PATERSON

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PATERSON (2016) GÉNERO: DRAMA. PAÍS: ESTADOS UNIDOS. DURACIÓN: 113’

Dirección y guión: Jim Jarmusch. Intérpretes: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Kara Hayward, Sterling Jerins, Luis Da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper, Jorge Vega, Trevor Parham, Masatoshi Nagase, Owen Asztalos, Jaden Michael. Fotografía: Frederick Elmes. Música: SQÜRL.

Con un estilo depurado, que evidencia la madurez de su propuesta cinematográfica, Jim Jarmusch nos hace partícipes de una semana en la vida de Paterson (Adam Driver), un conductor de bus urbano, fuera de lo común, por su particular forma de mirar el mundo.

Paterson es un hombre sencillo, cuya vida se rige por una rutina casi invariable. Cada día se levanta temprano, besa amorosamente a su joven esposa, toma su desayuno, y emprende el camino rumbo a su trabajo.

Mientras conduce su buseta va almacenando en su memoria pequeños sucesos que sorprenden su atención: el niño con el abrigo amarillo que cruza la calle tomado del brazo de su madre. El par de niños que hablan de Huracán Carter y de los disfraces para el Halloween… Al mediodía, después de tomar el almuerzo, que es una evocación de su amada mujer, Paterson “escribe” mentalmente, poemas sobre diversos temas, que luego copia en una pequeña libreta que siempre lleva consigo.

En la tarde, una vez concluida su labor, regresa a su casa y comparte con Laura (Golshifteh Farahani), su experiencia del día. Toma una cerveza en un bar cercano, y aprovecha para darle un paseo a su perro…

Es evidente el interés de Jarmusch por permanecer fiel a sus constantes estéticas, no obstante la austeridad de su narrativa. En primer lugar, su amor por la literatura, que en esta ocasión es todo un homenaje a la poesía de William Carlos Williams, y también esa búsqueda de la poética de la cotidianidad sobre la que Jarmusch ha cimentado su filmografía.

En “Paterson”, también encontramos esa obsesión del director por el viaje. Y no solo como recorrido, sino como transformación, o búsqueda de uno mismo. Pero también como el eterno retorno, al que aluden las hermosas imágenes con las que abre y cierra el film.

Para completar este mosaico de los afectos artísticos de Jarmusch, no podría faltar su tributo a los maestros del cine clásico, y entonces surge esa hermosa secuencia en la cual Paterson y Laura disfrutan viendo “La Isla de las Almas Perdidas” (Island of Lost Souls) de Erle C. Kenton, (1932).

Muy acertado el recurso de transcribir y sobreponer en pantalla la poesía que el protagonista va escribiendo, palabra por palabra, y en caligrafía manual, como si lo hiciera sobre su libreta de apuntes.

La película fluye de manera tranquila, acorde con el ritmo que Paterson vive su cotidianidad. El único evento, que altera la paz de la historia, generando el único giro dramático del film, es el que protagoniza el perro al verse abandonado por sus amos.

Un elemento que llama la atención en el guión lo constituyen las repetidas dualidades que están presentes a lo largo de la película. Como el par de gemelos, los dos ancianos, los colores (blanco y negro) que Laura elige para su ropa y para decorar la casa y los pastelillos que vende en el mercado. La mención de parejas famosas como Abbott y Costello o Romeo y Julieta. Elementos todos que están conectados con ese deseo de la pareja de tener un par de gemelos.

La Banda Sqür (de la que hace parte el propio Jarmusch), compone sutiles melodías, que acompañan de manera perfecta el relato, potenciando los momentos más poéticos.

La pareja de actores protagónicos, Adam Driver (Paterson) y Golshifteh Farahani (Laura), asumen sus respectivos roles con gran solvencia. Destacable la química que establecen mutuamente, lo que contribuye a que sus personajes sean creíbles y cercanos.

Maravilloso, lleno de sugerencias, el encuentro, casi al final del film, entre Paterson y el anónimo japonés. La figura del libro en blanco, perfecto colofón para esta sorprendente historia.

Jarmusch logra, desde la sencillez de su lenguaje, una obra de indiscutible potencia visual, que rezuma poesía en cada plano. Una obra maestra que rescata la belleza oculta de las cosas sencillas. Cine con la impronta de un artista total!

Premios:

2016: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes a concurso.
2016: Premios David di Donatello: Nominada a Mejor film extranjero.
2016: Críticos de Los Angeles: Mejor actor (Adam Driver).
2016: Premios Gotham: Nominada a mejor película, guión y actor (Adam Driver).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PATERSON
Habrá tantas maneras de acercarse a este entrañable y valioso objeto poético –que realmente inventa una nueva forma narrativa (y eso es ya mucho decir)– como espectadores que se acerquen a sus imágenes, pero podemos probar con algunas. Por ejemplo, la de contemplarlo como la cara luminosa y cotidiana de la oscura y retorcida Solo los amantes sobreviven, pues allí donde aquella ponía en juego una visión de los artistas que invocaba los tópicos del malditismo romántico y de la endogamia oscurantista, Paterson se acerca a un poeta que es un humilde conductor de autobús y que vive una anodina vida cotidiana de la que extrae sus energías líricas sin ningún tipo de autoconmiseración ni menos aún de engreimiento. También podemos ver el film como un hermoso poema lírico hecho de ternura cotidiana y rutinas laborales, protagonizado por un joven que vive una armoniosa historia de amor en la que la comprensión, el respeto mutuo y el cariño sustituyen al sufrimiento ancestral que arrastraban las dolientes criaturas de su anterior largometraje.                                                                                                                     Probemos ahora a definirlo de otra manera: En Paterson, New Jersey, vive un conductor de autobús llamado Paterson que conoce de memoria los versos de Wiliam Carlos Williams (poeta local conocido por su creencia de que la realidad objetiva despierta la imaginación de quien la percibe, y no a la inversa) y que convive con su novia, Laura, y con un entrañable bulldog inglés llamado Marvin. Su existencia no vive otra excitación que la de sacar a pasear todas las noches a Marvin, tomarse una cerveza en un bar del vecindario, compartir con Laura la rutina de levantarse para ir a trabajar o de contarse lo que cada uno de ellos ha hecho durante el día cuando regresa a casa después del trabajo. Paterson escribe poesía a la manera de Wiliam Carlos Williams, que es también la manera y la forma elegida por Jarmusch para retratar a su personaje: el registro de la vida cotidiana, de los itinerarios del autobús conducido por el protagonista o sus paseos por los lugares que ama y que le inspiran son también la materia estrictamente prosaica con la que el director de Dead Man compone uno de los más insólitos y hermosos artefactos poéticos que ha dado el cine.También podemos intentarlo por otro lado: siete días de la semana rigurosamente ordenados de lunes a domingo pautan el registro de la vida cotidiana de Paterson, el poeta y conductor de autobús. Todos los días se repiten las mismas o equivalentes situaciones, que remiten unas a otras y que van desplegando una especie de ‘Variaciones Paterson’ que nunca rompen con el registro cotidiano. De forma intermitente, los ecos y las simetrías pautan el recorrido: sucesivas parejas de gemelos aparecen en muchos de los espacios por los que deambula el protagonista (su novia le había dicho que le gustaría que tuvieran gemelos), Marvin es un perro de costumbres que no admite cambios en su rutina, Laura tiene un definido criterio estético que ordena y decora toda su existencia (desde el vestuario hasta la decoración de la casa, pasando por las magdalenas que hace y hasta por el cine que le gusta) y Jarmusch ordena las secuencias de manera que, día tras día, la primera de cada jornada resuene sobre la primera de la siguiente, la segunda sobre la segunda, y así sucesivamente, sin abandonar nunca un registro empapado de realismo prosaico y de ternura romántica subyacente que son, precisamente, de los que extrae la dimensión lírica de un film itinerante hecho de imágenes que parecen flotar entre nosotros. Y, finalmente, también podemos intentarlo de otra manera: podemos decir que Paterson (el film) es un necesario y revitalizador antídoto (hecho de ligereza y de transparencia) frente a todo el cine de acción, de ruido y de pesados artificios tecnológicos. En definitiva, una película en la que quedarse a vivir, un hallazgo equivalente (por su engañosa sencillez, por su dimensión autorreflexiva, por su forma itinerante ajena a todo conflicto dramático) al que en su día supuso el primer episodio de Caro Diario, de Nanni Moretti. Hay que frotarse bien los ojos para poder ver y disfrutar de este plácido paseo poético al que Jim Jarmusch nos invita con su película más generosa, más serena y más empática hasta la fecha. CARLOS F. HEREDERO
William Carlos Williams era un médico nacido en Paterson, New Jersey, que transformó la poesía americana utilizando el lenguaje coloquial. Su cometido no residía en buscar los símbolos en las cosas sino las cosas mismas, mientras que rompía con la métrica como norma. La poesía de William Carlos Williams aparece continuamente escrita en la pantalla de Paterson, la última y deliciosa película de Jim Jarmusch. El poeta sirve como paradigma y como modelo del propio cine de Jarmusch. El cineasta americano ha tejido una parte de su cine a partir de la poética de la cotidianidad, de los seres corrientes y de la utilización de la imagen como vehículo para expresar lo más banal hasta dotarlo de una fuerte dimensión poética. Desde esta perspectiva el encuentro entre William Carlos Williams y Jim Jarmusch puede considerarse como una especie de autorreflexión en torno a su propio cine que aparece bajo la forma de compendio. Después de estar divagando unos años por territorios extraños (el paisaje español de Los límites del control y el vampirismo de Solo los amantes sobreviven), el cineasta parece reencontrar lo mejor de sí mismo. Paterson nos cuenta los movimientos que marcan la vida ordinaria de un conductor de autobuses que se refugia en el arte. Cada mañana se levanta, da un beso a su mujer, conduce el autobús y escribe en una libreta algunos poemas. Por la noche visita un bar en el que uno de sus amigos ha creado su particular ‘paseo de la fama’ con las figuras claves de la ciudad desde Lou Costello hasta Allen Ginsberg o Iggy Pop. Las repeticiones marcan la vida cotidiana de Paterson el conductor de autobuses, mientras vive una idílica historia de amor junto a su mujer. En algunos momentos parecemos cruzarnos con algo de Mistery Train que deriva a Noche en la Tierra, que establece diálogos propios de Coffee and Cigarrettes, mientras se prefigura una errancia a lo Extraños en el paraíso. Jarmusch parece querer encontrarse a sí mismo, pero desde la ternura y desde la humildad. El arte no debe ser patrimonio exclusivo de los intelectuales y de los artistas, los seres corrientes pueden ser grandes artistas sin necesidad de estar en el paseo de la fama. El arte puede ser una terapia para vencer las contradicciones de la vida, para avanzar en la poética de la amabilidad y en el confort humano. Paterson es, en definitiva, una gran lección de vida y de cine. ÀNGEL QUINTANA
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Crítica: “Errar, viajar, desplazarse es desvincularse de las raíces, del lugar de origen, tanto en lo físico como en lo psíquico. Pero además también conlleva otros significados como transformación, experiencia, conocimiento, búsqueda de uno mismo, evasión e incluso, según Jung, anhelo de lo nunca colmado. Así es, en cierta manera, la tesitura por la que navegan los personajes de Jarmusch, unos seres que arrastran un malestar social causado en parte por esa sensación de sentirse extraños en un mundo que no es el suyo, lo que les lleva a entregarse a un sempiterno vagabundeo dictado al mismo tiempo por las circunstancias del azar”. “Jim Jarmusch” (Hilario J. Rodríguez y Carlos Tejeda, Págs, Págs 75-76).

“Mis películas van sobre personajes, no sobre lo que le pase a esos personajes. Aunque sí tienen argumento, al contrario de lo que se cree” – Jim Jarmusch.

Es bien sabido que Jim Jarmusch deseaba ser poeta antes que cineasta. Nacido en 1953 durante el apogeo de la generación “Beatnik”, su adolescencia en Akron (Ohio) se caracterizó por su admiración a Baudelaire, Rimbaud y Walt Whitman, para posteriormente trasladarse a “Nueva York” y matricularse en Literatura Americana e Inglesa en la “Universidad de Columbia” al tiempo que iba descubriendo poco a poco a nuevos autores primordialmente europeos. Hasta que la llamada del cine fue demasiado poderosa para Jarmusch y comenzó su carrera en 1980 con “Permanent Vacation” (íd, Jim Jarmusch, 1980), una primera película quizás imperfecta pero que sirvió para ir presentando las inquietudes de un director llamado a hacer grandes cosas. Sin que precisamente abandonase su amor por la poesía, valiendo como ejemplos los múltiples homenajes que ha hecho en sus películas a no pocos de sus autores de cabecera: Robert Frost en “Bajo el Peso de la Ley” (Down by Law, Jim Jarmusch, 1986), William Blake en “Dead Man” (íd, Jim Jarmusch, 1995), la cita de Rimbaud al empezar “Los Límites del Control” (The Limits of Control, Jim Jarmusch, 2007)…entre otros homenajes más o menos sutiles que sólo forman una parte del “Puzzle” de referencias respetuosas hacia otras artes que Jarmusch teje sin necesidad de manifestar arrogancia de saber más que nadie ante el espectador a pesar de su condición como “Gurú” y mito en vida del cine independiente.
Según confesión propia de Jarmusch, hace unos veinte años se fue a la ciudad de Paterson, en “Nueva Jersey”, donde nació el poeta William Carlos Williams y otras celebridades como el boxeador Rubin “Huracán” Carter o Lou Costello, el compañero inseparable de Bud Abbott.(años 40) Una pequeña ciudad prácticamente olvidada en la que Jarmusch encontró el suficiente atractivo para rodar otra más de sus historias donde lo que importa es el concepto del “Viaje” explicado por Carlos Tejeda e Hilario J. Rodríguez en su libro “Jim Jarmusch” y que se encuentra más arriba. Concretamente, el “Viaje” que protagonizará durante una semana, de Lunes a Domingo, el conductor de autobús Paterson (Estupendo Adam Driver (Usa, Silencio) con pasado militar explicado en sólo una fotografía, admirador de Herman Melville, poetas como Jack O’ Hara o el mismo William Carlos Williams y escritor de poemas que guarda en una libreta. No puede decirse que sea un genio incomprendido precisamente, al menos para la única persona que conoce su modesto talento.
Laura (Golshifteh Farahani)iraní (la piedra de la paciencia, a propósito de Ely), al igual que Paterson, también es artista a su manera, puesto que se ilusiona sobremanera con hacer “Cupcakes” para una inminente feria, hace todo tipo de remiendos de decoración y con sus propios vestidos y, en cuanto le llegue, quiere aprender a tocar una guitarra de marca “Harlequin”. Elementos estos siempre en blanco y negro. Una dualidad la del número dos que observaremos en toda la película, ya sea con las diversas parejas de gemelos con las que se cruza Paterson (Niñas, ancianas, negros, hombres…) o con nombres como “Romeo y Julieta” o, por qué no “Abbott y Costello”. Laura y Paterson forman una pareja feliz (O un curioso triángulo si incluimos en la ecuación al perro bulldog inglés Marvin, sin lugar a dudas una de las mejores interpretaciones caninas en muchos años. No es broma. Jarmusch le dedica la película a su memoria): ambos se apoyan mutuamente, comparten los mismos intereses, acuden al cine a ver una reposición de “La Isla de las Almas Perdidas” (Island of Lost Souls, Erle C. Kenton, 1932) y se quieren. Paterson no comparte su poesía con el mundo pese a que Laura le pide que los publique o que, cuando menos, haga copias de su libreta.
Para Paterson y Jarmusch, la poesía se puede encontrar en los sitios más corrientes, en las conversaciones más mundanas, y en la vida en general. La que Paterson encuentra durante la semana que contemplamos en su quehacer diario: despertar entre las seis y seis y media sin necesidad de que suene la alarma gracias a su reloj biológico; desayuno con cereales; ir a la estación de autobuses para empezar la jornada laboral no sin que oiga las quejas de Donny (Rizwan Manji) sobre las pequeñas desgracias de su vida privada; conducir el autobús por la ciudad escuchando conversaciones de gente a la que no conoce, bien sea sobre el boxeador “Huracán” Carter que tanto se parece a Denzel Washington, sobre las mujeres, el anarquismo, etc.; pararse en unas bellas cascadas para contemplarlas y escribir poemas que veremos impresos en pantalla con imágenes de su mujer o de otros elementos que le inspiran para escribir.
O pasear al perro Marvin, con quien digamos sutilmente que no tiene buena relación, por la noche en las calles de Paterson, donde se puede encontrar con unos macarrillas montados en un coche que a primera vista parecen amenazadores o en ir a tomarse una cerveza en el bar que regenta “Doc” (Barry Shabaka Henley), apasionado de partidas de ajedrez que disputa consigo mismo, cuidador de su particular “Muro de la fama” de la ciudad (¿Ponemos un recorte de periódico sobre “Iggy Pop” o no?); encontrarse allí mismo con todo tipo de clientes con quien compartir palabras o ser testigo de los desamores entre Marie (Chasten Harmon) y Everett (William Jackson Harper).
Una rutina que, sin embargo, va presentando ligeras variaciones que consiguen que “Paterson” no sea, usando un chiste fácil, repetitiva donde el arte se puede encontrar en un servicio de lavandería con un “Rapero” (“Method Man”, quien sirve a Jarmusch para introducir su amado “Hip-Hop”, otra forma de poesía quizás más callejera pero no por ello menos válida que la de la llamada “Alta cultura”);. Jarmusch, según confesó en algunas entrevistas a costa de “Paterson”, adora la repetición y la variación en la música, la poesía y el arte en general, y su intención aquí era aplicar la estructura de la película como una metáfora para la vida: cada día es una variación del día anterior o del día siguiente. No desvelaremos mucho de cómo Jarmusch va introduciéndolas con una admirable sutileza ni cierto pequeño giro dramático que sirve como punto de inflexión, pero baste decir que los dos encuentros de Paterson con dos almas gemelas en lo que el amor por la escritura y la poesía se refiere terminan siendo dos puntos álgidos en una película que a uno mismo le reconcilia definitivamente con Jarmusch después de varios años en los que, desde la obra maestra “Ghost Dog: El Camino del Samurái” (Ghost Dog: The Way of the Samurai, Jim Jarmusch, 1999), presentó obras no muy convincentes o simplemente más que interesantes, pero no al nivel de los años 80 y 90.
Jarmusch o el rigor de la belleza poética
No es una cuestión de madurez creativa, sino de sensibilidad y sabiduría. La última obra de Jim Jarmusch, Paterson, no solo revela la maestría del veterano cineasta, sino que se ofrece como destilación de su poética de lo cotidiano. Concebido como el diario visual de un poeta secreto, los versos de William Carlos Williams laten en sus imágenes.  Xxxxxxxxxxxxxx
Un poeta llamado Paterson en Paterson (New Jersey). Un poeta obsesionado con la poesía de William Carlos Williams, autor del monumental palimpsesto titulado precisamente Paterson. Un poeta, además de cineasta, llamado Jarmusch perdido en la diminuta inmensidad del planeta Jarmusch (sito ahora mismo en Cannes). Y así. Los palíndromos son adictivos y se contagian entre ellos la enfermedad de la simetría; la perfección tal vez. Por ello, la película que hoy presentó en la Croisette el más veterano y con el pelo más blanco de los directores independientes tenía que ser como finalmente fue: perfecta.
Recapitulamos. Jim Jarmusch comparecía con Paterson, protagonizada por Adam Driver. La película narra una semana en la vida de un conductor de autobuses. Se levanta temprano, desayuna cereales, besa a su mujer, camina hasta el trabajo, trabaja, pasea al perro y se toma un una cerveza en el bar. Además, escribe poemas. Y lo hace sobre la utilidad y belleza de las cerillas, por ejemplo. Y sobre lo mucho que quiere a su mujer, por ejemplo. Y sobre cómo sería la vida si fuéramos peces, por ejemplo. Would you rather be a fish?.
Y así, de ejemplo en ejemplo, el director completa una película empeñada en levantar un universo en cada frase; entregada a la labor de reconstruir desde su pulsión más íntima el sentido profundo de cada una de las acciones que configuran una vida cualquiera. Todo importa. Desde el paso cansado de la mañana a la caricia tenue e inconsciente de la piel recién despierta. Toda la película está construida con leves simetrías dedicadas no tanto a recordar la mecánica de lo anodino como como la belleza de lo único. Todo ocurre por primera vez.
La película se puede leer como un compendio de toda la filmografía del director de Extraños en el paraíso; siempre pendiente del vacío que se abre al final de cada plano. Y, de alguna manera, lo es de forma consciente desde el momento preciso en que el elegido como inspiración y excusa es el poema de William Carlos Williams que, justo después de la Guerra Mundial, entre 1946 y 1958 se empeñó en encontrar el “idioma americano”. No tanto describirlo como fundarlo, crearlo desde el instante en que es nombrado. El poema con aspecto de catedral se llamó Paterson, como la ciudad en la que vivía, convencido de que todo lo que sucedía, desde cada acontecimiento histórico al detalle más personal, como las cataratas del Passaic de las que habla, arrastra a su paso cualquier pecio, incorporándolo a su cauce. Pues bien, la película se comporta exactamente igual. Dividida en capítulos, cada acto es un día de la semana. Todo se repite, todo es igual hasta que un poema, o la propia película devenida poema, lo toca. En ese instante, la piel de la pantalla se eriza en un escalofrío tan delicado, tan cálido, tan sorprendente que todo se quiere diferente. Es como si los personajes de Jarmusch que se han pasado tanto tiempo buscando su alma vampirizada por un tiempo extraño (el nuestro) se dieran cuenta de repente de que el misterio de su silencio se encontraba en la brillante inanidad de una caja de cerillas. Es cine que, en efecto, lo ve todo por primera vez. Y lo crea en el momento justo de nombrarlo. Como el poema.
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Paterson, New Jersey, es la ciudad del poeta William Carlos Williams (1883-1963). A ella dedicó un poema épico, dividido en cuatro partes y publicado en cinco volúmenes (1946-1958), donde “un hombre es una ciudad y para el poeta todas las ideas están en las cosas”. Conocemos la obsesión de Jim Jarmusch por el eterno retorno. Su última película, Paterson, que empieza y termina con el mismo plano -el del poeta y su musa observados cenitalmente al despertar cada mañana- no es una adaptación del poema Paterson de Williams, pero en ella el hombre es también la ciudad, un poeta llamado Paterson, un chófer de autobús, que encuentra sus ideas y sus versos en la apariencia de las cosas: una caja de cerillas, la lluvia, el amor… El legado de Williams, retratista mayor de América, es la inspiración latente y aludida de las imágenes de esta obra maestra, la más perfecta y hermosa de Jarmusch. “El rigor de la belleza es la búsqueda”, escribió Williams en el prefacio de su oda inmortal.La belleza del cine de Jarmusch procede también de su rigor formal y narrativo. Es Paterson una épica portátil, el diario de una semana en la vida del chófer y poeta secreto, la rutina mínima y máxima de los días en la mente de un artista urbano que se resiste a publicar sus creaciones, que convive en armonía con su mujer y escribe en los tiempos muertos de su trabajo. La forma del filme es su contenido. Como en Dead Man, como en Ghost Dog, su ética es su estética. Mediante la prosa poética del día a día, Paterson se propone traducir plásticamente el germen del verso, el magma cotidiano que yace en la mirada poética. La película es, en este sentido, una suerte de utopía, pues articula el proceso de creación, el origen de la poesía escrita. La estructura apela a la rima visual, a la repetición y la variación mínima de la rutina diaria. De esas pequeñas variaciones es de donde surge la epifanía poética. Paterson vive con su mujer, dulce, aniñada, soñadora, interpretada por la actriz iraní Golshifteh Farahani. Ambos comparten sus anhelos y soledades con un bulldog inglés llamado Marvin que gruñe cada vez que se besan. El perro, a quien pasea Paterson cada noche (o el perro más bien le pasea a él), se convertirá en un personaje determinante. Ella sueña con tener mellizos, montar una empresa de cupcakes y triunfar en Nashville como diva country. Él sueña sus versos. Son como artistas furtivos viviendo el insomnio americano. Como todos los amantes posibles de Jarmusch -los de Bajo el peso de la ley, Mystery Train y Solo los amantes sobreviven-, la felicidad de Paterson y Laura es la suma de sus soledades y anhelos. El marido estimula los dudosos talentos de su mujer con la misma convicción con que ella le anima a publicar sus versos. Encarnan la versión entusiasta (ella) y escéptica (él) del sueño americano.En la cima expresiva de su filmografía (diciendo más que nunca con menos que nunca), Jarmush desdramatiza la vida surcando por sus pliegues y revelando las conexiones profundas entre las rimas de las jornadas, de los silencios, los objetos y las miradas. La cotidianidad de los días, que empiezan con un café en solitario y terminan con una cerveza en compañía, es alterada por brotes de crisis (una avería en el autobús, un incidente en el bar, la pérdida de su cuaderno secreto) y por apariciones casi fantasmagóricas de naturaleza duplicada. Las alteraciones se disuelven en la rutina diaria y entramos en el estado de conciencia poético que conecta lo prosaico con lo lírico, lo mundano con lo simbólico. Todo el mundo cabe, efectivamente, en una caja de cerrillas. En el tramo final del filme, Paterson tendrá un encuentro determinante, ozuniano, que le concede la posibilidad de renacer, allí donde el poeta Williams (y también Paterson) paseaba y escribía, en lo alto de las cataratas del Passaic.El La energía cotidiana
El recitado de los poemas que en la ficción escribe Paterson (escritos en verdad por el poeta Ron Padgett), en la voz de Driver, el conductor, se superpone a las imágenes cuasioníricas de sus trayectos en autobús, mientras en pantalla se va formando la construcción del poema como lo hace en el cuaderno secreto, palabra a palabra, verso a verso, en caligrafía manual. Apenas hay tensión dramática en el relato diario, solo una ternura observacional, y será el destino del cuaderno de poemas quizá el mayor giro dramático de la película, pero incluso ese gesto desestabilizador se convierte en parte de un patrón rutinario después de un melancólico paseo dominical. La energía de los poemas surge de los detalles cotidianos y la repetición de frases sencillas, declarativas. “Las ideas están en las cosas”, efectivamente.La profundidad metaliteraria que revelan las apariencias del filme es casi insondable. Opera en oposición a la versificación ilustrada con la que se confunde el cine poético. Esto no es “endecasílabo fotografiado”. En su capa cutánea, Paterson es el diario de un poeta secreto, un trabajador que escribe versos, como lo han sido tantos poetas que han hurgado en los fracasos del sueño americano: Williams Carlos Williams, doctor; Wallace Stevens y Edgar Lee Masters, abogados; Robert Frost, granjero, etc. En sus capas literarias, es la adaptación visual de los versos del poeta contemporáneo Padgett y la traslación espiritual del largo poemario de Williams. En su vertiente cinematográfica, se trata de la perfecta migración de la poesía de lo cotidiano al lenguaje del cine, es decir, la síntesis de la poética de Jarmusch.No hay género ni etiqueta que pueda reducir esta milagrosa película a una sola idea o aspiración creativa. Como todo gran poemario, representa un estado del alma, una cosmogonía. Paterson es el espacio creativo donde Jarmusch el poeta deconstruye a Jarmusch el cineasta. O viceversa. Paterson es, por tanto, un autorretrato. Es la película-poema donde queremos vivir.

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