CORAZONES ABIERTOS/TE QUIERO PARA SIEMPRE

Por: Mario Arango Escobar.

CORAZONES ABIERTOS/TE QUIERO PARA SIEMPRE. (2002) GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 113’. PAÍS: DINAMARCA.

Dirección: Susanne Bier. Guión: Anders Thomas Jensen. Intérprestes: Mads Mikkelsen, Sonja Richter, Nikolaj Lie Kaas, Paprika Steen, Stine Bjerregaard, Birthe Neumann, Niels Olsen, Ulf Pilgaard, Ronnie Hiort Lorenzen. Título original: Elsker dig evit. Fotografía: Morten Søborg. Música: Jesper Winge Leisner.

Sinopsis: una pareja de enamorados planean su boda llenos de ilusiones, sin embargo, un trágico accidente que sufre el novio, y que lo deja tetrapléjico, derriba todo ese mundo que habían soñado. Las consecuencias del accidente no sólo van a afectar a los novios…

Habíamos comentado que una de las constantes del cine de Susanne Bier tenía como constante, historias de familias que son golpeadas súbitamente por la muerte, la guerra o el  azar y “Corazones abiertos” (“Te quiero para siempre”) no es la excepción. En esta oportunidad, cuatro personas se ven implicadas en la tragedia que supone un absurdo accidente de tránsito.

La película se inicia mostrándonos a Caeclie (Sonja Richter) y Joachim (Nikolaj Lie Kaas), un par de enamorados que están próximos a casarse. Un día cualquiera, después de despedirse con muestras de cariño mutuas, Joachim es atropellado brutalmente por una mujer. El golpe es de tal magnitud que el hombre queda tetrapléjico.

Seguidamente nos damos cuenta que la mujer que ha  causado el accidente es Marie (Paprika Steen) quien está felizmente casada con Niels (Mads Mikkelsen), el médico que asiste al novio accidentado.

Cuatro personajes, que por la fuerza del azar, experimentarán, cómo sus vidas cambian drásticamente a partir de este momento. Con una narrativa muy ligada al movimiento Dogma 95, (cámara en mano, primeros planos, una estética escueta, etc), Susanne Bier, nos introduce en los sentimientos de estas personas que han quedado tocadas por tragedia.

Mostrando un gran talento, la directora opta por dos ópticas diferentes, y de esta manera hace que el espectador termine sumergido en el mundo interior de los protagonistas. En primer lugar, conocemos su cotidianidad, y en la segunda, donde la realizadora utiliza el video, con imágenes oscuras y una fotografía de grano grueso, percibimos sus deseos y emociones. Un recurso que enriquece, a nivel expresivo, el film.

La mirada de Bier se detiene, con gran respeto, en cada personaje de la historia, mostrándonos su dolor y su drama, y haciendo que nosotros, espectadores, nos identifiquemos con cada uno de ellos, y comprendamos, más que juzgar, el porqué de sus acciones. El tono casi documental, logrado con la cámara, una estética escueta y despojada, unos diálogos profundos, y unos personajes excelentemente bien construidos, a los que se suman unas interpretaciones soberbias, hacen de, “Corazones abiertos”, un drama de gran fuerza y realismo.

Para finalizar, esta es una película sin concesiones fáciles, mucho menos manipuladora o de golpes de efecto; que nos invita a reflexionar sobre diversos tópicos: la fuerza del azar, la fragilidad de la vida, las promesas que no podemos cumplir, el verdadero amor…

Dice SUSANNE BIER:

“Me pregunté qué sucede cuando el destino, de repente, chasquea los dedos y te da vuelta la vida como un guante, de golpe. Una pareja joven está haciendo planes para casarse cuando tienen un grave accidente. ¿Cómo van a reaccionar ante eso?
La fragilidad de la vida es algo que siempre me ha obsesionado, y lo interesante es que, después del 11 de septiembre, es un tema que parece tener obsesionada a buena parte del mundo occidental. Teníamos eso muy presente mientras hacíamos la película. Uno de repente piensa que el principal problema que tiene es que no ha tenido tiempo todavía de hacer las compras y de repente se entera de que a su marido lo ha atropellado un auto. Es el filo de la navaja que corta la vida en dos, para bien o para mal. Para mal, en el sentido de que el hecho mismo es una gran tragedia. Y para bien, en el sentido de que la vida continúa. Que el deseo y la voluntad de seguir viviendo que uno puede tener, y la capacidad de apreciar lo que se tiene y no sólo lo que se ha perdido, se intensifican a un nivel increíble.

Supongo que se trata de un problema muy actual; que los cimientos sobre los cuales hemos edificado nuestras vidas son mucho más frágiles de lo que creemos, y entonces, cuando la vida nos demuestra que tiene, digamos, una voluntad autónoma, recibimos un shock inaudito. Tenemos la ridícula e ingenua convicción de que podemos controlarlo todo. Por eso es que estamos tan pobremente pertrechados moral y anímicamente si algo crucial nos ocurre. La tragedia no es una parte integrante de nuestra vida moderna, como sí lo era en otras épocas, por ende no podemos ni siquiera imaginarnos que algo trágico pueda irrumpir en nuestro escenario cotidiano. Esta incapacidad no es trágica per se, pero una de sus consecuencias es que seamos tan torpes e ineptos para actuar frente a la tragedia cuando esta ocurre”.

“En ‘Corazones abiertos’ no describimos los efectos exteriores del drama. Pudimos haber llenado el film con luces de emergencia y sonidos de ambulancias, pero eso no nos interesaba. Queríamos detenernos en las consecuencias interiores, íntimas, de los sucesos. El eje de ‘Corazones abiertos’ podría resumirse rápidamente así: alzamos la barrera que nos impide ver qué le pasa a esta gente en su derrotero por la vida. ¿Qué les sucede cuando la vida los golpea? Se trata de un material de alta combustibilidad dramática. ¿Qué pasa cuando descubres que el rumbo que se suponía iba a tomar tu vida se revela como definitivamente bloqueado?”.

LA ETERNIDAD Y UN DÍA

Por: Mario Arango Escobar.

THEODOROS ANGELOPOULOS

Nació el 17 de abril de 1935 en Atenas (Grecia). Luego de abandonar la carrera de derecho, viajó a París para estudiar con el antropólogo Claude Lévi-Strauss en la Universidad de la Sorbona y cine en el Instituto de Altos Estudios de Cinematografía. Al final del primer curso de cinematografía, en 1963, es “expulsado por inconformista”, decidiendo regresar a su país.

De nuevo en Grecia, trabajó como crítico cinematográfico para un periódico, que poco después fue clausurado por la junta militar.

En 1965, comenzó a trabajar en un largometraje, “Forminx story”, sobre un grupo pop, pero la película no pudo ser terminada por falta de presupuesto.

En 1968, logra finalizar su primer cortometraje “La transmisión” que es presentada en el Festival de Tesalónica y obtiene el premio de la crítica.

Dos años más tarde rueda el largometraje “Reconstrucción”, basado en una historia policial real, con el que logró el premio Fipresci en el Festival de Berlín.

Pero el verdadero estilo de Angelopoulos comenzará a definirse en el año 1972, con una trilogía en torno a la historia moderna de Grecia: “Días del 36”  película de crítica política y social y referida a la dictadura del general Metaxas en 1936. Continúa con “El viaje de los comediantes” (1975) que trata de un grupo de comediantes ambulantes que ven interrumpidas sus actuaciones ante distintas crisis sociales y políticas. La serie  finaliza con “Los cazadores (1977), en la cual un grupo de cazadores burgueses encuentran el cuerpo de un guerrillero muerto treinta años atrás. Situación utilizada para recrear los conflictos entre la izquierda y la derecha. Con estos tres dramas políticos, el director griego alcanzó el reconocimiento internacional.

En 1980, dirige “Alejandro el Grande”, una metáfora de la lucha revolucionaria de su país.

Sus siguientes películas giran en torno a un tema: el padre, su regreso, su presencia o su ausencia. En “Viaje a Citera” (1984) un viejo comunista regresa a su hogar y su familia, desde la Unión Soviética, tras 30 años de exilio. “El apicultor” (1986) trata la desesperación por la ausencia de amor, a través del último viaje de un anciano, que ha perdido a su familia. “Paisaje en la niebla” (1988) aborda la ausencia de Dios, narrando la historia de dos hermanos, un niño y una niña, que emprenden un viaje para encontrar a un padre que no existe.

En 1991, Angelopoulos filma “El paso suspendido de la cigüeña”, ambientada en una villa repleta de refugiados, en la frontera entre Albania, Turquía y Kurdistán.

“La mirada de Ulises” (1995). Un drama ambientado en los Balcanes, que, como muchas de las películas de Angelopoulos, presenta claras referencias a la mitología griega. En esta película utilizará la “Odisea” de un director de cine, al obsesionarse en buscar tres rollos de películas perdidos a comienzo de siglo y que registran el primer film de la historia del cine griego (los hermanos Manakis); este personaje inicia una travesía por Grecia, Albania, Rumania y la ex Yugoslavia. Repitiendo “La Odisea” de Homero pero en la actualidad, con mitos, leyendas modernas y dejando al descubierto que la búsqueda del hombre a través del tiempo es la misma. Con este film logra una obra épica, lírica, recreando una fábula sobre la Europa actual y con él logra la consagración definitiva.

Con su siguiente película, “La eternidad y un día” (1998) obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Alexandrous es un escritor enfermo al que le quedan unos pocos días de vida. Cuando conoce a un niño albanés,  decide pasar un día entero junto al pequeño, recordando tiempos pasados e intentando conocer el significado de la vida.

“Eleni” (2004) es el primer film de una trilogía sobre la diáspora griega, narrada a través de la historia de una familia.

“El polvo del tiempo” (2008) es la historia de un cineasta de origen norteamericano quien está rodando una película sobre sus padres, Eleni y Spiros, dos inmigrantes enamorados que tuvieron que separarse a causa de los acontecimientos históricos de la guerra fría.

Algunas notas sobre el cine de Angelopoulos:

Theo Angelopoulos fue un cineasta con un código comunicativo completamente resistente a cualquier modificación en su forma de trabajo, de exploración y de expresión; la melancolía, a la que tantas veces citaba, acabó por formar parte de su carácter, una melancolía curtida en los sucesivos fracasos de la izquierda como ideología, y de la política como su posible expresión. Pero entre el “hace años que ya no creo en la política (…) no es más que un asunto de carrera” (las citas, salvo que se indique lo contrario, provienen de diversas fuentes, pero todas ellas se pueden encontrar en Manuel Vidal Estévez, Poemas de la desolación. El cine de Theo Angelopoulos, Festival de Cine de Huesca, 2009) hasta el “no puedo imaginar una intención progresista en un lenguaje retrógrado”.

Otra de las señas de identidad del cine de Angelopoulos es el guiño que nos hace, a veces, al incluir como secundarios de sus películas a personajes que fueron los protagonistas de otras en ese proceso de búsqueda constante que refleja toda su obra. El juego con el paso del tiempo, con la memoria y con los recuerdos, es otra de las claves de su cine: sus personajes son lo que son y, precisamente por eso, también todo lo que han sido.

La música de Eleni Karaindrou, presente en casi todas sus películas, forma parte de ellas, está indisolublemente ligada a las imágenes que vemos, a los sueños que vivimos. Es una música fascinante, una música donde habitan la nostalgia y la melancolía, una música difícil de definir, como el cine de Angelopoulos y como todas las cosas que, verdaderamente, nos llegan al alma.

En sus películas siempre está presente el tema del viaje, de ese viaje que todos realizamos, del problema universal de no tener un lugar en el mundo y de necesitar saber quiénes somos en verdad. Desde “El viaje de los comediantes” a “La eternidad y un día” o “Eleni”, su cine se centra en la experiencia del viaje, de ese viaje interior o exterior que todos realizamos buscando nuestro lugar, nuestras raíces. En todas sus películas vemos la orilla de un mar, de un lago o de un río, eterna antesala de ese viaje, de ese volver a empezar, de ese enfrentarnos a nosotros mismos. Los antiguos griegos sabían que la vida es viaje, que lo importante es viajar y dejar que todo fluya…

Los paisajes que nos muestra Angelopoulos son fríos, casi siempre cubiertos por la niebla, páramos desiertos en los que, de cuando en cuando, aparecen las figuras de algunos seres humanos representando el triste papel que les ha tocado en la tragedia de la vida: el de marionetas que bailan y se mueven sin saber, o sin querer saber, que es otro quien las maneja y que su vida pende, siempre, de un fino hilo.

Las películas de Theo Angelopoulos representan una mirada poética a un mundo que desaparece, un mundo que ya no tiene cabida en el nuestro, un mundo donde lo importante era el ser humano.

Su muerte absurda y trágica se produjo el 24 de enero del 2012, al ser atropellado por una policía en su moto; mientras rodaba su próxima película “El otro mar” en Atenas.

LA ETERNIDAD Y UN DÍA (1998). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 130’. PAÍS: GRECIA.

Dirección: Theo Angelopoulos. Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris, Giorgio Silvagni. Intépretes: Bruno Ganz, Isabelle Renauld, Fabrizio Bentivoglio, Achilleas Skevis, Alexandra Ladikou, Despina Bebedeli, Eleni Gerasimdou, Iris Atziantoniou, Nikos Kouros, Alekos Udinotis, Nikos Kolovos, Mihalis Yanatos. Título original: Mia aioniotita kai mia mera. Fotografía: Yorgos Arvanitis & Andreas Sinanos. Música: Eleni Karaindrou.

Sinopsis: Alexandros es un escritor griego al que le queda tan sólo un día de vida. En el trayecto hacia el hospital, para ser atendido, se encuentra casualmente con un niño albanés, con el que compartirá los últimos momentos de su existencia y en cuya compañía realizará un viaje a su pasado. De la mano del pequeño descubrirá el verdadero sentido de la vida.

Angelopoulos, de nuevo, nos plantea una historia que se estructura como un viaje. Un viaje, que a diferencia del que ocurría en “Reconstrucción”, “El apicultor” o “Viaje a Citera”, no habla del desplazamiento físico del protagonista. En esta oportunidad, el viaje ocurre hacia el interior de Alexandros, que ante la inminencia de su partida, emprende un viaje al pasado, a los recuerdos de su infancia, de su juventud…a los momentos compartidos con su esposa Anna.

Este periplo hacia tiempos pasados le permite al escritor tomar conciencia de su realidad. A través de los recuerdos, comprende cómo desperdició su existencia, cómo por vivir siempre en función de su oficio, se olvidó de vivir realmente. Un sentimiento de frustración ante una existencia vacía, carente de  realizaciones satisfactorias invade a Alexandros: quien lleno de nostalgia nos dice: “nunca terminé nada, palabras dispersas aquí y allá”.

Aparecen entonces los reproches de Anna, por esa ausencia suya, por no estar “presente” en los momentos importantes. “Dame este día, aunque sea el último, estoy aquí y te espero temblando”. Y él la abraza. Su imaginación evoca, con fragmentos de memoria, momentos pasados juntos, momentos que nunca deberían acabarse.

Igual sucede cuando Alexandros se reencuentra con su madre. Una mujer que también, por vivir en función de su marido, se olvidó de disfrutar plenamente la vida. Y es entonces, cuando el escritor se pregunta “¿Por qué nada, mamá, ha ido como esperábamos… por qué? ¿Por qué estamos condenados a marchitarnos, indefensos, divididos entre el dolor y la esperanza? (…) Dime, mamá ¿por qué no hemos sabido amar?”.

Este ir y venir entre presente y pasado, nos revela a un Angelopoulos que ha logrado desarrollar, a la perfección, una manera de expresar los cruces del tiempo. Haciendo uso de sus exquisitos planos-secuencia, que interrumpen al presente en el mismo plano, logrando así que Alexander circule por estos bellos recuerdos como si lo estuviera viviendo nuevamente.

Las diferencias entre los dos tiempos de la historia, están marcadas de manera clara. El tiempo de la nostalgia y del recuerdo aparece bañado en una luz intensa, cálida, en contraste con la llovizna y la niebla que envuelve el presente.  Lo mismo sucede con los colores empleados en el vestuario: negros y grises para los personajes del ahora, y blancos para los personajes de la memoria y del ayer. La fotografía a cargo de Lorgos Arvanitis cumple así, su cometido, con imágenes de una significativa belleza.

Mención aparte merece la banda sonora, a cargo de la compositora Eleni Karaindrou, que ha creado una partitura con melodías perfectas, sobrecogedoras, que llegan directamente al espectador, reforzando el clima emocional de la película.

En cuanto a los personajes, solo agregar las magistrales interpretaciones de Bruno Ganz en el papel de Alexandros, que logra trasmitir y hacer creíble su dolor y su nostalgia. De igual manera, el actor que encarna al niño, hace una notable caracterización, su tierna mirada, su espontaneidad, se nos queda grabada en la memoria, y se constituye en ícono de la fragilidad y de la inocencia propias de su edad.

Angelopoulos, como lo ha hecho a través de toda su obra, no se limita a innovar y a experimentar  con el lenguaje del cine. En esta película nos plantea una interesante reflexión sobre el futuro de Europa. Un continente que al igual que Alexandros, no tiene futuro, y por tal motivo no tiene otra opción que refugiarse en su pasado.

En sintonía con lo anterior, ya al final de la película, tenemos las escenas que ocurren dentro del bus y en cuyo interior Alexandros y el niño comparten unos momentos con una pareja, un grupo de jóvenes músicos, y un muchacho que, al parecer viene de una manifestación política. La mirada aguda del director se posa en su rostro para mostrárnoslo dormido;  indiscutible referencia crítica al estado de letargo en el que se encuentra la juventud europea. También encontramos alusiones a problemáticas actuales como el tráfico de niños o la existencia de siniestras fronteras entre pueblos hermanos.

Finalmente, para recordar, la escena en que Alexandros, después de embarcar al niño, se queda inmóvil en el semáforo, mientras los demás vehículos pasan a su lado. Todos continúan su camino, como la vida, ese eterno transcurrir, ese permanente cruce de caminos…

Premios: 1998: Cannes: Palma de Oro, Premio del Jurado Ecuménico.

 

VIAJE A CITERA

Por: Mario Arango Escobar.

VIAJE A CITERA (1984). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 120’ PAÍS: GRECIA.

Dirección: Theodoros Angelopoulos. Guión: Theodoros Angelopoulos y  Tonino Guerra. Intérpretes: Manos Katraki, Mary Chronopoulou, Giulio Brogi. Título original: Taxidi sta Kythira. Fotografía: Georges Arvanitis. Música: Eleni Karaindrou.

Sinopsis: Después de estar exiliado por treinta años en la Unión soviética, un anciano comunista regresa a Grecia, para reencontrarse con su familia.

Primera película de la llamada Trilogía del silencio, compuesta además por “El apicultor” y “Paisaje en la niebla”. Seres desesperanzados, que parecen deambular permanentemente sin rumbo fijo, en medio de una densa neblina, es la marca de esta serie.

En “Viaje a Cítera” vamos a encontrarnos, además de la historia de Spiros, con esas constantes, más bien obsesiones de Angelopoulos, como son el viaje, la mitología y la historia de su país; que van a permear todo su filmografía futura.

Spyros (Manos Katrakis), el protagonista de la película, es la reinvención de un Ulises envejecido y demacrado que regresa a su Itaca para reencontrarse con su familia, con sus amigos…Sin embargo ese anhelo de reconstruir su pasado, de retomar sus afectos se ve frustrado por el rechazo, por el temor y la desconfianza de quienes lo conocieron. Pronto comprende que el mundo que dejó atrás, cuando tuvo que partir, ya no es el mismo, que su lugar ya no le pertenece… Tan solo Argos, el viejo perro que encuentra en el camino le hace una demostración real de afecto. Pues aunque el viejo camarada expresa alegría por  su regreso, ésta no durará demasiado.

Otra conexión con la mitología la encontramos en el personaje del hijo de Spyros, un director de cine que, a la manera de Telémaco, está buscando a un anciano para que protagonice su película. Además de esta cita con la mitología, lo que Angelopoulos está mostrando es la relación del cine dentro del cine. Y se vale de esta figura para observarse a sí mismo, trasladando sus preocupaciones, su mirada sobre la historia de Grecia en los años ochenta, a Alexander, el hijo cineasta.

Spyros encarna la melancolía, la soledad, la angustia existencial. Es, podríamos decir, la figura de la derrota. Derrota de un sistema comunista que significó un mundo lleno de esperanza, pero que ahora ha sucumbido ante “los nuevos mercados”. Derrota que se concreta en las escenas de la montaña, cuando se intenta firmar  un “contrato comunitario”.

Angelopoulos reitera, con su mirada aguda, el rechazo del que Spiros es víctima. Están las palabras hirientes de su propia hija. Está el reclamo de su antiguo amigo comunista que lo hace responsable de la  ruina colectiva y lleno de ira le pide que “no vuelva a arruinarlos”, enfatizándole que él ya está muerto… “eres un fantasma, no existes”. Un fantasma que termina siendo un desplazado, sin identidad, y por consiguiente, sin nacionalidad.

Cuando todos parecen volverse en su contra, aparece Katerine, la esposa; y en un gesto de fidelidad, que la acerca a Penélope, dice: “me quedo con él” y se arriesga a seguirlo en el viaje definitivo. Viaje que conducirá a la pareja de ancianos a la mítica Citera, la isla que los antiguos griegos consagraron a Afrodita, la diosa del amor.

Angelopoulos actualiza esta tragedia griega, y la envuelve en una atmósfera fría  y neblinosa, donde predominan los colores matizados, con lo cual se acentúa el tono melancólico de la historia.

La música de Eleni Karaindrou, igualmente nostálgica y melancólica sirve como telón de fondo perfecto para sentir ese vacío existencial de Spiros, para que podamos dimensionar su soledad y su tragedia.

Si bien la película abunda en escenas de una exquisita belleza, quiero destacar la hermosa secuencia del final, donde la magia de Angelopoulos se hace notoria. Los dos ancianos, ya en la balsa, se abrazan. Al amanecer, podemos verles todavía abrazados. Spiros se pone de píe, y mirando hacia el mar, dice: “Amanece”. Katerine, le mira con ternura y responde: “Estoy lista”. Él la mira, suelta las amarras de la balsa, y ésta empieza a alejarse, perdiéndose en el mar…

EL APICULTOR

Por: Mario Arango Escobar.

EL APICULTOR (1986). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 122’. PAÍS: GRECIA.

Dirección: Theodoros Angelopoulos. Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra. Intérpretes: Marcello Mastroianni, Dinos Iliopoulos, Serge Regiani, Jenny Roussea, Nadia Mourouzi. Título original: O Melissokomos. Fotografía: Giorgos Arvanitis. Música: Eleni Karaindrou.

Sinopsis: el director griego nos propone, de nuevo, un viaje. En esta oportunidad, el  viajero es un viejo maestro de escuela, que después de romper con su vida actual, decide  retomar el antiguo oficio familiar, de apicultor, y emprender un  recorrido hacia el pasado, hacia su memoria, hacia sus raíces…

La película se inicia con una imagen de una mesa tendida, que habla de una celebración. Simultáneamente, una voz en off, la de Spiros (Marcelo Mastroianni), nos relata el itinerario de las abejas en las colmenas.

Seguidamente asistimos a la boda de la hija menor  del protagonista, y llama la atención la atmósfera fúnebre y melancólica de este acontecimiento. Ciertamente, este será el tono que ha de permear toda la historia. Algo parecido a un presagio de una tragedia, de una muerte anunciada.

Una vez que la ceremonia ha terminado, el viejo apicultor emprende el viaje hacia el sur de Grecia, en compañía de sus abejas.

En el recorrido, inicialmente se encuentra con los viejos amigos de juventud. Compañeros de luchas estériles que sienten que han fracasado en lograr un mundo mejor. Ahora, después de los años, la frustración los ha sumido en un estado de vacío existencial.

Siguiendo el viaje, Spiros va a encontrarse con una joven mujer, que le sirve de contrapunto a su desesperanza, casi como un llamado para que el viejo profesor recupere la alegría de vivir. La mujer, al igual que él, también quiere partir, pero no hacia el pasado, ni hacia el futuro, solamente partir;  llévame donde quieras, pero lejos de aquí”…le dice.

Angelopoulos nos muestra a dos solitarios, que lo único que tienen en común es justamente la soledad y el deseo de no detenerse. Entre ellos impera el silencio, ninguno de los dos conoce nada del otro. El poder de la seducción se hace presente, pero limitado, quizás debido a la diferencia generacional, lo que convierte a estos seres perdidos y  ensimismados, en víctimas de una dependencia mutua.

Si bien, la idea del viaje, como en todos los films del director griego, es el eje central de “El apicultor”, no es menos claro su interés en insistir en las relaciones con la historia y con las tradiciones de la Grecia profunda.

La mitología está presente, no sólo en esta nueva odisea de Spiros, que es este viaje hacia sus orígenes. También podemos encontrar sus ecos en la figura de los dos protagonistas, y particularmente en la relación incestuosa (tema recurrente en la literatura griega) que tiene lugar en el escenario del viejo teatro.

De igual manera, la tragedia griega, particularmente el teatro, están presentes en repetidas alusiones como aquella, donde Spiros dice haber encontrado la máscara de su padre.

Como es frecuente en el cine de Angelopoulos, el tiempo corre con marcada lentitud, como si el tiempo no pasara, y esto refuerza el clima de profunda melancolía existencial del protagonista. Una melancolía que parece ser causada por ese destino irremediable que Spiros no puede cambiar. Sólo la muerte, en la tierra de su infancia, hará posible el encuentro con la paz, con la verdadera primavera, con una vida llena de luz, como lo insinúa el bellísimo plano final.

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RECONSTRUCCIÓN

Por: Mario Arango Escobar.

RECONSTRUCCIÓN (1970). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 100’. PAÍS: GRECIA.

Dirección y guión: Theodoros Angelopoulos. Intépretes: Thanos Grammenos, Toula Stathopoulou, Yannis Totzikas, Petros Hoedas, Nicos Alevras, Yannis Balaskas. Título original: Anaparastasi. Fotografía: Giorgos Arvanitis. Música: Varios.

Sinopsis: con la complicidad de su amante, una mujer asesina a su marido que regresa después de haber estado ausente algún tiempo. A pesar de las precauciones de los amantes, un familiar de la víctima sospecha de la situación y pronto la pareja es detenida. Las autoridades ordenan la reconstrucción de los hechos.

Esta ópera prima de Angelopoulos, se realizó en la época de “Los Coroneles”, uno de los momentos más difíciles durante el siglo XX en Grecia.

El director, a pesar de haber nacido y estar radicado en Atenas, se decidió a filmar en provincia, concretamente en el pueblo del Epiro, lo cual era una apuesta bastante arriesgada para ese momento, debido a la gran brecha cultural que separaba a ambos entornos. La película está basada en un hecho real, que reportaron los periódicos, sobre un extraño crimen pasional. Aunque la intención del director no es realizar un documental, la película mezcla la ficción con apartes que muestran, a manera de trasfondo documental, la reconstrucción del crimen. De esta manera, Anelopoulos da inicio a su reflexión sobre el mundo griego y sus conflictos.

Desde el inicio, el narrador nos presenta un desolado panorama: “nos encontramos en un pueblo al norte de Epiro, cerca de Albania, el cual tenía una población de 1250 habitantes en 1931 y de 85 en 1965”; ¡Los datos hablan por sí mismos! Es, precisamente, en este gran plano en blanco y negro de un pueblo abandonado donde Angelopoulos aprovecha para mostrarnos a un hombre que regresa, después de haber pasado varios años trabajando en Alemania. Asistimos al indiferente y apático reencuentro con la esposa, a la que dejó abandonada en ese rincón perdido, solitario y gris. Una mujer que pese a su soledad trata de rehacer su existencia…La vuelta de Agamenón a Micenas, después de la guerra, dejando a Clitemnestra sumida en la incertidumbre del regreso. Una mirada a la mitología griega que Angelopoulos va a reiterar en todo su cine.

La reconstrucción es hecha a través de tres miradas: la de la policía, la de los periodistas y la del director-narrador.  Angelopolous aprovecha este film para adentrarnos en esa Grecia rural, y describe de manera magistral la vida en aquellos pueblos, alargando al máximo sus planos-secuencia para recrear el más mínimo detalle, por pequeño que éste pueda ser. Su interés particular reside en explorar el poder de las imágenes y del tiempo. En esta oportunidad, sobresalen las escenas nocturnas, los claroscuros y las siluetas que logran definirse con variaciones a partir del tipo de iluminación que se utiliza. Dichas imágenes son sutilmente sincronizadas con música incidental griega y con sonidos ambientales provenientes de cánticos y bailes populares.

Desde su primer film, Angelopoulos se adentra en la plasmación de un tiempo interior que no es precisamente el del cine más popular, como él mismo nos lo dice, advirtiendo eso sí, que no es tratando de restarle importancia al espectador: “La lentitud o la rapidez de mis películas es un tiempo interior y yo trabajo como me pide mi tiempo interior (…) No es verdad que no me importe el público. Yo trabajo como sé y creo. Espero no haber perdido la nostalgia de ser fiel a mí mismo. Hemingway escribía con frases cortas y Faulkner con frases largas, pero el final de ambos es el mismo: el monólogo interior”.

En cuanto a los personajes, en su gran mayoría, mujeres y niños, llama la atención el desconocimiento que tenemos de sus sentimientos. Es así como el padre que regresa, es un total desconocido, no sólo para sus hijos, sino también para nosotros, espectadores, que no sabemos nada de sus pensamientos, solo le vemos compartir una comida con su familia, y la comunicación es escasa. Pareciera que el director nos invita, de esta manera a que nos preguntemos más sobre su identidad. Lo mismo podemos decir de la comunidad, donde aparecen personajes que tampoco tienen una definición clara.

Con una preciosa fotografía en blanco y negro, que denota la sensibilidad del director; la presencia de la lluvia, cadenciosa y melancólica, Angelopoulos describe sobriamente la mísera vida de unas gentes y el incierto destino que espera a los hijos de la familia que ha padecido la tragedia del asesinato del padre.

Reconocimientos:

Premio al Mejor Nuevo Director, Premio a la Mejor Película Artística, Premio de la Asociación Helénica de la Crítica a la Mejor Película en el  Festival de Tesalónica, 1970.

Premio Georges Sadoul a la Mejor Película del Año proyectada en Francia, 1971.

Premio Mención Especial de la FIPRESCI del Festival Internacional de Berlín, 1971.

Premio a la Mejor Película Extranjera en el Festival de Cine de Hyères, Francia.