desarrollo del guión.

La película debe considerarse un auténtico corolario de los mundos viscontinianos, una amalgama de instantes y sensaciones, de pasiones y sinsabores reconocibles en este gran cineasta y que, en este filme adquieren las formas más depuradas y hermosas. Es éste, un filme esencialmente histórico y Visconti no escatima escenas que así lo denotan, como la batalla de Palermo. Pero si algo queda claro desde los primeros compases del filme, es que lo histórico no es el fundamento sino el contexto y que es la peripecia vital de Salina lo que Visconti quiere contarnos. Y será en las carnes del viejo príncipe donde hallaremos las cicatrices que expresan el hondo lamento de la película.
Además de vivir profundamente desengañado, Salina es un hombre terriblemente infeliz. Nadie en su familia le genera verdaderas simpatías, salvo su sobrino Tancredi, y su frustración sexual es más que ostentosa. Las conversaciones elocuentes con el padre Pirrone, las cacerías con el organista Tunero y, sobre todo, las escenas que comparte con el alcalde Sedara enfatizan progresivamente el descontento de Salina y ridiculizan a las claras un status quo podrido y pernicioso. Sólo una cosa parece hacerle verdadera ilusión: el compromiso matrimonial de Tancredi con la bella Angélica.

La fina melancolía del príncipe es captada con sabia precisión por los gestos del actor norteamericano Burt Lancaster. Magistral y sorda desesperación que se trasluce en la mirada del mencionado actor. Hay todo un pasado del cual hay que despedirse, aceptar los cambios con resignación, postura estoica que requiere de la pasta de un héroe.
Una de las escenas más ilustrativas y conmovedoras del film es la contemplación del príncipe Fabrizio del cuadro de Greuze “La muerte del justo” en la biblioteca, como en un espejo cruel y lúcido le permite intuir su propia muerte, la cercanía de la misma.

La fotografía de Giuseppe Rotunno, es, sin duda, uno de los puntos fuertes del filme. Ubica en la pantalla una colorida estética decimonónica, con gran riqueza de paisajes naturales y un trabajo de iluminación notable en interiores. Ofrece movimientos de gran fluidez (barridos durante la cena que abarcan toda la mesa, seguimientos, aproximaciones, etcétera), y brillantes zooms en cada una de las entradas de Angélica, haciendo que la belleza innata de Claudia Cardinale impacte todavía más en el espectador.

Sobresaliente partitura compuesta por Nino Rota, a base de cuerdas (violines y violonchelos), los cortes musicales de aire romántico ayudan a introducir al espectador en el ambiente de los palacios y a apreciar, a modo de despedida, los coletazos finales de las dinastías en decadencia. Incorpora un vals inédito de Giuseppe Verdi.

Este film no critica a la clase alta; por lo contrario ensalza sus modos y costumbres, la cámara registra obsesivamente aquella elegancia, aquel estilo de vida que se perderá en la noche de los tiempos, una vez que, la burguesía tome el lugar de los nobles. Con esta obra maestra, Visconti abandona definitivamente el neorrealismo de sus orígenes.

1963: Festival de Cannes: Palma de Oro.

LUCHINO VISCONTI (1906-1976)

Nació en 1906 en Milán (Italia). Procedente de una familia de la alta aristocracia de su país, recibió una esmerada educación. Tras estudiar música durante varios años, afición que conservaría a lo largo de toda su vida, inició su carrera trabajando como diseñador teatral. En 1935, se trasladó a París, donde colaboró con el cineasta Jean Renoir.

Debuta como director con “Obsesión” (Ossessione, 1943), adaptación de “El cartero llama siempre dos veces” (1940, James Cain). Sin ocultar la influencia francesa de Renoir; el director trasladó, al ambiente y cultura italiana, el asesinato de un hombre por el amante de su esposa, con la complicidad de ésta. La película fue recortada por la censura fascista, pero aún así, tuvo gran éxito debido a la novedad de estilo (ya despuntaba el neorrealismo) y al gran uso que hizo del travelling.

En 1943, es arrestado por sus actividades antifascistas y ha de esperar hasta 1948, para rodar “La tierra tiembla” (La terra trema) adaptación de una novela de Giovanni Verga “Los Malavoglia”. Narra la historia de la lucha de un pescador y su familia para liberarse de la explotación de los mayoristas de la pesca. Posteriormente realizaría “Bellísima” (Bellissima, 1951) otro de los momentos mágicos del neorrealismo, que descubre a la virtuosa Anna Magnani como la madre interesada en que su pequeña hija triunfe en el cine; representa una feroz crítica del neorrealismo y, a la vez, una superación del mismo.

En uno de sus mejores momentos, Visconti rueda “Livia, un amor desesperado” (Senso, 1954) una bella dama de una aristocrática familia italiana, vive un intenso romance con un oficial del ejército austríaco, en plena guerra de independencia italiana frente a Austria. “Senso” es una obra maestra indiscutible en la cual la perfección de la puesta en escena se combina con una dirección ejemplar de los actores. “Las noches blancas” (Le notti bianche, 1957). Adaptación cinematográfica de la novela de Dostoevski sobre la soledad de dos seres en busca de comunión.

El periodo más fértil de la creatividad de Visconti se cierra con “Rocco y sus hermanos” (Rocco e i suoi fratelli, 1960), suma y compendio de su arte, expresado en las formas de un melodrama de notables efectos en el cual se narra la desintegración de una familia campesina al llegar a la ciudad. Influído por Mann y Dostoevski, el director milanés coloca sus trágicos personajes fuera del tiempo y del espacio, entre el mito y la historia.

“Boccaccio’70″ (Bocaccio’70, segmento Il lavoro, 1962). Comedia satírica en la que cuatro de los directores italianos más brillantes de todos los tiempos hacen una adaptación cinematográfica de algunos cuentos de Boccaccio. “El Gatopardo” (Il gattopardi, 1963) una de las obras más ambiciosas de su filmografía,  en la que presenta un amplio fresco social de las convulsiones que agitaban la Italia del siglo XIX.  “El extranjero” (Lo straniero, 1967). Adaptación de la novela de Albert Camus, En 1935, un empleado francés  asesina a tiros a un árabe en Argelia y durante el juicio renuncia a defenderse.

En “La caída de los dioses” (La caduta degli dei, 1970) que narra, con su pausado y elaborado estilo, la decadencia de una familia de industriales, en paralelo con la ascensión del nacionalsocialismo. Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971) basada en la obra homónima de Thomas Mann, narra la historia de un compositor alemán, llega a Venecia a pasar el verano; allí se sentirá profundamente atraído por adolescente sentimiento que le irá consumiendo, mientras la decadencia también alcanza a la ciudad en forma de epidemia. “Ludwig” (1973) cuenta la vida extravagante del Rey Sol y su amor romántico por la belleza y por el arte. El inocente (L’innocente, 1976). Basada en la novela homónima de Gabriele D’Annunzio,  en ella Visconti plasma todas sus obsesiones y ahonda en la decadencia de la clase aristocrática.

Como director de teatro introdujo en Italia la obra de Jean Cocteau, Jean-Paul Sartre y Arthur Miller y, en lo referente a sus producciones de ópera, protagonizadas en su mayoría por la soprano Maria Callas, cabe destacar La Traviata (1955) y Don Carlos, presentada en 1958, en el Covent Garden de la ciudad de Londres.

Luchino Visconti es sin duda uno de los directores fundamentales del cine moderno. A partir de unos planteamientos directamente entroncados con las raíces de la vieja cultura europea; la literatura, la música y la pintura forman el constante «telón de fondo» de su labor creativa, que abarca también el campo del teatro y de la ópera. De origen aristocrático y convicciones izquierdistas, la vida y la obra de Visconti se han visto marcadas por esta contradicción, que él supo transformar en expresión artística y materia poética. Consecuencia directa de esta contradicción son las dos grandes etapas, en que a grandes rasgos se divide su filmografía, caracterizadas por el paso de una posición políticamente combativa, a la de cronista de la decadencia de la clase a la que pertenecía. Su propia existencia, estrechamente relacionada con las grandes convulsiones sociales que agitaron el siglo, se halla reflejada en su obra que adquiere en última instancia el valor de una doble meditación sobre su época y sobre sus propios sentimientos.

Hombre de una amplia cultura y atento siempre al detalle, resulta lógica su inclinación al esteticismo que encontramos en toda su obra, pero también fue un agudo crítico de su tiempo, de su sociedad y sobre todo, de la clase social a la que pertenecía pues no ha habido otro cineasta, que con mayor agudeza haya presentado el mundo de los aristócratas. Y no con una mirada complaciente, en todo caso comprensiva, pero siempre crítica y lúcida. “Mis filmes –decía Visconti en una entrevista- relatan frecuentemente la historia de una familia, y la autodestrucción y la descomposición de dicha familia. Cuento estas historias como entonaría un réquiem porque me parece más justo y oportuno contar tragedias. En mis filmes, las relaciones alcanzan un punto máximo de exasperación. Los personajes de mis filmes son por voluntad propia, sea empujados por las circunstancias, terminan por encontrarse cara a cara consigo mismos. La protección que puede llegarles del amor o de la familia les falta y los privilegios del poder y del dinero (si los tienen) no les bastan para protegerles. Están solos. Sin esperanzas de poder cambiar nada en lo que a su situación se refiere y con frecuencia sin siquiera tener el deseo o la voluntad de hacerlo”. “He sido frecuentemente acusado de decadente. Tengo de la decadencia una opinión muy favorable, como la tenía también, por ejemplo. Thomas Mann. Estoy embebido de dicha decadencia Mann es un decadente de la cultura germana, yo de la cultura italiana. Lo que siempre me ha interesado es el examen de una sociedad enferma”.

Luchino Visconti falleció en Roma en 1976.

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