ESTRELLA BRILLANTE

Por: Mario Arango Escobar.

ESTRELLA BRILLANTE (2009). GÉNERO: DRAMA HISTÓRICO. DURACIÓN 119’.

Dirección: Jane Campion. Guión: Jane Campion. Interprétes: Abbie Cornish, Ben Whishaw, Paul Schneider, Thomas Brodie-Sangster, Kerry Fox, Edie Martin, Claudie Blakley, Gerard Monaco, Antonia Campbell-Hughes, Samuel Roukin. Título original: Bright Star. País: Reino Unido, Australia, Francia. Fotografía: Greig Fraser. Música: Marc Bradshaw.

Sinopsis: Drama que narra el romance que, en el siglo XIX, y durante tres años, mantuvieron el poeta inglés John Keats (Ben Whishaw) y Fanny Bawne (Abbie Cornish), una intensa historia de amor  trágicamente interrumpida por la repentina muerte de Keats a los 25 años.

La primera imagen de la película, un plano extremadamente cercano al objeto fotografiado, una firme aguja penetrando una delicada tela, sirve para situarnos en el tono en el que va a transcurrir la película, directa al sentimiento. Un sentimiento que desgarra a la vez que repara. Asimismo también sirve como la metáfora de los dos mundos que se van a retratar el del poeta John Keats y su musa Fanny Brawne, pues igual que no podemos reparar la tela sin la aguja, el poeta necesita de la influencia y el sentimiento que le produce Fanny para alcanzar su madurez artística.

La película se centra en la historia de amor entre Keats y su amiga. Un amor puro, blanco y casto, pero absolutamente entregado en el que la poesía tiene una importancia primordial. La historia centra el protagonismo en la decidida Fanny Brawne, una joven completamente enamorada del escritor y de su obra, y que tiene que hacer frente al amigo y socio, también escritor, de Keats, Charles Brown, que no hace más que poner trabas para que la relación no prospere.

Sentarse a ver “Bright Star” es asistir a un extraordinario espectáculo de manejo de la cámara como principal baluarte a la hora contarnos esta historia de sentimientos y pasión de los protagonistas. La niña Toots, hermana de Fanny (Edie Martin), es la mayor parte de las veces quien da pie a los cambios sentimentales y a los momentos clave de la película, junto a selectivos desenfoques que son un auténtico placer para la vista.

Aquí la directora vuelva a su especialidad: el romanticismo, el ambiente novecentista y preciosismo visual. La película busca plasmar en imágenes el alma de los poemas que se recitan y que nos colocan en la clave del amor romántico por excelencia.
La construcción de la película cuenta con unas interpretaciones sobresalientes, especialmente Abbie Comish en el papel de Fanny. Ben Whishaw como el poeta y el vibrante Paul Schneider como su amigo completan el buen reparto de una película que hará las delicias de los amantes de la poesía.

La puesta en escena es espectacular en los exteriores y rebuscada y minuciosa en los interiores, cuidando una iluminación que plasma cromáticamente los sentimientos llegando a ser una luz sentimental. Aquí la presencia de Veermer es clara, y la fotografía adquiere una calidad netamente pictórica.
La evolución del vestuario de Fanny pasará a expresar el contenido de su conciencia, lo que también supone explorar a fondo en un interesante territorio cinematográfico. Sus vestidos serán como su corazón, pasarán de la sencillez deslumbrante a la exuberancia espectacular para avanzar por la austeridad sufriente hasta el luto invernal.

La banda sonora, en la cual sobresalen las breves pero intensas composiciones de Mark Bradshaw, quedan relegadas única y exclusivamente, a los momentos trágicos de la película, sirviendo finalmente, como premonición de las malas noticias y predisponiendo al espectador para un estado de ánimo absolutamente trágico y romántico.
Los símbolos de coser y cortar, de las mariposas y las velas de lo efímero o de las estaciones de año sirven como vehículo para elaborar los sentimientos de los que trata esencialmente la narración.

Las inmaculadas imágenes que envuelven esta historia, junto a su ritmo reposado hacen de la película un placer relajante y contemplativo que se debe disfrutar detenidamente con la vista, el oído y me atrevería a decir que también con el olfato (esos prados llenos de flores, esos bosques tras la tormenta).

Creo que Campion logró capturar el romanticismo de las poesías de Keats y trasladarlo a imágenes maravillosas.
El primer amor, la sensualidad expresada en pocas palabras o en una mirada, la hermosura de la campiña inglesa, hacen de “Estrella Brillante”, una película llena de sutilezas y sensibilidad difícil de contemplar en el cine actual.

JANE CAMPION

Nació en Wellington, Nueva Zelanda, en 1954. Estudió en la Universidad de Victoria, donde obtuvo una licenciatura en Antropología en 1975; más tarde realizó un postgrado en pintura en el Wellington Sydney College of the Arts.
Estudió en la Australian Film Television and Radio School, donde se formó como directora  de cine.

Su primer cortometraje “An exercise in Discipline – Peel” (1982) ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1986. Otros cortos de su creación incluyen “Passionless Moments” (1983) “A Girl’s Own Story” (1984) y “Two Friends” (1986) para la televisión, todos los cuales ganaron premios australianos e internacionales.

 Escribió y dirigió su primer largometraje “Sweety” en 1989. En este filme la directora nos habla sobre las relaciones humanas y familiares, la superstición, la meditación y los esfuerzos para conservar el amor en un mundo que no se puede controlar. 

En 1990, realizó “Un ángel en mi mesa” (An Angel on my Table) un drama basado en la autobiografía de la escritora Janet Frame, que también ganó varios premios, entre ellos el León de Plata en el Festival de Venecia.

El reconocimiento internacional le llegó con su película “El piano” (The Piano, 1993). Con esta película ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1993 y el premio al mejor director del Australian Film Institute. La película -que narra la historia de Ada, una mujer muda que junto con su hija y su piano viajan a Nueva Zelanda atendiendo una propuesta matrimonial-, también acapararía la atención de la crítica norteamericana siendo premiada con un Oscar al mejor guión cinematográfico. Campion fue la segunda directora nominada al Oscar a la mejor dirección en la historia de la Academia.

En 1996, dirigió “Retrato de una dama” (The Portrait of a Lady) basada en la novela de Henry James, y protagonizada por Nicole Kidman, John Malkovich y Viggo Mortensen. 

En “Holy Smoke” (1999) narra la historia de una joven que viaja a la India y allí se convierte a una secta. De vuelta a Australia, un experto en tratar a gente captada por este tipo de redes es contratado por la familia para ‘despertarla’ de su error.

 Su siguiente filme, “En carne viva” (In the Cut, 2003) es un thriller erótico basado en el best seller de la escritora Susanne Moore.
En  el 2009, estrena “Estrella Brillante” (Bright Star) en la que aborda el romance del poeta del siglo XIX, John Keats con Fanny Brawne, explotando una vez más el vasto y enredado universo de las relaciones humanas.

YO SOY EL AMOR

Por: Mario Arango Escobar.

YO SOY EL AMOR (2009). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 120’. PAÍS: ITALIA.
Dirección: Luca Guadagnino. Guión: Luca Guadagnino, Barbara Alberti, Ivan Cotroneo, Walter Fasano. Intérpretes: Tilda Swinton, Flavio Parenti, Edoardo Gabbriellini, Alba Rohrwacher, Pippo Delbono, Diane Fleri, Maria Paiato, Marisa Berenson, Waris Ahluwalia, Gabriele Ferzetti. Título original: Io sono l’amore. Fotografía: Yorick Le Saux. Música: John Adams.

Sinopsis: La película cuenta la historia de la acaudalada familia Recchi, cuyas vidas se verán sometidas a cambios radicales. Edoardo, el patricarca, ha decidido nombrar a su sucesor en los negocios industriales de la familia. Emma, la mujer de Edoardo, es una adorada y atenta madre que ve cómo su mundo se viene abajo cuando se enamora perdidamente de Antonio, un cocinero, y se embarca en un apasionado romance que cambiará para siempre a toda la familia.

La película se inicia en Milán. En un paisaje nevado entran los títulos de crédito que mezclan letras sofisticadas con otras más actuales que nos sitúan en el contexto y nos preparan para conocer a los Recchi, familia adinerada de empresarios textiles, que no siempre utilizaron métodos lícitos para enriquecerse, de costumbres exquisitas. Todo tiene una semblanza armónica en esa villa Art Deco y la gente que la habita. Cada miembro, como cada objeto, ocupa estoicamente su lugar en un deliberado orden de las cosas. Un mundo en el que la tradición y los rituales que conlleva cobran una importancia desmedida y dejan poco espacio para la expresión de los sentimientos.

El impecable estilo del filme apoya completamente el desarrollo de las historias: las escenas de la familia, comportándose en todo momento correctamente, están emplazadas en entornos fríos, perfectamente equipados y decorados. Largos pasillos, oscuros, por los que pasean sus protagonistas y que nos hacen pensar que parecen ratones en laberintos, buscando la luz, buscando la salida.

El propio director dice que se inspiró en el cine clásico, en concreto la filmografía de Visconti y de Antonioni y se nota: Se puede tomando de uno –Visconti- los ambientes de la alta burguesía milanesa, sus casas lujosas, sus jardines, sus elegantes mujeres; del otro, -Antonioni- la desazón de una vida vacía, sin sentido, que ahoga a sus personajes más sensibles, las dos mujeres de la familia, las únicas que son capaces de enfrentarse a todo por una pasión que las haga sentirse vivas, y el hijo mayor, un romántico que aun cree que puede controlar el patrimonio heredado, cuando en realidad el mundo es una inmensa globalización donde las fortunas familiares se diluyen como azucarillos.

“Yo soy el amor” pretende hablar de un amor encontrado, descubierto pero que no se habla. Los diálogos son escasos, se trata de un lenguaje de silencios, de gestos, pequeños detalles dentro del hermetismo. Guadagnino opta por contar las emociones con imágenes, como lo hiciera no hace tanto Wong Kar Wai en “Deseando amar” (2000).

El primer cambio hacia el amor se da cuando la hija se va fuera a estudiar y conoce un amor verdadero, prohibido por los ojos conservadores y que abrirá los ojos a una madre que reconoce su verdadera necesidad de amar y ser amada ya que sólo habrá una posibilidad de redención: el amor. Emma, la matriarca del clan, y Antonio, el  amigo cocinero de su hijo Edoardo, comenzarán a vivir un amor incomprendido que  destruirá sus relaciones familiares.

Igual que los grandes chefs condimentan sus platos con cuidado y esmero, añadiendo ingredientes en un determinado momento, esperando un punto de cocción, añadiendo un determinado caldo o aportando sabores, texturas y hasta colores, Luca Guadagnino nos conduce en su historia a través de un estudiado trayecto que prepara nuestros sentidos para recibir la emoción y la pasión consiguiendo con el espectador lo mismo que Antonio con Emma al cocinarle: enamorarla y dejarla rendida al instante. Y al igual que los platos que cocina Antonio están elaborados con cosas sencillas y naturales que él mismo cultiva, las herramientas de Luca son básicas y sencillas: planos, encuadres, suaves movimientos y una estudiada composición que le lleva a resaltar las líneas rectas, pero desordenadas y caóticas que invaden lo urbano, en contraste con la exuberancia de la naturaleza salvaje en la que vive Antonio, sin orden alguno.

Los personajes de esta fábula amorosa tienen una gran profundidad psicológica y resultan muy verosímiles. Excelente la interpretación de Tilda Swinton, que dota a su personaje Emma de una contención indescriptible.
La puesta en escena es absolutamente elegante, llena de buen gusto en el uso de la cámara, y sirve para mostrar ese ambiente, casi litúrgico, en el que se desarrolla la historia, para ello el director detiene su mirada, a la manera de Scorsese en “La edad de la inocencia”, ya sea en los platos que se sirven en la mesa, las joyas, los vestidos o los cuadros que cuelgan de la pared.

Capítulo aparte merece la banda sonora, donde sobresale una música perfecta, que enfatiza y acrecienta el drama, especialmente en los últimos minutos de la película, donde se convierte en protagonista al igual que las miradas y los reproches de los personajes.

Quiero, a continuación, incluír el comentario de Tilda Swinton, que nos puede ilustrar mejor acerca de la película:
“La película habla de una mujer entre los cuarenta y los cincuenta años, Emma, una mujer que no produce riqueza, que no produce cultura, que fue elegida por su marido, Tancredi, un rico industrial del norte de Italia, por su belleza, como habría elegido una obra de arte. Emma es propiedad suya, ha tenido hijos, ha cumplido con su función, y se encuentra en un momento de su vida en que la jaula, la prisión en la que ha vivido, se despliega ante sus ojos con un dramatismo explícito. Emma procede de una jaula, Rusia, de la que ha salido en la época anterior a Gorbachov, para acceder al mundo libre. Y en el mundo libre se ha encerrado en otra jaula, la familia, y la mentira. 

El amor es el gran motor de cambio en la vida de los seres humanos, el gran creador de crisis, el acelerador de metamorfosis. Emma se enamora de otro ‘marginado’, como ella. Es una pasión inaceptable, por su clase social, por su familia, por toda la sociedad. En este aspecto, Emma tiene ilustres antepasadas en el cine, como Madame Bovary o Anna Karenina. Es una mujer desinteresada, su amor es incondicional. Es un ser capaz de enfrentarse a los absolutos: la vida, la muerte, la pasión, y no ceder; es una radical pura.

Todos los personajes de la película están enjaulados, pero cada uno a su manera.

El padre de Tancredi, el patriarca, el fundador de la fortuna, el artífice del estatus de la familia, que interpreta Gabriele Ferzetti, ha llegado a un momento de su vida en que tiene que pasar el testigo. Elige a uno de sus descendientes, porque cree ver en él la misma mirada, pero esa mirada no está. No ve que esa mirada que busca podría estar en Elisabetta, la nieta, irrelevante, en cuanto que es mujer, en la economía de los juegos de posesión y de poder. Pero en ella hay una aspiración y un talento para la libertad, la rebelión. Esa rebelión hará que su madre, mi personaje, tome conciencia de sí misma”.

 

LUCA GUADAGNINO

Nació en Palermo (Italia), en 1971, pero pasó toda su infancia en Etiopía. Se licenció en la Universidad La Sapienza con una tesis acerca del cine de Jonathan Demme. En 1999, rodó su primer cortometraje “The Protagonists”, una obra excéntrica, que se resiste a cualquier intento de clasificación. Seguidamente, realizó los documentales “Mundo civilizado” (2003) y “Cuoco contadino”.

Debuta en el largometraje con la controvertida “Melissa P” (2005). En esta película se narra el despertar sexual de una adolescente siciliana llamada Melissa. Sus primeras experiencias eróticas quiebran el ideal del amor que poseía y son continuadas por una espiral de depravación que suma a la joven en una situación de malestar y desconcierto.
En el año 2009, realiza “Yo soy el amor” (Io sono l’amore) historia que nos introduce en el interior de una familia aristocrática italiana, cuya aparente armonía se derrumba cuando desde afuera irrumpe el amor.

MIEL

Por: Mario Arango Escobar.

MIEL (2010). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 103’. PAÍS: TURQUÍA.

Dirección: Semih Kaplanoğlu. Guión: Semih Kaplanoğlu y Orςun Köksal. Intérpretes: Bora Altas, Erdal Besikςioğlu, Tülin Özen. Fotografía: Baris Özbiςer.

Sinopsis: Yusuf es un niño de extraordinaria sensibilidad. Aunque acaba de empezar el colegio, allí lo pasa fatal y prefiere acompañar a su padre Yakup en sus labores de apicultor. Cuando las abejas que sustentan a la familia desaparecen, Yakup se adentra en un bosque cercano para descubrir qué ha ocurrido. La tardanza de su regreso preocupa a Yusuf, que deja repentinamente de hablar, y también a su madre, que intenta buscar pistas. Decidido a encontrar a su padre, el pequeño emprende su propia búsqueda.

La película se abre con la imagen de Yakup, padre de Yusuf, buscando miel para dar paso rápidamente a un flashback que ocupará el resto del metraje. Los personajes no conocen el desenlace pero los espectadores sí, y aún así el director logra mantener el interés en la historia, que no decae en ningún momento.

Seguidamente asistimos a uno de los momentos más significativos—y bellos— en su metraje, un largo plano fijo encuadra la habitación en la que duermen Yusuf y su padre. El niño se levanta y su progenitor le pide que lea en voz alta el día en el calendario, mientras él sale por el marco de la puerta y se sienta en el exterior. Cuando Yusuf termina, Yakup le llama y le sienta sobre sus rodillas, y el niño le cuenta al oído el sueño que ha tenido. El plano descrito habla como prodigio visual que permite la convivencia de lo cotidiano y lo bucólico, lo rutinario y lo hermoso, la sombra y la luz; pero también habla de la intromisión de los sueños en una realidad frágil y desnuda, una constante que Kaplanoglu introduce con gran sensibilidad (la discreta, delicada alternancia entre lo onírico y lo presuntamente real).

La relación paterno-filial encuentra en “Miel” un espléndido exponente. El relato ahonda en la ternura existente entre Yusuf y su padre. Los escasos diálogos entre ambos, verbalizados entre susurros, aportan una consonancia espiritual al drama. La película muestra la universalidad de la niñez, capaz de traspasar cualquier frontera o barrera cultural.

Yusuf explora el entorno que le rodea y nos hace participes de ello. El mundo exterior aún está plagado de enigmas por descubrir en la mente de un niño de escasos 6 años de edad. Su mayor anhelo es conseguir el preciado premio (una especie de insignia), que entre aplausos, el profesor de su clase reparte a los alumnos que lo merecen. Todos sus compañeros van obteniendo poco a poco esta condecoración. Sin embargo, la torpeza de Yusuf al leer le impide alcanzarlo.

Esta película es una clara muestra de otro tipo de cine, alejado del cine occidental de grandes presupuestos, grandes historias, grandes actores, grandes efectos, grandes fuegos de artificio. Estamos ante un relato enormemente pausado donde lo importante  es tomarse su tiempo en describir las cosas en detalle, de forma meticulosa. Algo que roza en un ejercicio poético.

Con pasmosa lentitud, la historia va avanzando. Los lentos movimientos de la cámara coinciden con el andar pausado del joven protagonista. Entre los planos usados, llama la atención la reiteración en un plano subjetivo en el que el perfil de un personaje ocupa un lateral del plano, con el fondo desenfocado, o a la inversa. El burro que acompaña a la familia llega a ocupar esta privilegiada posición. Es así como Semith Kaplanoglu exhibe al espectador la descripción de lo que está ocurriendo. Uno de los pilares clave de la cinta.

La  magnífica fotografía, de tonos “vermerianos” en los interiores, se antepone a la historia, el paisaje a los actores, los ojos y la inocencia de Yusuf a todo, están por encima de todo. Recreándose en tomas excesivamente largas, trata de mostrarnos el detalle de la realidad cotidiana, como relato y exposición de cómo son las cosas que tenemos alrededor y que nunca nos paramos a contemplar. Y aquí el manejo exquisito del contraluz, de atmósferas indescriptibles, sirven perfectamente para revelar la mirada certera de un director lleno de sensibilidad.

El gran mérito de “Miel” es haber adoptado, con total acierto, el punto de vista de un niño en la narración. A la edad de seis años, la realidad es fragmentada, mezcla de realidades e irrealidades fruto de la imaginación que completa lo que la razón aún no alcanza a explicar. De ahí que en esa etapa de la infancia los padres sean seres admirables para los niños, pues son los guías que empiezan a alumbrar cómo funciona el mundo. Yusuf vive ese descubrimiento con tal intensidad que la ausencia repentina de su padre le deja desasistido en un mundo lleno de señales que es incapaz de interpretar.

Para que el espectador alcance la sensibilidad de la historia contada, Kaplanogu necesitaba dos elementos fundamentales: una presencia de la naturaleza poderosa y un protagonista con el que empatizar. Ambas búsquedas se hicieron con éxito ya que los bosques y parajes del noreste de Turquía mostrados, cerca del Mar Negro, son de una singular belleza y recogimiento. Por otra parte, la presencia del niño Bora Altas es de tal fuerza que es imposible no sentirse identificado de inmediato con él. Su fragilidad, su mirada y su gestualidad encandilan, alcanzando un altísimo grado de representación de la infancia. Yusuf es sin duda el motor de la película, muy bien acompañado en la interpretación por  Erdal Besikçioglu y Tülin Özen, en los papeles de padre y madre, respectivamente.

“Miel” es visualmente hermosa, con una intención poética, dotada de sensibilidad y ternura. El bosque, descrito como un lugar misterioso, adquiere una condición casi mágica. La sencillez de lo cotidiano, en apariencias ausente de acción, encuentra en el relato directo e íntimo la vía para generar el drama.

HUEVO

Por: Mario Arango Escobar.

HUEVO (2007). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 97’.

Dirección: Semih Kaplanoğlu. Guión: Semih Kaplanoğlu y Orςun Köksal. Intérpretes: Nejat Isler, Saadet Aksoy, Ufuk Bayraktar. País: Turquía. Fotografía: Özgür Eken.

Sinopsis: Al morir su madre, y después de años de ausencia, el poeta Yusuf regresa a la ciudad donde creció. Una joven llamada Ayla le espera en una casa medio derruida. Yusuf no estaba enterado de que una prima lejana llevaba cinco años viviendo con su madre. La presencia de Ayla le ayuda a canalizar, en parte, las emociones provocadas por la muerte de su madre. Pero ¿podrá Yusuf enfrentarse al sentimiento de culpabilidad que le invade después del entierro?

Yusuf, el protagonista, empieza el filme como alguien que lo ha visto todo, un poeta seco de poesía, alguien a quien parece que el mundo le ha ofrecido lo que quería para acabar sintiendo un vacío inexplicable. Es la cáscara vacía de un urbanita y cuando tiene que volver al lugar donde nació se siente totalmente extraviado y aplastado.

A la muerte de su madre, Zehra, el poeta Yusuf vuelve al pueblo de su niñez, el cual no ha visitado en años. Ayla, una joven, lo espera. Yusuf no conoce de la existencia de esta lejana pariente, la cual ha vivido con su madre por cinco años… Yusuf se siente obligado a llevar a cabo el sacrificio que la muerte le impidió cumplir a su madre. Incapaz de soportar el ritmo pasivo de la vida campestre, los espacios llenos de fantasmas de amores y amigos pasados y, el creciente sentimiento de culpa, finalmente decide realizar el sacrificio. En compañía de Ayla, emprende el camino a la tumba del santo, a unas horas de distancia, para la ceremonia. Sin poder localizar el rebaño de donde seleccionar el animal para el sacrificio, Yusuf y Ayla deben pasar la noche en un hotel a orillas del lago volcánico. En el hotel, la atmósfera de festejo de un matrimonio, los atrae el uno al otro.
El desenlace es optimista, catártico, el hombre que renace del huevo primigenio y vuelve a comerse el mundo a pequeños y rápidos bocados, pedazos de ilusión que se deshacen en su boca.

Amante de los puntos suspensivos y de una poética de la esencialidad, Kaplanoglu, opta por contarnos la historia en un estilo totalmente reflexivo, y para poder lograr este objetivo hace uso recurrente de largos planos, silencios significativos y bellas imágenes cargadas de mensaje y emotividad. Como el tono de la historia es evocador y nostálgico, pues se trata de un viaje al pasado, la gama de los colores fríos y agrisados contribuye acertadamente a lograr esta atmósfera.

Destacable el excelente trabajo actoral de los dos protagonistas, Nejat İşler como Yusuf y Saadet Işıl Aksoy en el papel de Ayla, quienes logran una gran empatía y hacen que sus personajes, llenos de contención dramática, logren convencer.
En el apartado técnico, es necesario destacar la  fotografía excepcional de Özgür Eken, mediante la cual nos irá mostrando esa otra Turquía, sin grandes mezquitas ni suntuosos monumentos, la Turquía del campo, del monte y de la gente sencilla.

Finalmente, me parece importante mencionar que la película nos introduce en ciertas tradiciones y ritos, de vidas solitarias y sobre todo del interior de la esencia, de la Turquía más rural.

SEMIH KAPLANOGLU

Nació en 1963, en Izmir (Turquía). Se licenció en Cine y Televisión en la facultad de Bellas Artes de la Universidad Dokuz Eylül, de Izmir, en 1984.

Kaplanoglu debutó en la dirección cinematográfica, en el año 2000, con “Lejos de casa” (Herkes kendi evinde) una película sobre la nostalgia y las raíces. En el año 2004, realizó “La caída del ángel” (Melegin düsüsü) historia de Zeynep una humilde mujer que se revela contra la violencia de su padre y marido.

Posteriormente, el director turco da inicio a la que él llama la trilogía de Yusuf y que empezó con “Huevo” (Yumurta, 2007), siguió con “Leche” (Süt, 2008), y finaliza con “Miel” (Bal, 2010). En esta serie Kaplanoglu, sigue los pasos de su protagonista de manera inversa a la cronología tradicional: “Huevo” nos cuenta la etapa adulta del personaje, “Leche” la adolescencia y “Miel” la infancia. El realizador pretende con estos filmes, hacer un fresco de Turquía donde se aborden, entre otros temas,  las relaciones entre madres e hijos o las tensiones entre modernidad y tradición. Entre 1987 y 2003, escribió numerosos artículos sobre artes plásticas y cine, publicados y traducidos en varias revistas y periódicos turcos y extranjeros.

Kaplanoglu es uno de los guionistas, directores y productores contemporáneos más aclamados de su país.

CONFIDENCIAS MUY ÍNTIMAS

Por: Mario Arango Escobar.

CONFIDENCIAS MUY ÍNTIMAS (2004). DRAMA DURACIÓN: 102’.

Dirección: Patrice Leconte. Guión: Jérôme Tonnerre. Intérpretes: Sandrine Bonnaire, Fabrice Luchini, Michel Duchaussoy, Anne Brochet, Gilbert Melki, Laurent Gamelon.Título original: Confidences trop intimes. País: Francia. Fotografía: Eduardo Serra. Música: Pascal Estève.

Sinopsis: una mujer acude a una primera cita con un psiquiatra, pero se confunde de puerta y entra en el despacho vecino de un asesor fiscal, a quien empieza a contarle sus problemas matrimoniales. Esto será el detonante de un replanteamiento vital de los dos y una relación muy curiosa e indefinida. La película cuenta sólo el principio de esa relación, sus causas y motores.

Leconte no adentra en la historia con secuencias montadas de forma alternativa, donde, por un lado, vemos las pisadas firmes del personaje de Anna, interpretado por Sandrine Bonnaire, y por otro, reparamos en la portera de la finca a la que se dirige, que está literalmente pegada a la pantalla del televisor.

Tras el paréntesis que significó su película anterior, “El hombre del tren” (2002) en la que se cruzaban dos personajes masculinos que desarrollaban una amistad en el límite de sendos caminos vitales, Patrice Leconte retoma el tema que vertebra la mayoría de sus cintas: el enfrentamiento y acercamiento de personajes, emocionalmente heridos (siendo curiosamente la excepción, una de sus mejores películas, “Ridículo”, que no sigue exactamente este parámetro en su trama principal).

También retoma Leconte en “Confesiones muy íntimas” la idea del ambiente cerrado. Un espacio que delimita las acciones de los personajes a la vez que representa su personalidad y su vocación de soledad.

Los dos protagonistas comparten el ser personas golpeadas emocionalmente y sentimentalmente insatisfechas. El interés de William por las confidencias de Anna se basa en la proximidad de los problemas de ella y los suyos propios. Él vive enclaustrado en una vivienda y en un despacho anexo, que heredó de sus padres, que ocupó con su esposa Jeanne, hasta que ésta le abandonó por otro hombre, forzudo y primario. La soledad de su encierro doméstico se ve acentuada por la voluntaria escasez de luz y el aislamiento del exterior. Su único entretenimiento consiste en jugar con una colección de juguetes mecánicos infantiles. Los encuentros de Anna y William producen cambios en sus actitudes vitales y en sus expectativas, pero las soluciones que buscan son difíciles. La ambigüedad de Anna hace que el espectador se plantee si es del todo cierta su historia y qué pretende realmente.

La evolución que Leconte imprime a la historia gira básicamente, en torno a los intercambios de sentimientos y a los intercambios de roles. Así pues, Faber pasará de referente a paciente para, posteriormente, revolucionar su vida; estática hasta el momento.

Muy interesante la evolución interna de los personajes, a lo que contribuyen no sólo la sobria interpretación de Sandrine Bonnaire y Fabrice Luchini, sino la excelente labor conjunta de Leconte y el director de fotografía Eduardo Serra. Su capacidad para dar entidad al apartamento de William, para representar en su penumbra y en su maniático orden, la tristeza vital del asesor fiscal que constituye sin duda el gran mérito de la película. La puesta en escena de Leconte, en planos medios acompañados de discretos movimientos de cámara, no hace si no reforzar esta sensación de serenidad, de seguridad, pero también de monotonía que constituye la cotidianeidad de Faber. La rotura con su pasado se traduce en una abertura de ventanas y persianas, en una espléndida entrada de luz y de nuevos aires.

A pesar de que la acción del filme transcurre sobre todo en el despacho del asesor fiscal, y entre la pareja protagonista, el hecho de que Leconte opte por escenas brevísimas, a veces casi sólo una imagen, le dan movilidad a una historia, que podría haber sido claustrofóbica. Igualmente destacable la habilidad del director, para mantener el suspenso y la intriga hasta el final de la película. Y aunque no hay escenas de sexo, el deseo y la seducción están siempre presentes.

La música incluye una partitura original de Pascal Esteve, de cuerdas, clarinetes y piano. Además, se ofrecen temas de Wilson Picket, Rossini y John Sbarra. La fotografía utiliza planos medios y movimientos suaves de cámara. En algunas escenas reproduce la mirada del protagonista rodando cámara en mano. Con una preferencia destacada por los marrones, construye una narración visual de gran belleza. A partir de un guión esquemático, los diálogos fueron improvisados en gran parte por los protagonistas. Se incluyen algunos puntos de humor como la consulta psiquiátrica de William y el baile que ejecuta en su casa. La dirección ofrece una historia intimista, de exploración del alma humana, de frustraciones y de soledad, que interpretan personajes cercanos, naturales y realistas.

PATRICE LECONTE

Nació en París en 1947. Su interés por el cine nace desde que era un niño. En 1967, ingresó en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos, en el que compaginó su afición por el cómic y los dibujos animados, con la realización de cortometrajes.
A finales de la década de los años sesenta colaboró como crítico en la revista de cine “Cahiers du cinéma”.
Entre 1970 y 1974 trabajó como dibujante en la revista “Pilote”.

En 1971, filma un cortometraje llamado “El laboratorio de la angustia” (Le laboratoire de l’angoisse) y en 1973, hace otro titulado “La familia feliz” (La famille heureuse [Famille Gazul]). En 1974, escribe el guión para “El juego de las pruebas” (Le jeu des preuves) siendo la primera vez que participa en una película sin dirigirla. Todo lo que vendría después en su vida laboral sería cine, pues abandonará sus críticas sociales en “Pilote” en el año 1975, centrándose pura y exclusivamente en su verdadera pasión: la gran pantalla.

Su primera llegada al público internacional fue en 1989 con la película “Monsieur Hire”,  un inquietante y fascinante retrato sobre el “voyeurismo” que fue exhibida en el Festival de Cannes y que supone una gran ruptura con sus trabajos anteriores.
Otro de sus grandes éxitos sería “El marido de la peluquera” (Le mari de la coiffeuse, 1990) película que narra las simples y cotidianas relaciones entre un peluquero y su esposa, una peluquera, voluptuosa y sensual.

En el año de 1996, realiza otro de sus grandes filmes: “Ridículo” (Ridicule) curiosa sátira de la corte de Luis XVI con la que se proclamó como gran triunfador de la XXII edición de los César del cine francés.
Es a partir de entonces que este director parisino comienza a volcarse de lleno en un cine que indaga permanentemente en las relaciones humanas. Con personajes únicos, diferentes, contrapuestos, provocadores. En su filmografía pueden encontrarse obras y estilos muy diferentes, tanto por argumentos como por estilos.

“La viuda de Saint-Pierre” (La veuve de Saint-Pierre, 2000) un drama de época (la acción se desarrolla a mediados del XIX) en el que describe la historia de una mujer generosa, apasionada y libre, que cree en la rehabilitación de los condenados por la justicia.
Posteriormente realiza “El hombre del tren” (L’homme du train, 2002) película que narra el encuentro casual entre un profesor y un aventurero, que luego de conocerse se dan cuenta que sus destinos podrían haber sido diferentes.

En el 2004, dirige “Confidencias muy íntimas” (Confidences trop intimes) drama intimista que aborda la importancia de la comunicación para el ser humano.
Su siguiente película “Mi mejor amigo” (Mon meilleur ami, 2007) emotiva película que nos habla de la búsqueda desesperada del significado de algo que no se compra, que se encuentra, se trabaja, se comparte: la amistad.

Leconte es un cineasta, que cuenta con un conjunto de filmes que hacen una verdadera obra personal, en la que se ha encargado de evidenciar y analizar las hipocresías de la sociedad.  Desde sus primeros trabajos, impregnó sus obras de una crueldad irónica. A lo largo de su carrera, se ha consolidado a nivel internacional como uno de los cineastas franceses contemporáneos de mayor prestigio.