MIEL

Por: Mario Arango Escobar.

MIEL (2010). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 103’. PAÍS: TURQUÍA.

Dirección: Semih Kaplanoğlu. Guión: Semih Kaplanoğlu y Orςun Köksal. Intérpretes: Bora Altas, Erdal Besikςioğlu, Tülin Özen. Fotografía: Baris Özbiςer.

Sinopsis: Yusuf es un niño de extraordinaria sensibilidad. Aunque acaba de empezar el colegio, allí lo pasa fatal y prefiere acompañar a su padre Yakup en sus labores de apicultor. Cuando las abejas que sustentan a la familia desaparecen, Yakup se adentra en un bosque cercano para descubrir qué ha ocurrido. La tardanza de su regreso preocupa a Yusuf, que deja repentinamente de hablar, y también a su madre, que intenta buscar pistas. Decidido a encontrar a su padre, el pequeño emprende su propia búsqueda.

La película se abre con la imagen de Yakup, padre de Yusuf, buscando miel para dar paso rápidamente a un flashback que ocupará el resto del metraje. Los personajes no conocen el desenlace pero los espectadores sí, y aún así el director logra mantener el interés en la historia, que no decae en ningún momento.

Seguidamente asistimos a uno de los momentos más significativos—y bellos— en su metraje, un largo plano fijo encuadra la habitación en la que duermen Yusuf y su padre. El niño se levanta y su progenitor le pide que lea en voz alta el día en el calendario, mientras él sale por el marco de la puerta y se sienta en el exterior. Cuando Yusuf termina, Yakup le llama y le sienta sobre sus rodillas, y el niño le cuenta al oído el sueño que ha tenido. El plano descrito habla como prodigio visual que permite la convivencia de lo cotidiano y lo bucólico, lo rutinario y lo hermoso, la sombra y la luz; pero también habla de la intromisión de los sueños en una realidad frágil y desnuda, una constante que Kaplanoglu introduce con gran sensibilidad (la discreta, delicada alternancia entre lo onírico y lo presuntamente real).

La relación paterno-filial encuentra en “Miel” un espléndido exponente. El relato ahonda en la ternura existente entre Yusuf y su padre. Los escasos diálogos entre ambos, verbalizados entre susurros, aportan una consonancia espiritual al drama. La película muestra la universalidad de la niñez, capaz de traspasar cualquier frontera o barrera cultural.

Yusuf explora el entorno que le rodea y nos hace participes de ello. El mundo exterior aún está plagado de enigmas por descubrir en la mente de un niño de escasos 6 años de edad. Su mayor anhelo es conseguir el preciado premio (una especie de insignia), que entre aplausos, el profesor de su clase reparte a los alumnos que lo merecen. Todos sus compañeros van obteniendo poco a poco esta condecoración. Sin embargo, la torpeza de Yusuf al leer le impide alcanzarlo.

Esta película es una clara muestra de otro tipo de cine, alejado del cine occidental de grandes presupuestos, grandes historias, grandes actores, grandes efectos, grandes fuegos de artificio. Estamos ante un relato enormemente pausado donde lo importante  es tomarse su tiempo en describir las cosas en detalle, de forma meticulosa. Algo que roza en un ejercicio poético.

Con pasmosa lentitud, la historia va avanzando. Los lentos movimientos de la cámara coinciden con el andar pausado del joven protagonista. Entre los planos usados, llama la atención la reiteración en un plano subjetivo en el que el perfil de un personaje ocupa un lateral del plano, con el fondo desenfocado, o a la inversa. El burro que acompaña a la familia llega a ocupar esta privilegiada posición. Es así como Semith Kaplanoglu exhibe al espectador la descripción de lo que está ocurriendo. Uno de los pilares clave de la cinta.

La  magnífica fotografía, de tonos “vermerianos” en los interiores, se antepone a la historia, el paisaje a los actores, los ojos y la inocencia de Yusuf a todo, están por encima de todo. Recreándose en tomas excesivamente largas, trata de mostrarnos el detalle de la realidad cotidiana, como relato y exposición de cómo son las cosas que tenemos alrededor y que nunca nos paramos a contemplar. Y aquí el manejo exquisito del contraluz, de atmósferas indescriptibles, sirven perfectamente para revelar la mirada certera de un director lleno de sensibilidad.

El gran mérito de “Miel” es haber adoptado, con total acierto, el punto de vista de un niño en la narración. A la edad de seis años, la realidad es fragmentada, mezcla de realidades e irrealidades fruto de la imaginación que completa lo que la razón aún no alcanza a explicar. De ahí que en esa etapa de la infancia los padres sean seres admirables para los niños, pues son los guías que empiezan a alumbrar cómo funciona el mundo. Yusuf vive ese descubrimiento con tal intensidad que la ausencia repentina de su padre le deja desasistido en un mundo lleno de señales que es incapaz de interpretar.

Para que el espectador alcance la sensibilidad de la historia contada, Kaplanogu necesitaba dos elementos fundamentales: una presencia de la naturaleza poderosa y un protagonista con el que empatizar. Ambas búsquedas se hicieron con éxito ya que los bosques y parajes del noreste de Turquía mostrados, cerca del Mar Negro, son de una singular belleza y recogimiento. Por otra parte, la presencia del niño Bora Altas es de tal fuerza que es imposible no sentirse identificado de inmediato con él. Su fragilidad, su mirada y su gestualidad encandilan, alcanzando un altísimo grado de representación de la infancia. Yusuf es sin duda el motor de la película, muy bien acompañado en la interpretación por  Erdal Besikçioglu y Tülin Özen, en los papeles de padre y madre, respectivamente.

“Miel” es visualmente hermosa, con una intención poética, dotada de sensibilidad y ternura. El bosque, descrito como un lugar misterioso, adquiere una condición casi mágica. La sencillez de lo cotidiano, en apariencias ausente de acción, encuentra en el relato directo e íntimo la vía para generar el drama.

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