CÓDIGO DESCONOCIDO

Por: Mario Arango Escobar.

MICHAEL HANEKE

Nació en 1942, en Munich, Alemania. Hijo del director y actor alemán Fritz Haneke y de la actriz austriaca Beatrix Von Degenschil. La niñez y la juventud las pasó en un suburbio de Vienna. Asistió a la Universidad de Viena para estudiar filosofía, psicología y drama después de fracasar en sus primeros intentos en la actuación y la música.

Después de graduarse, se convirtió en un crítico de cine y entre 1967 y 1970 trabajó como editor y dramaturgo en la estación televisiva del sur de Alemania Südwestfunk.

Como dramaturgo dirigió varias producciones escénicas en Alemania, entre ellas obras de Strindberg, Goethe y Heinrich von Kleist en Berlín, Múnich y Viena. Hizo su debut como director televisivo en 1973.

Dirigió “El séptimo continente” (Der siebente Kontinent) en 1989, que muestra un estilo propio y áspero que enfrenta al espectador con todo aquello que trata de ocultar el cine convencional. “El Séptimo continente” era la primera película en la trilogía de glaciación de Haneke, luego vendría “El video de Benny” (Benny’s video, 1993), y por último: “71 Fragmentos en una cronología del azar” (71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls, 1994).

En 1997, Haneke filmó una adaptación inteligente y expresiva de la novela de Kafka “El Castillo” (Das Schloß). Según él, a partir de Kafka la narrativa fragmentaria ha sido uno de las condiciones básicas para un enfoque de la realidad.

Su film “Horas de terror” (Funny Games), de 1996 plantea la influencia de los medios audiovisuales y la ola de violencia que sacude el centro de Europa. Fue premiado en Cannes en 1997. En 1999, fue el turno de “Código desconocido” (Code inconnu: Récit incomplet de divers voyages) con guión de su autoría.

“La profesora de piano” (La pianiste, 2001), basado en la novela de la Premio Nobel Elfriede Jelinek. Con ella gana el prestigioso Gran Premio en el Festival de Cine de Cannes de 2001, sus protagonistas, Benoit Magimel e Isabelle Huppert, recibieron los premios de mejor actor y actriz.

Su siguiente trabajo, “Caché/Escondido” (Caché, 2005), es otro viaje a los oscuros secretos del alma humana. Con esta película, Haneke fue galardonado como Mejor Director en Cannes y recibió el premio a la mejor película en la ceremonia de Premios del Cine Europeo.

En el 2007, debuta en el mercado norteamericano, con el remake de su película “Horas de terror” (Funny Games), que fue producida por la actriz Naomi Watts, quien también actúa en el film.

En el 2009, recibió la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes, por su película “La cinta blanca” (Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte), que ganó el Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa y obtuvo nominaciones a mejor película extranjera y a la mejor fotografía en los premios Oscar. En ella, Haneke disecciona los orígenes del nazismo.

Desde 2002, ejerce como profesor de Dirección en la Academia de Cine de Viena y desde 2006, se dedica también a la dirección de ópera, siendo Don Giovanni y Cosi fan tutte de Mozart sus producciones más destacadas.

Cirujano de las pulsiones más oscuras e inconfesables del alma. Generalmente, sus películas no están dirigidas a la crítica ni a la audiencia. No formula respuestas ni cierra finales felices. Pretende que cada cual trabaje con su propia inteligencia. Son películas perturbadoras y sombrías, no son comerciales ni las realiza para complacer a nadie.

CÓDIGO DESCONOCIDO (2000). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 107′.

Dirección y guión: Michael Haneke. Intérpretes: Juliette Binoche, Thierry Neuvic, Josef Bierbichler, Ona Lu Yenke, Luminita Gheorghiu, Arsinée Khanjian, Alexandre Hamidi, Helene Diarra. Título original: Code inconnu: Récit incomplet de divers voyages. País: Francia, Alemania, Rumania. Fotografía: Jürgen Jürges. Música: Giba Gonçalves.

Sinopsis: en una concurrida calle de París, alguien echa un papel muy arrugado en la mano de una mendiga. Este es el lazo que, por unos instantes, une el camino de personajes muy dispares: Anne, una joven actriz que está a punto de empezar su carrera en el cine, apenas ve a su novio Georges, pues es fotógrafo de guerra. Jean, el hermano pequeño de Georges, no tiene ningún interés en ocuparse de la granja de su padre. Amadou, profesor de música en un instituto para niños sordomudos, es hijo de un africano que trabaja de taxista; tiene una hermana pequeña sorda, lo que explica la elección de su profesión. María es una rumana que manda a casa todo el dinero que consigue mendigando.

Haneke comienza su película con una escena, que llega a nosotros entre los títulos de crédito y que es un fiel reflejo de la falta de comunicación que padece la sociedad de hoy día. Vemos a un grupo de niños sordomudos y a una niña a la que, por medio de signos, sus compañeros le están haciendo preguntas. La niña, ante la imposibilidad de contestar acertadamente, se pone nerviosa y responde a todo de forma negativa, sumiéndose en un estado de desesperación interna. Fundido a negro (aquí, en esta película, Haneke vuelve a los cortes bruscos entre escenas).

Después viene un poderoso travelling/plano-secuencia. La cámara acompaña a Anne por la calle hasta que se encuentra con un joven que le dice que necesita alojarse en su casa. Tras resistirse un poco, accede y le da las llaves. El plano retrocede su camino y la cámara acompaña al joven que caminando lanza los restos de lo que parece un bocadillo al regazo de una indigente. Un joven negro le llama la atención de forma algo soberbia, como tratando de buscar pelea, que se suele decir. Comienza una sucesión de retos y agresiones verbales que llegan a su fin con la aparición de la policía.

Partiendo de este punto, se comienza a desarrollar la trama. Como vemos aquí y en muchos otros pasajes de la película, el lenguaje, la palabra hablada no es suficiente para que se produzca la comunicación, ya que el granjero podría expresar lo que siente hacia su hijo de muchas maneras, pero como a todos nosotros, le cuesta ser entendido y darse a entender. Y es que adolecemos todos de un mal terrible (uno de tantos), el de la incapacidad de comunicación. Los seres humanos no somos (la gran mayoría,) sino personajes perdidos en el gran teatro de la vida que no son capaces de expresar con claridad sus emociones y sólo pueden fingir que se quieren y que saben reírse, cuando en realidad están confundidos y perdidos como niños ciegos en el desierto de las relaciones personales.

Michael Haneke ataca directamente en esta película a una sociedad europea cada vez más cosmopolita pero cada vez más individualista, jugando con el espectador como si este fuese el protagonista principal de su obra, provocándole sensaciones de repulsa hacia las acciones que está observando pero a la vez provocándole sentimientos de culpa, ya que quién más quién menos, se puede llegar a sentir identificado de alguna manera con la acción reprobable que está pasando ante sus ojos. Cuántas veces hemos pasado por al lado de un mendigo, y cuántas veces lo hemos mirado como si fuese basura…

¿Qué hay detrás de cada uno de nosotros? ¿Qué hay detrás de una indigente? ¿O de una niña que llora de un modo desgarrador en casa del vecino? ¿Me debo preocupar en averiguar? ¿Debo permanecer al margen? ¿Las dos cosas a la vez según el caso en que me encuentre? ¿Le bajo los humos al que humilla a una mendigo aunque conlleve su deportación? ¿Voy a la policía porque una anciana no se atreve a denunciar por sí misma unos malos tratos?

Michael Haneke lleva 20 años construyendo una crónica sobre la decadencia de la sociedad occidental. El director no centra sus obras en el devenir de unos u otros personajes, no, siempre somos nosotros, el público el que está a este y al otro lado de la pantalla. Juega con nosotros, nos provoca, nos enreda en sus trampas y nos abandona a un lado del camino.

Estamos ante el poeta del horror, entendido este como producto de la incomunicación y del desconocimiento, de lo absurda que se ha vuelto la existencia humana, de la banalidad al fin y al cabo. Haneke no es un prestidigitador, ni un adivino, ni por supuesto un profeta. No nos dice donde está la salida, sólo actúa de notario. Da fe de lo que pasa, nos arroja todos nuestros pecados a la cara, nos demuestra que somos una sociedad enferma. Su cine te puede gustar o no, pero su mensaje cala hasta los huesos.

En cuanto a la parte técnica, la narrativa de la película es lo más notable: los largos plano-secuencias, la desnudez técnica y la conciencia explícita de estar utilizando el lenguaje cinematográfico; a esto se une el tipo de mirada que presenta el director, capaz de introducir lo general en lo particular. Una cinta que contiene una serie de piezas. Piezas de un rompecabezas conformado por varias historias. Historias que sólo tienen en común compartir por unos momentos el mismo espacio. Espacio que cada personaje aborda de manera distinta; distinta, pues cada quién sufre su propio drama.

Soy yo, y soy también cualquiera de esos viajeros del metro que no levantan la vista, que se hacen los sordos ante el grosero acoso a una mujer que viaja en el mismo vagón, y en mi recorrido por la ciudad me cruzo con otras personas que rozan mi vida y a las que olvido al instante: una mendiga rumana, un joven senegalés que la defiende. Escenas cortadas bruscamente que, como bofetadas, me arrojan ante el espejo en el que unos personajes ligados entre ellos durante breves instantes, me enfrentan con el aislamiento, la dificultad para comunicarnos, la máscara con la que tantas veces nos presentamos ante los demás, la soledad.

En “Código desconocido” Haneke decide sólo apuntar, es decir, abrir caminos de debate y reflexión en torno a estas dos apasionantes cuestiones, en detrimento de la historia, lo que deriva en que el espectador asiste a una película aparentemente inconexa, turbia en sus planteamientos de guión, pero que se revela muy atractiva según avanza su metraje. “Código desconocido” es una obra coral, con el protagonismo repartido entre casi una decena de personajes, y en donde el azar –los encuentros, casualidades y desencuentros- se convierte en el motor de la narración. Sin embargo, cada historia adquiere sentido por si sola, no necesita del resto para vivir y en este punto es donde Haneke reivindica, una vez más, la condición de apunte de su filme, compuesto por bosquejos tan precisos que logran transmitir al espectador la carga brutal de denuncia y desesperación que llevan dentro.

Sólo una actriz como Juliette Binoche, con el talento y la capacidad para transmitir a través del silencio que se esconde detrás de su bello rostro, puede cargar sobre sus espaldas este filme de vidas cruzadas. Sin embargo, Haneke distribuye a la perfección los momentos de lucimiento de su desconocido y lleno de talento grupo de actores para alcanzar el equilibrio indispensable en este género que vive un verdadero auge.

La película, una difícil y contundente propuesta fílmica, acaba sumida en el caos sonoro de la música ensordecedora que sale de los tambores aporreados por los niños sordomudos. Un ruido siempre presente en nuestras vidas (ruido sonoro y visual) que no nos deja escuchar lo que ocurre a nuestro alrededor.
El problema de que no nos entendamos entre nosotros no es, creo yo, que hablemos idiomas distintos sino que no sabemos bien qué decirnos y cuando nos atrevemos a hablar de verdad, no a soltar palabras sin sentido porque sí, nos encontramos con que la otra persona ni sabe escucharnos ni tan siquiera quiere oír lo que le vamos a contar, por lo que, como se suele decir, no sólo no se puede sino que además es imposible…

 

EL HÚSAR EN EL TEJADO

Por: Mario Arango Escobar.

JEAN- PAUL RAPPENEAU

Nació en Auxerre, Francia en 1932. Licenciado en Derecho, a principios de los años sesenta comienza a trabajar como ayudante de los directores Alain Cavalier, Philippe de Broca y Louis Malle. Como guionista, Rappeneau dejó su sello en una serie de películas que ya han pasado a formar parte de la historia de cine. En 1959, escribió “El Toisón de Oro” (Signé Arsène Lupin) para Yves Robert. Fue el guionista de Louis Malle en dos ocasiones: “Zazie en el metro” (Zazie dans le métro,1960) y “Vida privada” (Vie privée, 1961). Este mismo año, Alain Cavalier dirigió “Hielo y fuego” (Le combat dans l´ile), también con una historia de Rappeneau. Y en 1964, escribió el guión de “El hombre de Río” ( (L’homme de Rio), dirigida por Philippe de Broca.

Debuta como realizador con la comedia “Esposa ingenua” (La vie de château, 1965), situada al final de la ocupación alemana de Francia, durante la II Guerra Mundial. La historia nos habla de un matrimonio que vive en un apartado castillo. La esposa, interpretada por Catherine Deneuve, sueña con viajar a París, pero su esposo, preocupado por la fidelidad de su mujer, prefiere que ésta, esté aislada en el campo. Hasta que unos soldados alemanes acaban con la tranquilidad del castillo.

“Gracias y desgracias de un casado del año II” (Les mariés de l’an deux, 1971) ambientada en los años de la revolución francesa, protagonizada por Jean Paul Belmondo, combina lo cómico y lo aventurero. Un hombre es perseguido por el asesinato de un hombre… pero también por traer de América, trigo envenenado.

Su mejor trabajo es la comedia romántica “Mi hombre es un salvaje” (Le sauvage,1975) en gran parte desarrollada en una isla colombiana con la perfecta pareja Catherine Deneuve e Ives Montand. Después de su boda en Caracas, Nelly se escapa. Mientras su esposo la busca, ella pide ayuda a un francés que acaba de conocer. Éste le da el dinero para que regrese a París, sin embargo Nelly no viaja, para quedarse al lado del francés.
En 1982, dirige la comedia convencional, “Todo el fuego y las llamas” (Tout feu, tout flamme, 1982), que enfrenta a un seductor padre, encarnado por Yves Montand, y a su atractiva hija, interpretada por Isabelle Adjani.

En 1990 dirige “Cyrano de Bergerac”, cuidada adaptación de la famosa obra de teatro homónima de Edmon Rostand que le otorga una proyección internacional, aunando el reconocimiento de la crítica y del público. En 1995, realiza “El húsar en el tejado” (Le hussard sur le toit, 1995), ambiciosa, lograda y brillante adaptación de la conocida novela de Jean Giono, cinta presentada en el cieneclub.

Vuelve a los años de ocupación alemana de Francia en la ambiciosa comedia de acción “Bon voyage” (2003), sobre guión original del conocido novelista Patrick Modiano y suyo, en torno a unos personajes que huyen de París y se encuentran en un hotel de Burdeos.

Durante apróximadamente treinta años, la filmografía de Rappeneau se reduce a seis títulos. La razón hemos de buscarla en su pasión primera, que está ligada a la labor de guionista. Perfeccionista, meticuloso, aspira a dotar a sus películas de esa redondez en los detalles, capaz de componer el guión ideal. Las correcciones, los retoques y las ampliaciones hacen que una obra suya vea la luz con una cadencia de cinco años. Su reconocimiento como esmerado guionista le ocupa también en trabajos de otros directores, salvando en ocasiones textos que ya habían sido abandonados o estaban faltos de resolución; en muchas ocasiones trabajando de forma anónima. No es de extrañar por tanto que se interesara por la historia de Cyrano de Bergerac: un hombre cuya pasión es escribir, y que desinteresadamente lo hace para otro, quedando él en la sombra.

EL HÚSAR EN EL TEJADO (1995). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 124’.

Dirección: Jean-Paul Rappeneau. Guión: Jean-Paul Rappeneau, Nina Companeez, Jean-Claude Carrière (Novela: Jean Giono). Intérpretes: Juliette Binoche, Olivier Martinez, Claudio Amendola, François Cluzet, Jean Yanne, Pierre Arditi, Isabelle Carré, Paul Freeman, Richard Sammel, Carlos Moreno, Gérard Depardieu. Título original: Le hussard sur le toit. País: Francia. Fotografía: Thierry Arbogast. Música: Jean-Claude Petit.

Sinopsis: en 1832, el cólera devasta la Provenza francesa. Al mismo tiempo, los italianos intentan librarse del control de Austria. En medio de esta situación, el coronel Angelo Pardi, un joven oficial italiano, encuentra a Pauline de Theus, una bella mujer que busca a su marido.

Muy interesante como muestra los estragos del cólera, abatiéndose sobre el sur de Francia. Por un lado los estragos puramente físicos o ambientales, retratados con algún efectismo y algo de crudeza. Por otro lado, el miedo que se extiende a la pandemia, a la muerte, generando un clima entre la población que recuerda el de la caza de brujas de décadas antes, sacando lo peor de todo el mundo. Nadie esta a salvo de caer víctima de la enfermedad, nadie se libra de degradarse por su miedo a ella, y los protagonistas, a veces, reflexionan sobre las causas y consecuencias de todo ello. No sólo hay que luchar contra el cólera, sino también contra quienes huyen de él: paranoia, pánico, persecuciones.

El protagonista, huyendo de sus perseguidores contrarrevolucionarios, se ha encontrado huyendo también del cólera, la aterrorizada población, los dragones franceses, e incluso de los cuervos. Todo esto de pie a una narración a veces trepidante, en cuanto a la sucesión de situaciones y escenarios, que nunca se detiene ante lo innecesario; ágil y amena, con los momentos lúcidos justos.Una fotografía magnífica en la que predominan los contrastes de luces y sombras. El maravilloso manejo de la luz, hace pensar en los pintores románticos e impresionistas, que se deleitaron y plasmaron en sus obras la belleza y el encanto de la campiña francesa.

La música, con melodías evocadoras y nostálgicas, envuelve la historia y crea esa atmósfera de incertidumbre y de miedo. La banda sonora no está compuesta como generadora del ritmo de la película, ya que este se logra a través de las imágenes y del movimiento.

Binoche, de nuevo esplendida en otro papel de mujer misteriosa y de entereza fuera de lo común; con voluntad a prueba de balas, dignidad y desprecio por lo bajo y afectado. Su personaje de Pauline de Théus, imprime interés en la historia, sobre todo cuando ocurre el encuentro entre ella y el joven militar, ya que la atracción entre ambos es indiscutible; no obstante que sus sentimientos permanecen siempre en el aire, cubiertos de un halo de misterio.

“El húsar sobre el tejado” está adaptado de una novela de Jean Giono, un escritor que se centra en la vida de las provincias francesas y que disfruta de un estatus en Francia equivalente a John Steinbeck en EEUU.

 

HERIDA

Por: Mario Arango Escobar.

LOUIS MALLE

(1932-1995). Nació el 30 de octubre de 1932 en la pequeña localidad francesa de Thumeries, al norte de Francia. Perteneciente a una familia burguesa, criticó como pocos la moral de su clase. No dudó en atacar duramente la actitud de su país en la Segunda Guerra Mundial. Coincidió en espacio y tiempo con los autores de la Nouvelle Vague, pero nunca se enmarcó en ningún movimiento ético ni estético. Hombre de profundas convicciones, Malle labró una carrera cinematográfica firme, personal y sincera que le valió el reconocimiento de la crítica. Se gradúa en Ciencias Políticas en la universidad de la Sorbona.

En 1950, tras vencer la oposición de su familia, ingresa en el Instituto de Altos Estudios de Cinematografía en París. Inmediatamente, después de graduarse fue contratado en 1955 por el oceanógrafo Jacques-Yves Cousteau como operador de cámara en el barco Calypso. Cousteau le promovió pronto a co-director de “El mundo del silencio” (Le monde du silence), con el cual ganaron el Oscar al mejor documental y la Palma de oro en el Festival de Cannes de 1956. Ese mismo año trabaja también con Robert Bresson de ayudante de dirección en “Un condenado a muerte se ha escapado” (Un condamné à mort s’est échappé o Le vent souffle où il veut).

Su primer largometraje como director y guionista fue “Ascensor para el cadalso” (Ascenseur pour l’échafaud, 1958), Jeanne Moreau era la protagonista de esta historia policíaca, y la actriz repetiría con Malle ese mismo año con “Los amantes” (Les amants, 1958), donde el tema es el amor extraconyugal y la infidelidad. Con esta cinta obtuvo el premio especial del jurado en el festival de Venecia. Su contenido provocó la intervención de la Corte suprema de Estados Unidos tras su estreno.

Su situación económica le permitía gozar de recursos propios. Produce, escribe y dirige su siguiente película “Zazie en el metro” (Zazie dans le métro, 1960), una sátira de la sociedad francesa vista desde los ojos de la pequeña Zazie. Malle cuenta la visión del mundo adulto que tiene una niña de doce años mientras pasa el día al lado de su excéntrico tío en París durante la visita de su madre al amante de ésta.

En 1962 filma “Vida Privada” (Vie privée, 1962), protagonizada por Brigitte Bardot y Marcello Mastroianni, con guión del propio Malle y Jean-Paul Rappeneau. Vuelve a obtener el premio especial del jurado en el festival de Venecia con “Fuego Fatuo” (Le feu follet, 1963), que escribe y dirige y en la que vuelve a tratar un tema polémico, el suicidio.  En 1965 vuelve a trabajar con Jeanne Moreau y Brigitte Bardot en “Viva Maria!”.
Dirige a Jean-Paul Belmondo y Geneviève Bujold en “El ladrón de París” (Le voleur, 1967) y se consagra como documentalista con “Calcutta” (1969), una impactante visión de la ciudad de la India y sus contrastes, en la que pone la voz a la escueta narración y vuelve a ser guionista.

Sus dos siguientes películas vuelven a levantar cierta polémica. Tras su regreso de la India rueda “El soplo al corazón” (Le souffle au coeur, 1971), en la que describe la relación incestuosa entre una madre y su hijo y que genera una fuerte polémica en Francia, pero obtiene con ella su primera nominación al Oscar por el guión original. Relatada con total libertad y sin ningún tipo de juicio respecto a sus protagonistas, la película muestra a la perfección las maneras de un cineasta que en ningún caso buscó la polémica sino la destrucción de los tabúes que todavía hoy aterran a nuestra ‘liberal’ sociedad.

“Lacombe Lucien” (1974), premiada en diversos festivales y nominada al Oscar como película de habla no inglesa, describe la ocupación alemana en Francia durante la Segunda Guerra Mundial y la evolución hacia el colaboracionismo de su joven protagonista.

Tras la nueva polémica Louis Malle se traslada a Hollywood donde filmará algunas de sus películas más importantes. Dirige y produce “Niña bonita” (Pretty Baby, 1978), el fin que lanza a la fama a Brooke Shields. La película aborda la explotación sexual de la mujer.
“Atlantic City” (1980), obtiene cinco nominaciones a los Oscar, entre otras mejor director, película, actor para un espléndido Burt Lancaster y actriz para Susan Sarandon. Ampliamente premiada en distintos festivales, la película obtuvo el León de oro en el festival de Venecia.

Malle vuelve a Francia para producir, escribir y dirigir su obra más conocida, “Adiós muchachos” (Au revoir les enfants, 1987) con la que triunfa indiscutiblemente. Basada en sus experiencias personales durante la Segunda Guerra Mundial que le marcaron profundamente. La película narra las vivencias de los protagonistas en un internado y como allí es ocultado de los nazis un brillante estudiante judío. Con este film obtuvo siete César de la academia francesa y el León de oro en el festival de Venecia, además de dos nominaciones a los Oscar.

Su vida discurre entre Francia y los Estados Unidos y en la década de los noventa dirige sus dos últimas películas antes de caer gravemente enfermo: “Herida” (Damage, 1992) criticada por su forma de presentar la relación sexual de sus protagonistas y “Vania en la calle 42” (Vanya on 42nd Street, 1994), basada en la versión de David Mamet, es la filmación de los ensayos de una compañía teatral de cara a la representación.

HERIDA (1992). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 111’.

Dirección: Louis Malle. Guión: David Hare (Novela: Josephine Hart. Intérpretes: Jeremy Irons, Juliette Binoche, Miranda Richardson, Rupert Graves, Ian Bannen, Leslie Caron. Título original: Damage. País: Reino Unido, Francia. Fotografía: Peter Biziou. Música: Zbigniew Preisner.

Sinopsis: peligrosa aventura de amor y sexo entre un hombre maduro y la prometida de su hijo. Él es un respetable miembro del Parlamento, pero está dispuesto a dejarlo todo por ella; ella, calculadora y pragmática, está decidida a casarse con su novio.

Penúltimo film de Louis Malle. Escrito por David Hare, que adapta la novela “Damage” (1991), de la irlandesa Josephine Hart. Se rueda en exteriores de Londres y París. La acción principal tiene lugar en Londres, Bruselas y París, en un tiempo de entre 4 a 6 semanas, en 1991, con un epílogo situado apróximadamente un año más tarde (1992).

Stephen Fleming es un político de prestigio, tiene una familia adorable, vive confortablemente en una casa magnífica. Su vida está perfectamente instalada, hasta que aparece la novia de su hijo Martyn. Una Juliette Binoche hermosa, sensual, con un magnetismo animal que atrae sin remedio al hasta entonces comedido Stephen.

Ella es oscura y porta heridas incurables. Melancólica, silenciosa, enigmática, ardiente e insaciable. En Martyn, ella busca un hogar, amor duradero, estabilidad. Stephen es su lado más primitivo y salvaje, es la sexualidad extrema y desenfrenada, su desfogue, como ella lo es también para él. Con Martyn, Anna trata de huir de sus fantasmas. Con Stephen, se los encuentra cara a cara y disfruta dolorosamente del placer prohibido. Para Stephen, Anna es la pasión desbocada que descubre por primera vez. Es obsesión, placer infinito, culpa y condena.

El film desarrolla un drama pasional, que brinda al realizador la oportunidad de explorar uno de sus temas preferidos: las relaciones humanas poco convencionales de sexo, amor y pasión.
La interacción entre los dos personajes da lugar a una situación potencialmente destructiva que afecta al hombre y a la mujer. La narración es de formato clasicista. El guión usa expresiones concisas y estilizadas. El relato adopta formas contenidas, equilibradas y sobrias, apoyadas en elipsis y sobrentendidos. El foco de atención se centra en problemas humanos: drama interior, pasiones irrefrenables, reacciones instintivas.
La música, a cargo de Zbigniew Preisner, es de corte clásico, con acordes pausados y profundos. El tema principal se inicia con un solo de piano, pasando luego a cuerdas y acabando con guitarras. Se constituye en el regulador abstracto de la tensión fílmica, no anticipa, no constituye un añadido, sino que contribuye a ilustrar el lúgubre estado sentimental que predomina en la película, fundiéndose al final con la emblemática fotografía del triángulo amoroso.

La fotografía, de Peter Biziou, ofrece colores matizados, encuadres equilibrados, composiciones armónicas y movimientos de cámara suaves. La escena de la escalera es todo un prodigio de encuadre singular.

Una cinta sobre cómo se pierden los estribos por dar cabida al placer vedado, sobre cómo es imposible controlar todas las variables que se presentan en la vida, sobre cómo la razón es vencida por la pasión, sobre la obsesión del sexo y el desahogue instintivo, sobre las cicatrices imborrables de un pasado amoroso traumático, sobre la decadencia moral, sobre el derrumbe de una familia bien constituida, sobre el desenfreno irresponsable que no mide las posibles y trágicas consecuencias físicas y anímicas de un acto inmoral.

 

LOS AMANTES DE PONT-NEUF

Por: Mario Arango Escobar.

LEOS CARAX

Nació en Suresnes, Francia, el 21 de noviembre de 1960. Con apenas dieciséis años, y recién finalizados sus estudios secundarios, rueda su primer cortometraje, y muy poco después empieza a colaborar como cronista cinematográfico en distintos diarios así como en la prestigiosa Cahiers du Cinèma. Es precisamente esta revista la que le sirve como plataforma para darse a conocer, y la que apoyará su carrera desde el principio y de manera incondicional. Hasta sus exabruptos contra el conjunto del cine que se hace, del que manifiesta estar asqueado, serán a partir de ese momento, contemplados por parte del público y de la crítica internacionales como diagnósticos sinceros de un genio llamado a convertirse en el cineasta europeo del siglo XXI.

Su debut en el campo del largometraje se produciría con 21 años gracias a “Chico conoce chica” (Boy Meets Girl, 1984), donde se parte de la típica estructura de la comedia romántica para contarnos de forma renovadora la historia de siempre. Mezclando varios registros, como el cine experimental,  imágenes de vídeo o manipulaciones sobre la banda de sonido, cuenta la obsesión de un adolescente por una chica a la que ha conocido de manera casual. Ese afán experimentador lleva a Carax a concluír el filme con la ruptura sentimental de la pareja, rodada de distintas maneras y con diferentes diálogos. Amante de lo ornamental, y no tanto de la historia que cuenta, desde “Chico conoce chica” plantea sofisticadas puestas en escena.

Frente a la oscuridad de su anterior filme opta por la línea clara en “Mala sangre” (Mauvais sang, 1986). El film cuenta la amarga historia de un hombre que roba un virus capaz de provocar la muerte de aquellos que hacen el amor sin quererse verdaderamente.
En “Los amantes de Pont-Neuf” (Les amants du Pont-Neuf, 1991), que narra los amores de dos vagabundos que duermen en el puente, mostraban la fascinación de Carax por la estética de la enfermedad, la putrefacción y la suciedad.

“Pola X” (1999) Un joven escritor queda intrigado con una mujer misteriosa que dice que es su hermana perdida, con la cual  comienza una relación.                                     “Tokio!” (2008), producción colectiva, en la cual varios directores presentan su mirada personal sobre la capital nipona, el segmento de Carax lo protagoniza Denis Lavant, caracterizando un ser que vive en las alcantarillas.

Su último largometraje, filmado en París, “Holly Motors” (2012), tiene de nuevo como personaje principal al inquietante Denis Lavant.

Pocos cineastas surgidos en la década de los ochenta muestran perfiles tan controvertidos como Leos Carax. Acusado de megalómano, paranoico y caprichoso por sus numerosos detractores, y de genial, rupturista o fascinante por otro importante número de aficionados, lo cierto es que tanto su misma personalidad como las películas que hace no dejan indiferente a nadie. Influenciado por experimentalistas como Jean-Luc Godard, Robert Bresson, y empedernido cinéfilo, es considerado uno de los mejores directores jóvenes de Europa.

LOS AMANTES DE PONT-NEUF (1991). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 25’.

Dirección y guión: Leos Carax. Intérpretes: Juliette Binoche, Denis Lavant, Klaus-Michael Grüber, Daniel Buain, Marion Stalens, Chrichan Larson, Edith Scob. Título original: Les amants du Pont-Neuf. País: Francia. Fotografía: Jean-Yves Escoffier. Música: Varios.

Sinopsis: En torno al Pont-Neuf, el puente más antiguo de París, se desarrolla una fascinante historia de amor entre dos vagabundos: Alex y Michelle. Él es un frustrado artista de circo a causa de su adicción al alcohol, y ella es una pintora que ha sufrido una dolorosa ruptura sentimental y, además, se está quedando ciega. Entre ellos nace un sentimiento cada vez más fuerte de mutua dependencia…

La película comienza de una manera aparentemente documental para llevar pronto al espectador a los grandes sentimientos, al gran colorido, a la magia de lenguaje y la música. La escena del comienzo con unos indigentes está rodada de manera realista y cruel. Lo curioso es que, a mi parecer, esta película tiene algunos puntos en común con “Azul”, de Kieslowski, sobre todo por el comienzo, con una música vibrante de un violoncelo, con la cámara enfocando desde un coche, con planos de las manos de los que están en el mismo coche acariciando con ternura, o el personaje de Juliette Binoche que escapa de una relación con un músico, y que en una escena en el metro de París, oye una melodía producida por un violoncelo (la misma música que oímos al principio) que le recuerda a su expareja y corre por los pasillos en su búsqueda. Con esto no quiero decir que el señor Kieslowski tuviera esta película como referencia, pero me parece algo para resaltar.

La acción principal tiene lugar en París a lo largo de varios meses del verano/otoño de 1991, para continuar 2-3 años más tarde. París acoge, una vez más, una historia romántica, que en esta ocasión habla de exclusión social y miseria.

La narración enmarca la historia en un juego multicolor de fuegos artificiales, imágenes recortadas, juxtapuestas y rapidísimas del desfile militar del primer día del año (21-09-1991) de la celebración del II Centenario de la República. Destaca la afición al fuego del autor, cuya presencia se multiplica de modo sorprendente: fuegos artificiales, número circense de Alex, arrojando fuego por la boca, hornillo de café, vela, incendio intencionado de una furgoneta, etc.

La música ocupa una posición preeminente en la obra, que comienza y se cierra con “Los amantes”. Incluye fragmentos vibrantes de chelo, percusión, violines y orquesta. La fotografía luce el mejor estilo de Carax, con travellings largos, escenas nocturnas excelentes, luces urbanas de atardecer y alba de gran lirismo, oleaje del mar que se rompe largamente en espuma blanca a los pies de un acantilado nevado. El guión renuncia a la descripción miserabilista en beneficio del relato de un amor apasionado, sincero y alocado (ajeno a todo lo que le rodea y afecta), que exalta con convicción. Brillante actuación de la magnífica Juliette Binoche, que nos demuestra su portentoso talento con una intervención paradigmática, y monsieur Denis Lavant actor reconocido en Francia que consigue bordar un papel muy complicado.

La dirección construye, tras 3 años de preparación, una obra emocionante, que combina imágenes incómodas (afeamiento de Michelle, heridas de Alex, vestimenta zarrapastrosa) con un arrebato de belleza visual y sonora. Película impregnada del estilo singular del autor, aficionado a asociar amor y locura y a exhibir sus obsesiones por el fuego y la mar.
Un romance en el margen, a orillas del París de los que tienen casa, dirección, familia, amigos, trabajo, esa rutina del orden, la limpieza, el confort, los planes, el estrés, la calidez de unas paredes protegidas de los elementos. Carax filma a los que se acuestan en el suelo o en los bancos tapados con telas viejas, plásticos y cartones.

Y la noche será suya, los fuegos artificiales del segundo centenario de la Revolución danzando alocadamente sobre las aguas del majestuoso río, la locura de noches etílicas sin nada más que perder, sin otra posesión personal que la necesidad de estar juntos en las tinieblas.

Una de las mejores películas románticas de todos los tiempos. Es como si Leos Carax se hubiera propuesto realizar la contra-comedia-romántica: a ver, el escenario, ¿cuál es el marco romántico por antonomasia? ¿París? Vale, pero nada de Torre Eiffel o Campos Elíseos. Aquí vemos un París desolado, sórdido y que casi consigue apestar. De “galán” aparece Denis Lavant que, ciertamente, no tiene nada de guapo. Ella, la Binoche, sí que es preciosa, pero aquí nos la muestran tuerta y “afeada”. Y los dos son vagabundos que no tienen ni dónde lavarse y no saben que derroteros puede tomar su vida. Pero no se trata de hacer un simple ejercicio de inversión o de sátira, en realidad, este ligero feísmo es solo para que no demos tanta importancia a las formas, para que logremos apreciar el fondo de los personajes, para que veamos la belleza que expresa la historia.
El juego favorito de Carax es la contraposición. Yuxtapone la hermosura de ese amor a la suciedad del entorno, la felicidad con el egoísmo y la posesión, las situaciones sórdidas con las de cándida belleza, la locura y la ternura. Para Carax el amor no es algo totalmente puro e inocente, si no que es egoísmo, locura, fiebre, subversión, belleza, euforia, algo tan hermoso que cuando se experimenta uno no se ve capaz de vivir sin ello.

Por eso vemos como Alex se agarra a esa relación como si fuera un clavo ardiendo cuando cree que puede acabar y antepone su posesión al bienestar de su pareja. Pero no es un acto de malicia gratuito, solo estamos viendo a un hombre que ha pasado muy malos momentos en su vida y que por fin ha encontrado algo bueno para él, y por tanto no quiere perderlo. El infierno antes que la soledad. Carax demuestra que se puede poner de todo si se hace de la forma oportuna. A su manera consigue poner escenas dulces (la carrera de esquí acuático sobre el Sena, la carrera en la playa, los fuegos artificiales) con otras más bien retorcidas (las heridas, cuando Alex provoca el aislamiento del mundo exterior) sin que te parezcan odiosas o cursis. Y ese es uno de sus grandes éxitos, crear un hermoso y emotivo relato de la vida en la calle que coquetea con el realismo mágico, no exento de cierto aire circense. El amor loco en estado puro.

El  director maneja la cámara de manera fantástica, capaz de realizar largos y elegantes travellings sin que de la impresión que esa sea su principal meta, y es además un gran creador de imágenes, capaz de dotarlas de un aire íntimo muy particular, de transmitir las texturas de la noche o mostrarte planos de enorme lirismo (como se ve en la borrachera de los fuegos artificiales, las imágenes de las puestas de sol).

En cuanto a la labor de los actores es, sencillamente, fabulosa. La Binoche está particularmente excelente en esa interpretación de chica frágil, desesperada, rota por dentro, adorable, tierna, irresistible. Ella es el alma de esta película. Pero Lavant tampoco se queda muy atrás y con gran acierto crea un personaje oscuro, curtido en la miseria, pero tierno por dentro.

Película de cómo el amor puede surgir en medio de una gran degradación física y moral, y en el lugar más insospechado. Más que la anécdota, lo que importa es la imagen visual, y su secuencia, y su ruptura, y el encadenamiento con otra, o con el ruido, el rumor, el grito, la música…: las otras palabras de ese otro lenguaje que es el cine.