EL APICULTOR

Por: Mario Arango Escobar.

EL APICULTOR (1986). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 122’. PAÍS: GRECIA.

Dirección: Theodoros Angelopoulos. Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra. Intérpretes: Marcello Mastroianni, Dinos Iliopoulos, Serge Regiani, Jenny Roussea, Nadia Mourouzi. Título original: O Melissokomos. Fotografía: Giorgos Arvanitis. Música: Eleni Karaindrou.

Sinopsis: el director griego nos propone, de nuevo, un viaje. En esta oportunidad, el  viajero es un viejo maestro de escuela, que después de romper con su vida actual, decide  retomar el antiguo oficio familiar, de apicultor, y emprender un  recorrido hacia el pasado, hacia su memoria, hacia sus raíces…

La película se inicia con una imagen de una mesa tendida, que habla de una celebración. Simultáneamente, una voz en off, la de Spiros (Marcelo Mastroianni), nos relata el itinerario de las abejas en las colmenas.

Seguidamente asistimos a la boda de la hija menor  del protagonista, y llama la atención la atmósfera fúnebre y melancólica de este acontecimiento. Ciertamente, este será el tono que ha de permear toda la historia. Algo parecido a un presagio de una tragedia, de una muerte anunciada.

Una vez que la ceremonia ha terminado, el viejo apicultor emprende el viaje hacia el sur de Grecia, en compañía de sus abejas.

En el recorrido, inicialmente se encuentra con los viejos amigos de juventud. Compañeros de luchas estériles que sienten que han fracasado en lograr un mundo mejor. Ahora, después de los años, la frustración los ha sumido en un estado de vacío existencial.

Siguiendo el viaje, Spiros va a encontrarse con una joven mujer, que le sirve de contrapunto a su desesperanza, casi como un llamado para que el viejo profesor recupere la alegría de vivir. La mujer, al igual que él, también quiere partir, pero no hacia el pasado, ni hacia el futuro, solamente partir;  llévame donde quieras, pero lejos de aquí”…le dice.

Angelopoulos nos muestra a dos solitarios, que lo único que tienen en común es justamente la soledad y el deseo de no detenerse. Entre ellos impera el silencio, ninguno de los dos conoce nada del otro. El poder de la seducción se hace presente, pero limitado, quizás debido a la diferencia generacional, lo que convierte a estos seres perdidos y  ensimismados, en víctimas de una dependencia mutua.

Si bien, la idea del viaje, como en todos los films del director griego, es el eje central de “El apicultor”, no es menos claro su interés en insistir en las relaciones con la historia y con las tradiciones de la Grecia profunda.

La mitología está presente, no sólo en esta nueva odisea de Spiros, que es este viaje hacia sus orígenes. También podemos encontrar sus ecos en la figura de los dos protagonistas, y particularmente en la relación incestuosa (tema recurrente en la literatura griega) que tiene lugar en el escenario del viejo teatro.

De igual manera, la tragedia griega, particularmente el teatro, están presentes en repetidas alusiones como aquella, donde Spiros dice haber encontrado la máscara de su padre.

Como es frecuente en el cine de Angelopoulos, el tiempo corre con marcada lentitud, como si el tiempo no pasara, y esto refuerza el clima de profunda melancolía existencial del protagonista. Una melancolía que parece ser causada por ese destino irremediable que Spiros no puede cambiar. Sólo la muerte, en la tierra de su infancia, hará posible el encuentro con la paz, con la verdadera primavera, con una vida llena de luz, como lo insinúa el bellísimo plano final.

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