LA TRAMPA

Por: Mario Arango Escobar.

LA TRAMPA (2007). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 106’. PAÍS: SERBIA.

Dirección: Srdan Golubovic. Guión: Melina Pota Koljevic, Srdjan Koljevic, Nenad Teofilovic. Intérpretes: Nebojsa Glogovac, Natasa Ninkovic, Miki Manojlovic, Anica Dobra, Bogdan Diklic, Vuk Kostic, Vojin Cetkovic, Dejan Cukic. Título original: Klopka. Fotografía: Aleksandar Ilic. Música: Mario Schneider.

Sinopsis: En el Belgrado de la posguerra conviven las formas nuevas y viejas de corrupción, y la distancia entre los ricos y los pobres se hace cada vez mayor. Belgrado lucha por encontrar su identidad, cuyo turbulento y reciente pasado ha dejado a muchos en un desierto moral y existencial. En este contexto se sitúa el hogar de Mladen, su esposa Marija y su hijo Nemanja. Cuando a Nemanja se le diagnostica una seria afección cardíaca, los médicos insisten en que sea operado en el extranjero. ¿Pero de dónde pueden sacar el dinero? Justo cuando los padres del chico pierden la esperanza de recaudarlo, Mdalen conoce a un hombre que ofrece darles esta cantidad a cambio de que mate a un hombre de negocios rival.

La historia se sitúa en Belgrado, en torno al año 2004. Hace poco que ha caído Milosevic y la crisis económica y social se ensaña con la clase media. En menos de veinte años, la antigua Yugoslavia se ha descompuesto, el régimen socialista ha caído y los oligarcas van de la mano del crimen organizado. Los jóvenes Mladen y Marija tratan de capear el temporal. Ella es profesora de inglés y él tiene una constructora que espera un comprador extranjero; no hay negocio para los pequeños empresarios nacionales. La única alegría del matrimonio es el pequeño Nemanja que lleva el simbólico nombre del gran rey de Serbia.

Belgrado no es la bellísima ciudad que bañan el Danubio y el Sava sino un Chicago balcánico con mafiosos de gafas negras y hombros como bombarderos. Las mujeres de esta película son madres, viudas, esposas, compañeras pero parecen casi ausentes. Un padre debe asesinar a un hombre para salvar a su hijo enfermo. Los bancos extranjeros obligan a su personal a sonreír cuando niegan los créditos so pena de despido. Los coches de los gangsters son extranjeros. Sólo un tratamiento en el extranjero puede salvar al pequeño Nemanja. Las empresas públicas agonizan. Los niños mendigan junto a los todoterrenos de los pistoleros.

Apoyados en un magnífico guión, el director serbio imprime a esta película una  sobriedad y un interés rítmico y argumental de gran nivel. Sobre un fondo de thriller y drama en potencia surge un poderoso mensaje, muchas veces interpretado en la pantalla, pero que aquí no pasa como otras veces desapercibido y ese es el del precio de una vida. Dilemas morales, familiares y la búsqueda de justicia en una Serbia que se reforma tras la era Milosevic, bien planteados y bien resueltos.

La factura de agilidad de la cinta, planteada como un gran flashback es casi tan notable como su dimensión ética. Los conflictos psicológicos tan profundos suelen estar pautados por símbolos reconocibles. En este caso, advertimos una escena -más bien un escenario- que tiende a repetirse durante todo el metraje, en calidad de divisor capitular con una función de recurso premonitorio: la del semáforo en rojo perenne donde el Renault 4, cabeza de familia se para de regreso a casa. En un primer acto, el hijo y el padre ocuparán el vehículo, ajenos a la malaventura que se cierne sobre ellos; ya en el nudo, con el niño ingresado, avisa el principio del fin de un matrimonio que se quiere y, más tarde, constituirá una pista clave para las indagaciones de un padre derrotado; como indicio del cierre, se esgrimirá el espacio de un cortante desenlace anunciado.

El progresivo deterioro interior y exterior de la pareja protagonista, paralelo al declive físico de su hijo, permite a Srdan Golubović abrir sus intenciones al dibujo de una radiografía que alcanza todos los estratos sociales de la ciudad, desde la miseria infantil a los grupúsculos enriquecidos con el tráfico de armas. Con verismo palpable y una dirección inteligentísima, que encadena con pretendida imperfección largos encuadres estáticos e imposibles rupturas de planos, la historia atrapa en su brutal sinceridad desangelada, en el cariño casi inmediato del público hacia unas figuras entrañables de puro identificables.

El dilema de Mladen recuerda a los personajes de Hitchcock, a todos esos falsos culpables y personas inocentes que son utilizadas por otros, seres corrientes con vidas normales que se ven envueltos en situaciones extraordinarias y tienen que aprender a marchas forzadas a actuar como héroes de acción. Pero Golubović, además, los sitúa en un contexto político y social concreto, denotando el abismo existente entre las clases sociales y mostrando también los negocios sucios a la par que vemos el deterioro moral del protagonista. Y todo eso en clave de thriller que hace que resulte especialmente inquietante.

Golubović nos presenta un drama personal y familiar rodado como si fuera una película policíaca, llena de llamadas secretas, encuentros furtivos, salpicada de algunos planos insólitos y desenfoques que ocultan cosas pero, sobre todo, de sobriedad y de colores fríos, de una fotografía que nos lleva mentalmente hasta las comisarías de policía más que al hogar familiar que en realidad muestra.

Apartándose del tono melodramático al que se presta fácilmente este tipo de argumento, “La Trampa” se interesa prioritariamente por la evolución de unos personajes abandonados a su suerte e, inteligentemente, esquiva los sentimentalismos gracias a una puesta en escena contundente, aséptica y minimalista. Los planos cortados, los fuera de campo, los juegos sonoros y de planificación y las tonalidades frías refuerzan la sensación del desamparo en el que los personajes deben sobrevivir.

“La Trampa” es un tipo de película personal. En cierto modo, es una versión de “Crimen y Castigo” en los Balcanes actuales. Trata del crimen que salva la vida del hijo del protagonista y el castigo que conlleva.

SRDAN GOLUBOVIĆ

Nació en Belgrado (Serbia) en 1972. Estudia Dirección Cinematográfica en la Universidad de Belgrado. Durante sus estudios en la Universidad dirige varios cortometrajes que reciben galardones nacionales e internacionales.

En 2004, participa en el filme colectivo “The Package” (Paket aranžman) dirigiendo la historia “Hertz Minute” (Herc minuta) que acabará convirtiéndose en una película de culto para las jóvenes generaciones

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Años más tarde, funda la Productora “Bas Celik” junto a un grupo de jóvenes talentos cinematográficos, con la que producen videoclips, aclamados spot publicitarios y campañas de mercadeo.

Debuta en la dirección de largometrajes en el año 2001, con “Absolute Hundred” (Apsolutnih sto). En esta película conocemos la historia de dos hermanos, ambos deportistas destacados. El mayor de ellos es llamado a presta el servicio militar, y regresa convertido en un adicto a la heroína, lo que causa una profunda crisis en el hermano menor.

En el año 2007, realiza “La Trampa” (Klopka). El drama de un padre ante una grave enfermedad de su único hijo y la carencia de recursos para salvar su vida.

LA FORTUNA DE VIVIR

Por: Mario Arango Escobar.

LA FORTUNA DE VIVIR. (1999). GÉNERO: COMEDIA-DRAMA. DURACIÓN: 110’.

Dirección: Jean Becker. Guión: Sébastien Japrisot. Intérpretes: Jacques Villeret, Jacques Gamblin, André Dussollier, Michel Serrault, Isabelle Carré, Eric Cantona. Título original: Les enfants du marais. País: Francia. Fotografía: Jean-Marie Dreujou. Música: Pierre Bachelet.

Sinopsis: Tras la Primera Guerra Mundial, cuatro amigos llegan a la conclusión de que el paraíso se encuentra en el campo. Y tienen razón. Estos hombres de las marismas viven el día a día tranquilamente, con sus sueños, sus pequeñas inquietudes y angustias, sus pequeños placeres y por encima de todo, la amistad que comparten.

Jean Becker, que adapta una novela de Georges Montforez, rodea a los dos protagonistas de tipos entrañables, amigos también: Amedée, soñador y devorador de libros, enamorado inconfeso de una viuda; Tane, el maquinista del tren; y Pépé, un anciano rico, dueño de una próspera fábrica, que logró salir de la miseria de las marismas pero que no ha abdicado nunca de sus convicciones.

El director primero presenta a la pareja protagonista, Garris y Riton (el maravilloso Jacques Villeret de “La cena de los idiotas”) recogiendo flores en un hermoso pantano para venderlas en el pueblo cercano. Desde el primer momento, y sin necesidad de discursos trascendentes ni malabarismos formales, se siente que entre los dos hay una amistad muy especial: Garris, un hombre inteligente y maduro, vive en el campo una vida sencilla con la que intenta superar un pasado tortuoso; Riton, perezoso y entrañablemente desastroso, bebe para olvidar el abandono de su mujer, que lo ha dejado con tres chiquillos.

La fotografía, el paisaje de la Francia de provincias de principios de siglo, la inmensa humanidad de los personajes… todas las piezas de la película se ensamblan en una atmósfera suave y luminosa, que va envolviendo poco a poco al espectador.
Un maravilloso canto a los pequeños placeres de la vida que son los que dan la felicidad, una loa a la amistad con el marco incomparable de un onírico pántano cerca de un idílico pueblo donde la vida pasa lenta, pero deliciosamente envuelta en un halo de nostálgica sencillez. La historia sucede durante un verano de los años 20 en Francia y es contada por una niña que vive con su padre en una cabaña junto a un pántano.

La historia que cuenta detrás es fantástica toda ella, con momentos de comedia y toque de humor y otros momentos que se nos encoje el alma, todo ello con una clara intención detrás de ella, hacer ver al espectador lo grande que es la vida y estar vivo.

Ayuda a este resultado la soberbia fotografía de Jean-Marie Dreujou y la dulce música de Pierre Bachelet, elementos imprescindibles para transmitirnos este relato de personajes que se quedarán en la memoria del espectador.

La película,  tiene un marcado carácter coral y su virtud principal radica en la excelente dirección de actores que exhibe Jean Becker. Los personajes están cuidados y mimados hasta el último segundo, todas sus decisiones se entienden, porque son naturales como la vida misma, como nuestros vecinos o como nosotros mismos. Excelente interpretación de los cuatro actores principales: Villeret, Gamblin, Dussollier y Serrault.

La historia que vemos en  “La fortuna de vivir” es bien sencilla, aunque eso no significa que no pasen cosas que suceden, pero son hechos cotidianos. Becker destaca el valor de lo pequeño, del suceso que aparentemente no tiene importancia. «Tengo cuatro hijos –explica– y quería legarles el recuerdo de una época en que la felicidad estaba en las cosas pequeñas». Becker nos describe toda esa realidad de un modo elegante, con una cuidada puesta en escena, mediante la utilización frecuente de planos cortos.

Habla sobre la libertad (y la ausencia de ella) rescata los valores de la amistad, la humildad, la dignidad, el respeto. Pero más que todo esto, la película es una interesante reflexión sobre el mundo de los adultos (lleno de edificios, trajes, trenes, autos, etc.) y el de los niños (girando sobre una rueda hasta marearse, con el pántano como fondo). Como si Becker quisiera llamar la atención sobre el mundo contemporáneo y la inversión de las relaciones entre las personas y los valores que animan una sociedad, sus personajes no conocen de clase social o económica.

JEAN BECKER

Nació en París (Francia) en 1938. Empezó su carrera como asistente de  dirección  de su padre, el legendario Jacques Becker. Luego colaboró con los mejores cineastas franceses,  como Julien Duvivier o Henri Verneuil.

Debutó como director en 1961, con “Un tal La Rocca” (Un nommé La Rocca) drama que nos presenta a dos amigos, condenados a prisión por estar implicados en el asesinato de una banda rival. Cuando salen de la cárcel se muestran dispuestos a cambiar de vida, pero el pasado acabará marcando su destino. Posteriormente realiza “A escape libre” (Échappement libre, 1964) la historia de David, un contrabandista de diamantes que se enamora de una hermosa mujer, que le involucra en el  contrabando de oro en África. Ambas con Jean-Paul Belmondo de protagonista.

Tras dirigir la comedia “Pas de caviar pour tante Olga” (1965) y la exitosa serie de televisión “Les Saintes Chéries”, hace una larga pausa de casi veinte años antes de regresar al primer plano del mundo cinematográfico con “Verano asesino” (L’été meurtrier, 1983) película en la cual una joven pretende vengarse de los hombres que violaron a su madre.

En 1995, realiza “Elisa” es la historia de Marie cuya madre se suicida cuando aún es una niña. Sus abuelos la acogieron y la llevaron a un reformatorio, donde encuentra a dos amigos con los cuales conforma su verdadera familia. Tras la gran acogida por parte de crítica y público de “Elisa”, el cine de Becker se vuelve más personal y se separa definitivamente del estilo de su padre, derivando en comedias dramáticas sobre la vida sencilla, como la aclamada “La fortuna de vivir” (Les enfants du Marsais, 1998) y “Los jardines de la memoria” (Effroyables jardins, 2003) a partir del libro homónimo de Michel Quint. En este film se nos cuenta la historia de Lucien, que a sus catorce años no entiende por qué su padre, un maestro serio y respetado, hace el ridículo representando un número de payaso en el parque del pueblo, hasta que llega el día en el cual el mejor amigo de su padre, le devela el secreto que se oculta tras este ritual.

En “Conversaciones con mi jardinero” (Dialogue avec mon jardinier, 2007) un reconocido pintor decide regresar al pueblo de su niñez. Allí se encuentra con un compañero de colegio, que termina siendo su jardinero, entre ambos surge una amistad que trae enseñanzas para ambos.

En el 2008, presenta  “Dejad de quererme” (Deux jours à tuer). Se trata del drama que vive Antoine, un cuarentón de éxito, casado, y padre de dos hijos. Un día en una reunión de negocios se sale de casillas, y su vida modelo comienza a cambiar y a desmoronarse.
“Mis tardes con Margueritte” (La tête en friche, 2010) narra el encuentro entre un hombre elemental, casi analfabeta. Un día, Margueritte, una anciana muy culta, le hace descubrir el universo de los libros y las palabras, a partir de aquí, su relación con los otros y consigo mismo va a cambiar radicalmente.

EL EMPLEO DEL TIEMPO

Por: Mario Arango Escobar.

EL EMPLEO DEL TIEMPO (2002). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 133’.

Director: Laurent Cantet. Guión: Robin Campillo y  Laurent Cantet. Intérpretes: Aurélien Recoing, Karin Viard, Serge Livrozet, Jean-Pierre Mangeot, Monique Mangeot. Título original: L’emploi du temps. País: Francia. Fotografía: Pierre Milon. Música: Jocelyn Pook.

Sinopsis: Vincent se queda sin empleo, pero no tiene valor para contárselo a su familia y amigos, por lo que decide inventarse un trabajo en las Naciones Unidas, un trabajo ficticio que le obliga a vagar sin rumbo día tras día.

Tras su premiada película “Recursos humanos”, el director francés sigue explorando los efectos devastadores de la sociedad moderna y mecanizada sobre el alma humana. Un mundo de competitividad en busca del desarrollo y el bienestar en el que muy pocas personas están preparadas para afrontar la derrota.

Esta vez se ha basado en un hecho real para amoldarlo a la historia que él quería contar: un hombre, tras perder su trabajo, es incapaz de dar la noticia a su familia, y seguirá manteniendo las apariencias durante mucho tiempo. Aparte de toda la crítica que realiza el director al capitalismo, algo que se puede encontrar en multitud de películas, el tema principal de “El empleo del tiempo” es la mentira. Es el detonante de una espiral de angustia, traición y corrupción en la que el protagonista se verá inmerso y que es transmitida con brío al espectador. Y es que él más que nadie es la víctima de una farsa que empieza como síntoma de cobardía pero que acaba tomando dimensiones sumamente trágicas. Un efecto bola de nieve en el que se aprecia el talento de su director, en el ritmo con el que nos va ofreciendo un proceso de autodestrucción observado al detalle. Una atmósfera de ahogo que va in crescendo, que se toma su tiempo, para introducir uno a uno los elementos de los que se sirve. Nos transmite una sensación de tiempo real que es lo que hace de este drama algo escalofriante.

Hay algo obsceno en la mentira de Vincent, pero al mismo tiempo también algo conmovedor. Su soledad, su deambular constante por las carreteras, las estaciones de servicio, los parqueaderos de hoteles de mala muerte, desolados, fríos, lugares de paso impersonales en los que se refugia como un fugitivo, escapando del calor de su hogar y de las responsabilidades que este acarrea.

Cantet focaliza casi en su totalidad el punto de vista en la figura de Vincent, pero de manera silenciosa también proyecta su mirada en los miembros de su núcleo familiar, en especial en su mujer Muriel y en su hijo mayor Julien. Ambos son testigos mudos que presencian desde la lejanía el progresivo ensombrecimiento existencial del jefe de la familia hasta el momento en el que se destapa la mentira.

Para conseguir ese clímax, casi obra de un cine de suspense más que del drama que es “El empleo del tiempo”, Cantet se ha servido de un plantel de actores muy competente, entre los que destaca la soberbia interpretación del excelente Aurelien Redoing que convence  en su primer rol protagónico en el cine. Su trabajo, condicionado por un desarrollo muy ‘interiorista’ –tanto en lo físico como en lo anímico–, que asimila y solventa con notable acierto. Su actuación será difícil de olvidar. Impresionante, igualmente la caracterización que realiza Karin Viard en el papel de Muriel, asumiendo su papel con gran sobriedad, contención y captación del sentido más profundo de un papel muy difícil, como es el de la esposa del protagonista, que asume un perfil claramente ‘reactivo’ –siempre desplegando reacciones matizadas y sutiles a cada uno de los movimientos de su marido de ficción–.

Otro punto que merece la pena ser rescatado es la dosis de sensaciones tan distintas, como la amargura o la emotividad, que el cineasta impregna en determinados momentos, dando un aspecto bastante creíble y natural a la labor desempeñada por sus dos intérpretes principales.

Igualmente interesante el simbolismo de determinados objetos, con los que Cantet teje alegorías que refuerzan  las líneas temáticas en las que desea incidir: los relojes (tan falsos como su trabajo…) con los que Vincent, acuciado por sus necesidades económicas, comienza a estafar, en una suerte de paréntesis que terminará haciéndole estallar, simbolizan el tiempo, ese mismo que, simultáneamente, le sobra y le falta; o el coche, ése en el que pasa buena parte de su tiempo (son, por otro lado, innumerables los planos en el interior del mismo), y que representa una especia de burbuja, de cápsula de aislamiento, gracias a la cual el protagonista puede relajarse, en su soledad, lejos de la familia que tanto le agobia y le bloquea mentalmente –curiosa paradoja: la cápsula en que se encierra como válvula de escape…

La banda sonora es uno de los componentes que más fuerza cobra en esta película, pues ayudada de una interesante composición de planos y movimientos, hacen de este film algo serio y atractivo, dejando que el espectador pueda sentirse atrapado por una narración tan veraz como modélica.

Notable relato servido por el galo Laurent Cantet, que nos habla de temas tan candentes hoy en día como la incomunicación familiar, la búsqueda del bienestar propio, y el malestar dentro del ámbito laboral, haciendo mella en algunos más que en otros. “El empleo del tiempo” es un film honesto, arriesgado y que mete el dedo en la llaga, tocando un tema hiriente, real, que plasma mejor que las otras versiones (se trata de un caso real que cuenta con otras adaptaciones) el desencanto y la sinrazón que habita en cada uno de nosotros. La imagen final resume en el rostro del protagonista toda una parábola terrible del porqué de las cosas.

Párrafo aparte merece el aparentemente irónico final feliz de la película. Una primera mirada indica una claudicación de Cantet con su criatura. Pero la mirada de Vincent trasunta dolor. Y ese sentimiento, llega.

LAURENT CANTET

Nació en 1961, en Melle, Francia. Después de obtener una licenciatura en audiovisuales, en 1984, ingresa en el Instituto de Altos estudios cinematográficos de París. A partir de 1993, se dedica a la realización de cortometrajes, entre los cuales destacan: “Tous á la manif”, “Les sanguinaires”, y Jeux de plage”.

Su incursión en el largometraje ocurre en el año 2000, con el film “Recursos humanos” (Ressources humaines) un interesante acercamiento al mundo laboral, en el cual se enfrentan padre e hijo desde dos posiciones antagónicas. Con este filme, Cantet obtuvo el premio César a la mejor ópera prima.

En el 2001, realiza “El empleo del tiempo” (L’emploi du temps). En esta película conocemos la historia de Vincent, un ejecutivo francés de clase media que pierde su trabajo y en vez de asumirlo, elabora una complicada trama para fingir frente a su familia y amigos que ha sido empleado por la ONU en Ginebra. El director fue galardonado con el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia.

Posteriormente, dirige “Bienvenidos al paraíso” (Vers le sud, 2006) una película que nos muestra  la insatisfacción vital de las mujeres que marchan al Caribe en busca de turismo sexual. Su último trabajo hasta el momento es “La Clase” (Entre les murs, 2008), un lúcido cuestionamiento del sistema de enseñanza que fue galardonada con la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes de 2008.

UN AÑO MÁS

Por: Mario Arango Escobar.

UN AÑO MÁS (2010). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 129’.

Dirección y guión: Mike Leigh. Intérpretes: Jim Broadbent, Lesley Manville, Ruth Sheen, Peter Wight, Oliver Maltman, Imelda Staunton, David Bradley, Karina Fernandez, Martin Savage, Michele Austin, Philip Davis, Stuart McQuarrie. Título original: Another year. País: Gran Bretaña. Fotografía: Dick Pope. Música: Gary Yershon.

Sinopsis: La familia y la amistad. Alegría y pena. Esperanza y desánimo. La soledad. Un nacimiento. Una muerte. Gerri, terapeuta, y Tom, geólogo, están felizmente casados, aunque algo preocupados de que su hijo Joe que es abogado, permanezca soltero. Esta preocupación les impide darse cuenta de cómo María, una frágil compañera de trabajo de Gerri, ha llegado a depender de su amistad con ellos.

El director inglés Mike Leigh, al igual que Woody Allen, sabe extraer veracidad de lo que ocurre en el corazón de la gente, pero frecuentemente siente debilidad por la sordidez, por el retrato de lo exclusivamente sombrío. Es tan realista y se siente tan cómodo describiendo la infelicidad, que te distancia en vez de interesarte. Pero cuando encuentra el equilibrio entre alegrías y tristezas, cuando logra el claroscuro sus historias resultan tan veracescomo conmovedoras. Como en la magistral “Secretos y mentiras” ha vuelto a encontrar ese aliento en “Un año más”.

Leigh divide la película en cuatro partes, una para cada temporada del año. Con cada estación que pasa vemos el cambio no sólo en el escenario, sino también en los personajes. Tom y Gerri, aunque no son tan jóvenes como antes, siguen compartiendo la misma pasión el uno al otro sin perder en ningún momento esa pasión. Siempre son los mismos. Sus amigos y familiares sin embargo, representan la tierra y todo lo que cambia debido a las estaciones.

El matrimonio ofrece sus oídos, su calidez y su casa como consuelo provisional para amigos que están inmersos en el desastre afectivo, completamente solos, portadores de una desesperación irremediable. A lo largo de estos encuentros también hay desencuentros, solidaridad y angustia, vida y muerte. Mike Leigh ha creado con recursos sobrios una película intensa y compleja, que habla con sensibilidad penetrante de la difícil convivencia entre los que han encontrado su lugar en la tierra y los que siempre están perdidos.

Lo más interesante de esta película radica en el hecho de que tanto la historia como sus personajes son totalmente creíbles. Sus conversaciones, sus ocupaciones, su modo de vida, sus relaciones, etc. Todo gracias a un exquisito y solvente guión, tan natural y descriptivo que en cada frase y diálogo deja esa sensación de haber pasado por esa situación o realmente estar viviendo el momento.
Además, todos sus actores están perfectos, Lesley Manville ofrece una interpretación perfectamente matizada y un convincente retrato de una mujer al borde de la desesperación. Un registro sorprendente, que llega a conmover.

MIKE LEIGH

Nació en Inglaterra en 1943. Pensando en dedicarse a la actuación, estudió en la Academia Real de Arte Dramático de Londres, que luego cambió por la Escuela de Cine de Londres. Esto sucedió tras comprobar que disfrutaba más escribir y dirigir que  actuar. Sus inicios fueron en el teatro, dirigiendo obras suyas como “The Box Play” y “Bleak Moments”.

En 1972 debutó como director con la película  “Bleak Moments” su primera obra maestra, un tratado bellísimo y despiadado sobre la soledad y la incomunicación de los seres humanos. Luego dirigió varios telefilms, como “Nuts in May” (1976), “Kiss of Death” (1977), “Who’s Who” (1978).

Su primer suceso como director fue “Grandes ambiciones” (High Hopes, 1988), una sátira a la Inglaterra pos-Thatcher, a través de 3 diferentes parejas que viven en Londres.
Luego realizó “La vida es dulce” (Life is sweet, 1990), película acerca de una familia de discapacitados de clase trabajadora, un canto a la reafirmación a la vida.

En “Indefenso” (Naked,1993), Leigh realiza una dura crítica contra la sociedad británica desde el punto de vista de un desempleado con una filosofía muy pesimista sobre la vida. Con esta obra  el director obtuvo el premio al mejor director en el Festival de Cine de Cannes.                                                                                                                          Pero sería “Secretos y mentiras” (Secrets and lies, 1996). Brillante exploración de la intimidad de una familia, la película que confirmaría al autor inglés como uno de los mejores cineastas de su país. El filme fue galardonado con la Palma de Oro en Cannes, la de mejor director y otro para Brenda Blethyn como mejor actriz

Posteriormente Leigh realizó “Simplemente amigas” (Career Girls, 1997) otra indagación en las relaciones personales que continúa, en una época distinta y con personajes reales, en “Topsy-Turvy” (1999), un biopic de los famosos compositores W. S. Gilbert y Arthur Sullivan.
En el 2002, Leigh realizaría “Todo o nada” (All or Nothing) historia acerca de un matrimonio en crisis. Luego realizaría  “El secreto de Vera Drake” (Vera Drake, 2004), la historia de una mujer dedicada completamente a su familia pero que  tiene un secreto: ayuda a jovencitas a practicar abortos. Por “Vera Drake” Mike Leigh volvería a ser nominado a los Oscar como mejor director y guionista, al igual que la actriz Imelda Staunton en el apartado de mejor actriz principal.

En 2005, Leigh volvió al teatro después de muchos años de ausencia con la obra Two Thousand Years estrenada en el Royal National Theatre de London. Una obra que provocó un escándalo sin precedentes al narrar la historia de una familia judía cuando uno de sus miembros más jóvenes encuentra el camino de la religión más fervorosa.
“Un cuento sobre la felicidad” (Happy-Go-Lucky, 2008) es el grito a la felicidad, el canto a la alegría y la vida,  en “Un año más” (Another year, 2010) se zambulle en las relaciones de familia y amistad de una pareja que está entrando en la etapa de la madurez.

A diferencia de muchos de sus connacionales contemporáneos -entre ellos Ken Loach-, el cine de Leigh no profundiza en el aspecto político de las historias, pero tiene el valor de un realismo casi documental. La forma de trabajar de Leigh se define a través de numerosos e interminables ensayos; en ellos es elemental la improvisación de los actores, quienes, guiados por su propia intuición, deben construir sus personajes y acabar de dar forma al guión. La mayor parte de los individuos que habitan las imágenes de Leigh son seres ordinarios, pese a algunas excentricidades apreciables, que se enfrentan a los problemas en su vida cotidiana ayudados de recursos limitados. Nunca se presentan como víctimas o caricaturas de sí mismos: son personas reales que se muestran capaces de superar las dificultades que les sobrevienen a diario.