ALEMANIA AÑO CERO

Por: Mario Arango Escobar.

ALEMANIA AÑO CERO (1948). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN 74’.

Dirección: Roberto Rossellini. Guión: Roberto Rossellini y Max Colpet. Intérpretes: Edmund Moeschke, Werner Pittschau, Barbara Hintz, Franz Krüger, Alexandra Manys, Erich Gühne. Título original: Germania anno zero. País: Italia. Fotografía: Robert Juillard. Música: Renzo Rossellini.

Sinopsis: Edmund, un niño de doce años, intenta sobrevivir a las duras condiciones de la postguerra alemana, especialmente en Berlín, una ciudad que ha quedado completamente derruida tras la Segunda Guerra Mundial.

Situando ya desde el título, el lugar y tiempo de la película, Rossellini deja clara su intención con un doble inicio semi-documental a través de un texto y de una voz en off en forma de declaración de intenciones. “Alemania año cero” toma de la mano al joven Edmund para seguir con él su paso de la niñez a la adolescencia en una metáfora constante acerca del punto cero en el que se ve sometido el país.

Este proceso de maduración que es la adolescencia es el momento en el que Edmund deberá empezar a crear su propia personalidad, dejando atrás (o siendo dejado atrás por) todo aquello que formara parte del niño que antes fue, ya fueran juegos de pelota o juegos inocentes con chicas. Ese instante en el que Edmund empieza a dejar de ser un niño (algo que visualmente va acompañado durante la película con un cambio de vestuario y de cierta oscuridad en los planos de la segunda mitad del filme) es afianzado no sólo por sus actos (como matar a su padre) sino por el trato que recibe por parte de los demás. Las chicas le ven como un niño al igual que su familia, pero unas y otros le piden que haga cosas de adultos.

Rossellini ya nos había mostrado en “Roma, ciudad abierta” los horrores cometidos durante el holocausto nazi; con “Alemania, año cero” decidió retratar la desgarradora lucha por la supervivencia que mantiene una familia cuyo único fin es salir adelante ante un panorama desolador.

Probablemente, una de sus mayores virtudes sea ese magnífico ritmo que marca en todo momento el compás de la obra, donde los diálogos se entrecruzan unos con otros, los personajes y acontecimientos se mueven con agilidad y el realizador nos inmiscuye sin demasiados problemas en la historia.

Rossellini nos planta la realidad en plena cara, tal cual, la registra con toda su crudeza y, entre esqueletos de edificios arrasados y vidas desmembradas (la familia del protagonista no deja a nadie indiferente) tenemos necesariamente que admirarle por su intensidad, por su condición de refundador del cine y, sobre todo, por su sentido de la ética, de la responsabilidad y del compromiso, desde un punto de vista tanto moral como estético.

Con este trabajo Rossellini cierra su particular trilogía sobre la II Guerra Mundial. Su título, “Alemania, año cero”, ya nos abre las intenciones de su director. Tras los desastres, tras las bombas, comienza la recuperación, el periodo de inflexión y alzar la vista al futuro. Las bombas ya han caído y Edmund, un niño de la guerra (atención a esa primera escena donde se le impide trabajar por ser menor) irá madurando y creciendo al ritmo de la ciudad.

Rossellini, frío y directo, muestra esos nuevos inicios de un Berlín destruído, pero que el director no olvida, que la ciudad no está muerta, que la vida sigue y el movimiento ya está presente (los tranvías no dejan de aparecer durante toda la película).

 Edmund crece al mismo tiempo que recorre las calles que antes conocía. Se encuentra en la encrucijada de la vida, donde sin dejar de ser un niño, le ha tocado comportarse como hombre maduro. Y en la mente de Edmund se mezclan sensaciones extrañas y muy contradictorias: mientras que su familia le trata como a un niño, tiene que ser él, el que busque el sustento para ellos.

Rossellini sabe que el decorado donde se desarrolla la película es un personaje de vital importancia, dado que de forma muy sutil y casi, implícita, detonará los terribles acontecimientos con los que se cierra la película. Por esto el director de “La nave Blanca” dedica tres minutos de metraje, para empezar el filme, de la situación en la quedó Berlín tras la guerra. Simple y llanamente, un montón de escombros donde resulta impensable que allí, se de una vida civilizada. También por está razón, Rosellini gusta en Alemania año cero, de filmar a Edmund con largos travellings que lo acompañan, y también lo describen, en mitad de las ruinas de la ciudad, fundiéndolos en un mismo mensaje, en una misma idea.

Rossellini cierra la trilogía sobre la inminente posguerra con Alemania, año cero, en la que se traslada a una totalmente devastada ciudad de Berlín, para captar, como ya lo hiciera en su país, los desastres de la contienda.
Aquí, se repiten los lugares comunes a todas las ciudades que sufrieron el paso de los ejércitos, unos y otros: destrucción, hambre y muerte. Adoptando el punto de vista alemán, Rossellini, dentro de su habitual estilo sobrio y directo, trata de justificar al pueblo llano, que poco o nada tuvo que ver con la masacre europea de sus dirigentes.

No obstante, y en contraste con su primera “Roma ciudad abierta”, el trato a los personajes germanos, evidentemente no es el mismo. Mientras en Italia se ensalzaba el patriotismo de los partisanos, aquí  se hace hincapié en la miseria de un pueblo que no ha sabido enfrentarse a la dictadura.
El resultado acabará en tragedia. Un final exagerado, contra un país y, sobretodo, contra un futuro, -representado en los jóvenes y los niños-, en el que el director italiano deja entrever una clara animadversión hacia los vencidos y la escasa confianza en su recuperación.

ROBERTO ROSSELLINI (1906-1977)

Nació en 1906 en Roma (Italia). Primogénito de uno de los arquitectos que diseñaron la Roma moderna. Su infancia estuvo marcada por su pasión por la mecánica. Construyó un taller por su cuenta para experimentar con ingeniosos inventos. Esta inventiva se verá reflejada en su carrera como cineasta, ya que inventaría algunos curiosos procedimientos como el zoom óptico para facilitar los rodajes.

Su padre construyó el primer cine romano (un teatro donde podían mostrarse películas) garantizando a Roberto (que para ese entonces tenía 12 años) el pase libre de admisión ilimitado. Fue allí donde tomó por primera vez contacto con el cine, quedando profundamente marcado por las películas de King Vidor. Tras la muerte de su padre, trabajó como técnico de sonido en películas y por algún tiempo pudo trabajar en varios campos relacionados con la creación cinematográfica. Aprendió el oficio de cineasta durante el fascismo pero en ningún momento demostró una clara lealtad hacia el movimiento.

En 1941, debuta como director con “La nave blanca”, (La nave bianca) película hecha a petición del Ministerio de Marina, y en principio destinada por el gobierno italiano a seguir la línea prefijada de producción de películas de tonos realista y bélico. Con “La nave blanca”, Rosselini  inicia su llamada “trilogía de la guerra” completada más tarde con “Un pilota ritorna” (1942) y “L’uomo dalla croce” (1943). A esta etapa corresponde su amistad y cooperación con Federico Fellini.

Mientras rodaba películas de corte documental en 1934, al servicio de la propaganda política del régimen fascista de Benito Mussolini, secretamente filmaba la vida en Roma durante los últimos días de la II Guerra Mundial. Estas escenas las incorporó a “Roma, ciudad abierta” (Roma, città aperta, 1945) obra maestra, con guión de Federico Fellini, con la cual marcaría un hito en la historia del cine italiano. Rodada en escenarios naturales, con actores no profesionales en su mayor parte, éste filme marca el nacimiento de una nueva escuela, el Neorrealismo, que agrupaba a autores de diversas tendencias en torno de un principio esencial: describir fielmente la realidad (sin recrearla, mostrando a la gente tal como es). Con “Roma, ciudad abierta”, Rossellini comienza su trilogía neorrealista, a la cual le sigue “Paisá” (1946). Estas dos películas se caracterizan por el compromiso social, las localizaciones realistas, la utilización de la fotografía en blanco y negro, de grano grueso, y el empleo de actores no profesionales.

En 1947, dirige la tercera película de la mencionada trilogía: “Alemania, año cero” (Germania anno zero) que junto con “Camarada” (Paisá) se constituyen en hitos del estilo neorrealista.

En 1949, realiza “Stromboli”, película con la cual inicia una larga colaboración con Ingrid Bergman. La actriz participará en un sinfín de películas que, con un lenguaje innovador, tratan el tema de la soledad del individuo. Se inicia aquí la llamada trilogía de Ingrid, que se completa con “Europa ’51”  y “Viaje en Italia” (Viaggio in Italia) también conocida como “Te querré siempre” de 1954.

El año de 1957, es un momento de crisis personal y familiar, que aprovecha para viajar  a la India, en donde rodaría el documental “India”, que no contó con el beneplácito del público. Éxito que, en cambio, si tuvo “El general de la Rovere” (Il generale della Rovere, 1959), con la cual obtiene el León de Oro en el festival de Venecia. Posteriormente, realizaría dos películas impecables desde el punto de vista formal: “Fugitivos en la noche” (Era notte a Roma, 1960) y “Viva Italia ” (Viva l’Italia, 1961).

En 1964, Rossellini era considerado una personalidad sagrada del cine por algunos críticos y realizadores como Jean Luc Godard y Bernardo Bertolucci. A partir de este mismo año, y considerando al cine como una herramienta artística y educativa, decide dedicarse por entero a realizar películas para la TV, sobre temas de la ciencia y la historia, como: “La edad del hierro” (1964) “La lucha del hombre por la supervivencia” (1967) y biografías de Sócrates, Pascal, Descartes, Jesús y Luis XIV.

Finalmente, vuelve al cine y realiza, “Año uno” (Anno uno, 1974) y “El  Mesías” (Il messia, 1975) dos películas que tratan temas ya afrontados en el pasado, pero sin la fuerza y convicción de entonces.
Muere en Roma el 3 de junio de 1977.

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