LOS AMANTES DE PONT-NEUF

Por: Mario Arango Escobar.

LEOS CARAX

Nació en Suresnes, Francia, el 21 de noviembre de 1960. Con apenas dieciséis años, y recién finalizados sus estudios secundarios, rueda su primer cortometraje, y muy poco después empieza a colaborar como cronista cinematográfico en distintos diarios así como en la prestigiosa Cahiers du Cinèma. Es precisamente esta revista la que le sirve como plataforma para darse a conocer, y la que apoyará su carrera desde el principio y de manera incondicional. Hasta sus exabruptos contra el conjunto del cine que se hace, del que manifiesta estar asqueado, serán a partir de ese momento, contemplados por parte del público y de la crítica internacionales como diagnósticos sinceros de un genio llamado a convertirse en el cineasta europeo del siglo XXI.

Su debut en el campo del largometraje se produciría con 21 años gracias a “Chico conoce chica” (Boy Meets Girl, 1984), donde se parte de la típica estructura de la comedia romántica para contarnos de forma renovadora la historia de siempre. Mezclando varios registros, como el cine experimental,  imágenes de vídeo o manipulaciones sobre la banda de sonido, cuenta la obsesión de un adolescente por una chica a la que ha conocido de manera casual. Ese afán experimentador lleva a Carax a concluír el filme con la ruptura sentimental de la pareja, rodada de distintas maneras y con diferentes diálogos. Amante de lo ornamental, y no tanto de la historia que cuenta, desde “Chico conoce chica” plantea sofisticadas puestas en escena.

Frente a la oscuridad de su anterior filme opta por la línea clara en “Mala sangre” (Mauvais sang, 1986). El film cuenta la amarga historia de un hombre que roba un virus capaz de provocar la muerte de aquellos que hacen el amor sin quererse verdaderamente.
En “Los amantes de Pont-Neuf” (Les amants du Pont-Neuf, 1991), que narra los amores de dos vagabundos que duermen en el puente, mostraban la fascinación de Carax por la estética de la enfermedad, la putrefacción y la suciedad.

“Pola X” (1999) Un joven escritor queda intrigado con una mujer misteriosa que dice que es su hermana perdida, con la cual  comienza una relación.                                     “Tokio!” (2008), producción colectiva, en la cual varios directores presentan su mirada personal sobre la capital nipona, el segmento de Carax lo protagoniza Denis Lavant, caracterizando un ser que vive en las alcantarillas.

Su último largometraje, filmado en París, “Holly Motors” (2012), tiene de nuevo como personaje principal al inquietante Denis Lavant.

Pocos cineastas surgidos en la década de los ochenta muestran perfiles tan controvertidos como Leos Carax. Acusado de megalómano, paranoico y caprichoso por sus numerosos detractores, y de genial, rupturista o fascinante por otro importante número de aficionados, lo cierto es que tanto su misma personalidad como las películas que hace no dejan indiferente a nadie. Influenciado por experimentalistas como Jean-Luc Godard, Robert Bresson, y empedernido cinéfilo, es considerado uno de los mejores directores jóvenes de Europa.

LOS AMANTES DE PONT-NEUF (1991). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 25’.

Dirección y guión: Leos Carax. Intérpretes: Juliette Binoche, Denis Lavant, Klaus-Michael Grüber, Daniel Buain, Marion Stalens, Chrichan Larson, Edith Scob. Título original: Les amants du Pont-Neuf. País: Francia. Fotografía: Jean-Yves Escoffier. Música: Varios.

Sinopsis: En torno al Pont-Neuf, el puente más antiguo de París, se desarrolla una fascinante historia de amor entre dos vagabundos: Alex y Michelle. Él es un frustrado artista de circo a causa de su adicción al alcohol, y ella es una pintora que ha sufrido una dolorosa ruptura sentimental y, además, se está quedando ciega. Entre ellos nace un sentimiento cada vez más fuerte de mutua dependencia…

La película comienza de una manera aparentemente documental para llevar pronto al espectador a los grandes sentimientos, al gran colorido, a la magia de lenguaje y la música. La escena del comienzo con unos indigentes está rodada de manera realista y cruel. Lo curioso es que, a mi parecer, esta película tiene algunos puntos en común con “Azul”, de Kieslowski, sobre todo por el comienzo, con una música vibrante de un violoncelo, con la cámara enfocando desde un coche, con planos de las manos de los que están en el mismo coche acariciando con ternura, o el personaje de Juliette Binoche que escapa de una relación con un músico, y que en una escena en el metro de París, oye una melodía producida por un violoncelo (la misma música que oímos al principio) que le recuerda a su expareja y corre por los pasillos en su búsqueda. Con esto no quiero decir que el señor Kieslowski tuviera esta película como referencia, pero me parece algo para resaltar.

La acción principal tiene lugar en París a lo largo de varios meses del verano/otoño de 1991, para continuar 2-3 años más tarde. París acoge, una vez más, una historia romántica, que en esta ocasión habla de exclusión social y miseria.

La narración enmarca la historia en un juego multicolor de fuegos artificiales, imágenes recortadas, juxtapuestas y rapidísimas del desfile militar del primer día del año (21-09-1991) de la celebración del II Centenario de la República. Destaca la afición al fuego del autor, cuya presencia se multiplica de modo sorprendente: fuegos artificiales, número circense de Alex, arrojando fuego por la boca, hornillo de café, vela, incendio intencionado de una furgoneta, etc.

La música ocupa una posición preeminente en la obra, que comienza y se cierra con “Los amantes”. Incluye fragmentos vibrantes de chelo, percusión, violines y orquesta. La fotografía luce el mejor estilo de Carax, con travellings largos, escenas nocturnas excelentes, luces urbanas de atardecer y alba de gran lirismo, oleaje del mar que se rompe largamente en espuma blanca a los pies de un acantilado nevado. El guión renuncia a la descripción miserabilista en beneficio del relato de un amor apasionado, sincero y alocado (ajeno a todo lo que le rodea y afecta), que exalta con convicción. Brillante actuación de la magnífica Juliette Binoche, que nos demuestra su portentoso talento con una intervención paradigmática, y monsieur Denis Lavant actor reconocido en Francia que consigue bordar un papel muy complicado.

La dirección construye, tras 3 años de preparación, una obra emocionante, que combina imágenes incómodas (afeamiento de Michelle, heridas de Alex, vestimenta zarrapastrosa) con un arrebato de belleza visual y sonora. Película impregnada del estilo singular del autor, aficionado a asociar amor y locura y a exhibir sus obsesiones por el fuego y la mar.
Un romance en el margen, a orillas del París de los que tienen casa, dirección, familia, amigos, trabajo, esa rutina del orden, la limpieza, el confort, los planes, el estrés, la calidez de unas paredes protegidas de los elementos. Carax filma a los que se acuestan en el suelo o en los bancos tapados con telas viejas, plásticos y cartones.

Y la noche será suya, los fuegos artificiales del segundo centenario de la Revolución danzando alocadamente sobre las aguas del majestuoso río, la locura de noches etílicas sin nada más que perder, sin otra posesión personal que la necesidad de estar juntos en las tinieblas.

Una de las mejores películas románticas de todos los tiempos. Es como si Leos Carax se hubiera propuesto realizar la contra-comedia-romántica: a ver, el escenario, ¿cuál es el marco romántico por antonomasia? ¿París? Vale, pero nada de Torre Eiffel o Campos Elíseos. Aquí vemos un París desolado, sórdido y que casi consigue apestar. De “galán” aparece Denis Lavant que, ciertamente, no tiene nada de guapo. Ella, la Binoche, sí que es preciosa, pero aquí nos la muestran tuerta y “afeada”. Y los dos son vagabundos que no tienen ni dónde lavarse y no saben que derroteros puede tomar su vida. Pero no se trata de hacer un simple ejercicio de inversión o de sátira, en realidad, este ligero feísmo es solo para que no demos tanta importancia a las formas, para que logremos apreciar el fondo de los personajes, para que veamos la belleza que expresa la historia.
El juego favorito de Carax es la contraposición. Yuxtapone la hermosura de ese amor a la suciedad del entorno, la felicidad con el egoísmo y la posesión, las situaciones sórdidas con las de cándida belleza, la locura y la ternura. Para Carax el amor no es algo totalmente puro e inocente, si no que es egoísmo, locura, fiebre, subversión, belleza, euforia, algo tan hermoso que cuando se experimenta uno no se ve capaz de vivir sin ello.

Por eso vemos como Alex se agarra a esa relación como si fuera un clavo ardiendo cuando cree que puede acabar y antepone su posesión al bienestar de su pareja. Pero no es un acto de malicia gratuito, solo estamos viendo a un hombre que ha pasado muy malos momentos en su vida y que por fin ha encontrado algo bueno para él, y por tanto no quiere perderlo. El infierno antes que la soledad. Carax demuestra que se puede poner de todo si se hace de la forma oportuna. A su manera consigue poner escenas dulces (la carrera de esquí acuático sobre el Sena, la carrera en la playa, los fuegos artificiales) con otras más bien retorcidas (las heridas, cuando Alex provoca el aislamiento del mundo exterior) sin que te parezcan odiosas o cursis. Y ese es uno de sus grandes éxitos, crear un hermoso y emotivo relato de la vida en la calle que coquetea con el realismo mágico, no exento de cierto aire circense. El amor loco en estado puro.

El  director maneja la cámara de manera fantástica, capaz de realizar largos y elegantes travellings sin que de la impresión que esa sea su principal meta, y es además un gran creador de imágenes, capaz de dotarlas de un aire íntimo muy particular, de transmitir las texturas de la noche o mostrarte planos de enorme lirismo (como se ve en la borrachera de los fuegos artificiales, las imágenes de las puestas de sol).

En cuanto a la labor de los actores es, sencillamente, fabulosa. La Binoche está particularmente excelente en esa interpretación de chica frágil, desesperada, rota por dentro, adorable, tierna, irresistible. Ella es el alma de esta película. Pero Lavant tampoco se queda muy atrás y con gran acierto crea un personaje oscuro, curtido en la miseria, pero tierno por dentro.

Película de cómo el amor puede surgir en medio de una gran degradación física y moral, y en el lugar más insospechado. Más que la anécdota, lo que importa es la imagen visual, y su secuencia, y su ruptura, y el encadenamiento con otra, o con el ruido, el rumor, el grito, la música…: las otras palabras de ese otro lenguaje que es el cine.

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