LA ETERNIDAD Y UN DÍA

Por: Mario Arango Escobar.

THEODOROS ANGELOPOULOS

Nació el 17 de abril de 1935 en Atenas (Grecia). Luego de abandonar la carrera de derecho, viajó a París para estudiar con el antropólogo Claude Lévi-Strauss en la Universidad de la Sorbona y cine en el Instituto de Altos Estudios de Cinematografía. Al final del primer curso de cinematografía, en 1963, es “expulsado por inconformista”, decidiendo regresar a su país.

De nuevo en Grecia, trabajó como crítico cinematográfico para un periódico, que poco después fue clausurado por la junta militar.

En 1965, comenzó a trabajar en un largometraje, “Forminx story”, sobre un grupo pop, pero la película no pudo ser terminada por falta de presupuesto.

En 1968, logra finalizar su primer cortometraje “La transmisión” que es presentada en el Festival de Tesalónica y obtiene el premio de la crítica.

Dos años más tarde rueda el largometraje “Reconstrucción”, basado en una historia policial real, con el que logró el premio Fipresci en el Festival de Berlín.

Pero el verdadero estilo de Angelopoulos comenzará a definirse en el año 1972, con una trilogía en torno a la historia moderna de Grecia: “Días del 36”  película de crítica política y social y referida a la dictadura del general Metaxas en 1936. Continúa con “El viaje de los comediantes” (1975) que trata de un grupo de comediantes ambulantes que ven interrumpidas sus actuaciones ante distintas crisis sociales y políticas. La serie  finaliza con “Los cazadores (1977), en la cual un grupo de cazadores burgueses encuentran el cuerpo de un guerrillero muerto treinta años atrás. Situación utilizada para recrear los conflictos entre la izquierda y la derecha. Con estos tres dramas políticos, el director griego alcanzó el reconocimiento internacional.

En 1980, dirige “Alejandro el Grande”, una metáfora de la lucha revolucionaria de su país.

Sus siguientes películas giran en torno a un tema: el padre, su regreso, su presencia o su ausencia. En “Viaje a Citera” (1984) un viejo comunista regresa a su hogar y su familia, desde la Unión Soviética, tras 30 años de exilio. “El apicultor” (1986) trata la desesperación por la ausencia de amor, a través del último viaje de un anciano, que ha perdido a su familia. “Paisaje en la niebla” (1988) aborda la ausencia de Dios, narrando la historia de dos hermanos, un niño y una niña, que emprenden un viaje para encontrar a un padre que no existe.

En 1991, Angelopoulos filma “El paso suspendido de la cigüeña”, ambientada en una villa repleta de refugiados, en la frontera entre Albania, Turquía y Kurdistán.

“La mirada de Ulises” (1995). Un drama ambientado en los Balcanes, que, como muchas de las películas de Angelopoulos, presenta claras referencias a la mitología griega. En esta película utilizará la “Odisea” de un director de cine, al obsesionarse en buscar tres rollos de películas perdidos a comienzo de siglo y que registran el primer film de la historia del cine griego (los hermanos Manakis); este personaje inicia una travesía por Grecia, Albania, Rumania y la ex Yugoslavia. Repitiendo “La Odisea” de Homero pero en la actualidad, con mitos, leyendas modernas y dejando al descubierto que la búsqueda del hombre a través del tiempo es la misma. Con este film logra una obra épica, lírica, recreando una fábula sobre la Europa actual y con él logra la consagración definitiva.

Con su siguiente película, “La eternidad y un día” (1998) obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Alexandrous es un escritor enfermo al que le quedan unos pocos días de vida. Cuando conoce a un niño albanés,  decide pasar un día entero junto al pequeño, recordando tiempos pasados e intentando conocer el significado de la vida.

“Eleni” (2004) es el primer film de una trilogía sobre la diáspora griega, narrada a través de la historia de una familia.

“El polvo del tiempo” (2008) es la historia de un cineasta de origen norteamericano quien está rodando una película sobre sus padres, Eleni y Spiros, dos inmigrantes enamorados que tuvieron que separarse a causa de los acontecimientos históricos de la guerra fría.

Algunas notas sobre el cine de Angelopoulos:

Theo Angelopoulos fue un cineasta con un código comunicativo completamente resistente a cualquier modificación en su forma de trabajo, de exploración y de expresión; la melancolía, a la que tantas veces citaba, acabó por formar parte de su carácter, una melancolía curtida en los sucesivos fracasos de la izquierda como ideología, y de la política como su posible expresión. Pero entre el “hace años que ya no creo en la política (…) no es más que un asunto de carrera” (las citas, salvo que se indique lo contrario, provienen de diversas fuentes, pero todas ellas se pueden encontrar en Manuel Vidal Estévez, Poemas de la desolación. El cine de Theo Angelopoulos, Festival de Cine de Huesca, 2009) hasta el “no puedo imaginar una intención progresista en un lenguaje retrógrado”.

Otra de las señas de identidad del cine de Angelopoulos es el guiño que nos hace, a veces, al incluir como secundarios de sus películas a personajes que fueron los protagonistas de otras en ese proceso de búsqueda constante que refleja toda su obra. El juego con el paso del tiempo, con la memoria y con los recuerdos, es otra de las claves de su cine: sus personajes son lo que son y, precisamente por eso, también todo lo que han sido.

La música de Eleni Karaindrou, presente en casi todas sus películas, forma parte de ellas, está indisolublemente ligada a las imágenes que vemos, a los sueños que vivimos. Es una música fascinante, una música donde habitan la nostalgia y la melancolía, una música difícil de definir, como el cine de Angelopoulos y como todas las cosas que, verdaderamente, nos llegan al alma.

En sus películas siempre está presente el tema del viaje, de ese viaje que todos realizamos, del problema universal de no tener un lugar en el mundo y de necesitar saber quiénes somos en verdad. Desde “El viaje de los comediantes” a “La eternidad y un día” o “Eleni”, su cine se centra en la experiencia del viaje, de ese viaje interior o exterior que todos realizamos buscando nuestro lugar, nuestras raíces. En todas sus películas vemos la orilla de un mar, de un lago o de un río, eterna antesala de ese viaje, de ese volver a empezar, de ese enfrentarnos a nosotros mismos. Los antiguos griegos sabían que la vida es viaje, que lo importante es viajar y dejar que todo fluya…

Los paisajes que nos muestra Angelopoulos son fríos, casi siempre cubiertos por la niebla, páramos desiertos en los que, de cuando en cuando, aparecen las figuras de algunos seres humanos representando el triste papel que les ha tocado en la tragedia de la vida: el de marionetas que bailan y se mueven sin saber, o sin querer saber, que es otro quien las maneja y que su vida pende, siempre, de un fino hilo.

Las películas de Theo Angelopoulos representan una mirada poética a un mundo que desaparece, un mundo que ya no tiene cabida en el nuestro, un mundo donde lo importante era el ser humano.

Su muerte absurda y trágica se produjo el 24 de enero del 2012, al ser atropellado por una policía en su moto; mientras rodaba su próxima película “El otro mar” en Atenas.

LA ETERNIDAD Y UN DÍA (1998). GÉNERO: DRAMA. DURACIÓN: 130’. PAÍS: GRECIA.

Dirección: Theo Angelopoulos. Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris, Giorgio Silvagni. Intépretes: Bruno Ganz, Isabelle Renauld, Fabrizio Bentivoglio, Achilleas Skevis, Alexandra Ladikou, Despina Bebedeli, Eleni Gerasimdou, Iris Atziantoniou, Nikos Kouros, Alekos Udinotis, Nikos Kolovos, Mihalis Yanatos. Título original: Mia aioniotita kai mia mera. Fotografía: Yorgos Arvanitis & Andreas Sinanos. Música: Eleni Karaindrou.

Sinopsis: Alexandros es un escritor griego al que le queda tan sólo un día de vida. En el trayecto hacia el hospital, para ser atendido, se encuentra casualmente con un niño albanés, con el que compartirá los últimos momentos de su existencia y en cuya compañía realizará un viaje a su pasado. De la mano del pequeño descubrirá el verdadero sentido de la vida.

Angelopoulos, de nuevo, nos plantea una historia que se estructura como un viaje. Un viaje, que a diferencia del que ocurría en “Reconstrucción”, “El apicultor” o “Viaje a Citera”, no habla del desplazamiento físico del protagonista. En esta oportunidad, el viaje ocurre hacia el interior de Alexandros, que ante la inminencia de su partida, emprende un viaje al pasado, a los recuerdos de su infancia, de su juventud…a los momentos compartidos con su esposa Anna.

Este periplo hacia tiempos pasados le permite al escritor tomar conciencia de su realidad. A través de los recuerdos, comprende cómo desperdició su existencia, cómo por vivir siempre en función de su oficio, se olvidó de vivir realmente. Un sentimiento de frustración ante una existencia vacía, carente de  realizaciones satisfactorias invade a Alexandros: quien lleno de nostalgia nos dice: “nunca terminé nada, palabras dispersas aquí y allá”.

Aparecen entonces los reproches de Anna, por esa ausencia suya, por no estar “presente” en los momentos importantes. “Dame este día, aunque sea el último, estoy aquí y te espero temblando”. Y él la abraza. Su imaginación evoca, con fragmentos de memoria, momentos pasados juntos, momentos que nunca deberían acabarse.

Igual sucede cuando Alexandros se reencuentra con su madre. Una mujer que también, por vivir en función de su marido, se olvidó de disfrutar plenamente la vida. Y es entonces, cuando el escritor se pregunta “¿Por qué nada, mamá, ha ido como esperábamos… por qué? ¿Por qué estamos condenados a marchitarnos, indefensos, divididos entre el dolor y la esperanza? (…) Dime, mamá ¿por qué no hemos sabido amar?”.

Este ir y venir entre presente y pasado, nos revela a un Angelopoulos que ha logrado desarrollar, a la perfección, una manera de expresar los cruces del tiempo. Haciendo uso de sus exquisitos planos-secuencia, que interrumpen al presente en el mismo plano, logrando así que Alexander circule por estos bellos recuerdos como si lo estuviera viviendo nuevamente.

Las diferencias entre los dos tiempos de la historia, están marcadas de manera clara. El tiempo de la nostalgia y del recuerdo aparece bañado en una luz intensa, cálida, en contraste con la llovizna y la niebla que envuelve el presente.  Lo mismo sucede con los colores empleados en el vestuario: negros y grises para los personajes del ahora, y blancos para los personajes de la memoria y del ayer. La fotografía a cargo de Lorgos Arvanitis cumple así, su cometido, con imágenes de una significativa belleza.

Mención aparte merece la banda sonora, a cargo de la compositora Eleni Karaindrou, que ha creado una partitura con melodías perfectas, sobrecogedoras, que llegan directamente al espectador, reforzando el clima emocional de la película.

En cuanto a los personajes, solo agregar las magistrales interpretaciones de Bruno Ganz en el papel de Alexandros, que logra trasmitir y hacer creíble su dolor y su nostalgia. De igual manera, el actor que encarna al niño, hace una notable caracterización, su tierna mirada, su espontaneidad, se nos queda grabada en la memoria, y se constituye en ícono de la fragilidad y de la inocencia propias de su edad.

Angelopoulos, como lo ha hecho a través de toda su obra, no se limita a innovar y a experimentar  con el lenguaje del cine. En esta película nos plantea una interesante reflexión sobre el futuro de Europa. Un continente que al igual que Alexandros, no tiene futuro, y por tal motivo no tiene otra opción que refugiarse en su pasado.

En sintonía con lo anterior, ya al final de la película, tenemos las escenas que ocurren dentro del bus y en cuyo interior Alexandros y el niño comparten unos momentos con una pareja, un grupo de jóvenes músicos, y un muchacho que, al parecer viene de una manifestación política. La mirada aguda del director se posa en su rostro para mostrárnoslo dormido;  indiscutible referencia crítica al estado de letargo en el que se encuentra la juventud europea. También encontramos alusiones a problemáticas actuales como el tráfico de niños o la existencia de siniestras fronteras entre pueblos hermanos.

Finalmente, para recordar, la escena en que Alexandros, después de embarcar al niño, se queda inmóvil en el semáforo, mientras los demás vehículos pasan a su lado. Todos continúan su camino, como la vida, ese eterno transcurrir, ese permanente cruce de caminos…

Premios: 1998: Cannes: Palma de Oro, Premio del Jurado Ecuménico.

 

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